Discos

Una grabación histórica de Gershwin en su centenario

Juan Carlos Tellechea

jueves, 31 de enero de 2019
José Serebrier – George Gershwin (1898 – 1937) – Leopold Godowsky III piano – Royal Scottish National Orchestra – José Serebrier conductor. Historic Gershwin Centennial Edition Recording. An American in Paris; Three Preludes (Gershwin – Serebrier)*; Concerto in F for Piano & Orchestra; Lullaby (Gershwin – Serebrier)*. * Primera grabación, orquestada y editada por José Serebrier. Productor: Paul Myers. Ingeniero de grabación: David Harries. Pos-producción: Bill Sykes, Black Box Music. Grabación original: Dimec Classics, 1998. Grabado en el Henry Wood Hall de Glasgow, los días 30 y 31 de julio de 1998. Duración: 67:22. 2018 SOMM Recordings - Ariadne 5003.

Una mañana de 1998 sonaba el teléfono en el apartamento neoyorquino del director de orquesta y compositor uruguayo José Serebrier: Maestro, soy la hermana de George Gershwin..., enunciaba la aguda voz de una dama al otro extremo de la línea. Se hizo un instante de denso silencio... Intuyendo que su interlocutor iba a colgar el auricular, se apresuró a agregar: ¿no me cree? Hable con mi hijo Leopoldo Godowsky III, sobrino de Gershwin. Al instante se puso Leopoldo al aparato y le explicó a Serebrier que su madre, Frances (1906 - 1999, sobrevivió a George seis décadas), lo había visto dirigir Un americano en París y que quería que dirigiera el concierto del centenario de George Gershwin en Londres, así como esta grabación (Centennial Edition). Además, deseaba encargarle que hiciera la orquestación de Three Piano Preludes (1926) y de la canción de cuna Lullaby (1919), una de las primerísimas piezas de Gershwin, a la sazón de 21 años de edad. 

Serebrier estaba emocionado. Acordaron encontrarse un domingo de febrero al mediodía para almorzar en un restaurante de la Quinta Avenida. Hacía mucho frío y nevaba en la ciudad. Pero Frances, con sus zapatos de tacones altos, paso firme y muy  rápido, difundía todavía la energía de una dieciochoañera. Maestro, puedo cantar pese a mi edad. No solo George Gershwin, sino también Harold Arlen y Kurt Weill, le dijo Frances a Serebrier durante el encuentro. En la comida fue memorable oír de la hermana de Gershwin y de su hijo Leopold las anécdotas sobre el clan familiar, evoca el director y compositor uruguayo en el texto del folleto que acompaña la grabación reeditada ahora (me consta que con gran satisfacción) por el sello británico SOMM Recordings, con motivo del 120º aniversario del nacimiento del prodigioso compositor. 

Las nuevas versiones orquestales de Three Preludes (6:35) y de Lullaby (7:47) fueron rápidamente publicadas. Serebrier puso especial esmero en realizar una labor tal como presumiblemente la hubiera hecho el mismo Gershwin, con su lenguaje y gama de sonidos, verbigracia la acertada y colorida intervención de las cuerdas y las maderas en Lullaby. Así comenzó la historia que condujo finlmente a este maravilloso registro con la Royal Scottish National Orchestra y el solista Leopold Godowsky III, hijo y nieto de legendarios músicos. 

El disco compacto (a estas alturas el más vendido entre las novedades en su género) abre con el poema sinfónico An American in Paris (1928), perfectamente amalgamado y equilibrado con sus característicos elementos de jazz. De la experimentada mano de Serebrier, Gershwin da su famoso y original paseo por los Campos Elíseos, el Sena y los teatros de variedades, hace una pausa en la terraza de un café del Quartier Latin y concluye en el Jardin du Luxembourg, en una síntesis de 18:45 minutos. 

El paso es enérgico, jovial, con ritmos pegadizos de blues, ragtime y swing, alternados con pinceladas e imágenes líricas típicamente francesas. Hay gran vitalidad en los fortissimos e inagotable curiosidad con una pizca de nostalgia en los pianissimos. Especialmente los vientos (incluidas las reminiscencias de los cuatro entrañables klaxons des taxis parisiens, si bien no los originales, y los saxofones), las maderas y la percusión, suenan magníficos en esta Real Orquesta Sinfónica Nacional Escocesa y llegan directamente al corazón del oyente. 

Visto hoy a la distancia, pareciera que fue providencial que tanto Nadia Boulanger como su amigo Maurice Ravel declinaran dictarle clases de composición a este genio intuitivo de admirable espontaneidad melódica que fue el compositor estadounidense, nacido ahora hace 120 años. Quién sabe cuál habría sido su evolución. Pero tal vez le hubieran cercenado esa personalísima firma autográfica tan querida, natural, inimitable, definitoria e indeleble que lo distingue. 

Arnold Schönberg, quien alcanzó a darle algunas pocas lecciones en Los Ángeles/California, donde residía, tras emigrar en 1933, vía París, huyendo de los nazis, diría de Gershwin en 1937, al lamentar su prematura muerte, que éste pertenecía a esa clase de raros músicos para los que la música no era una cuestión de más o menos habilidad. La música era para él el aire que respiraba, el alimento con el que se nutría y la bebida con la que se refrescaba. Música era lo que le hacía sentir y música fue el sentimiento que expresaba. Esa sinceridad está reservada solo a los grandes hombres. Y no hay duda de que fue un gran compositor. Lo que alcanzó no fue solo en beneficio de la música nacional de Estados Unidos, sino una contribución a la música de todo el mundo

El Allegro ben ritmato e deciso de Three Preludes (Gershwin – Serebrier), de 6:35 minutos en total, con los arreglos orquestales introducidos a Three Piano Preludes, que le han dado más colorido aún, habrían marcado el sincopado retorno a casa del nostálgico estadounidense obnubilado por París. Pero no. El orden fue en realidad el inverso, desde el punto de vista cronológico de su composición. En esa reflexión tan íntima y ensoñadora del Andante con moto e poco rubato (maderas y saxofones de gran sensibilidad), así como en su reincidente Allegro ben ritmato e deciso (tercero de los preludios publicados, entre los seis compuestos) Gershwin hace gala de la mágica e inequívoca inserción del lenguaje popular en la música sinfónica, ratificando lo que constataran músicos y maestros europeos cuando alabaron su innato talento. 

Con cuatro notas de timbales quasi coléricos, un rumor de vientos y un redoble de tambor comienza el audaz Concierto en fa para piano y orquesta que Leopold Godowsky III ejecuta suave y elegantemente (Allegro), en el honroso puesto de solista que ocupara su tío George cuando lo estrenó en esta misma versión el 3 de diciembre de 1925 en el Carnegie Hall. En todo momento, el acompañamiento de la orquesta es preciso e intenso, al igual que la magistral interpretación del pianista, con maravillosos momentos solísticos plenos de virtuosismo y de apasionamiento. Estamos ante una fascinante unión, que no simbiosis ni fusión, de música clásica y exuberante jazz. Alguno de los temas evoca en su forma rítmica al primero de los Three Piano Preludes, hasta que este animado garbeíllo por la Quinta Avenida en un hermoso día de verano llega a un grandioso clímax final. 

El encanto y el aplomo gershwinianos son más notables aún en el Andante con moto que Godowsky interpreta, sin exageraciones, con energía, gracia y refinamiento. El lírico duende del blues domina este extático pasaje, enmarcado preciosamente por las cuerdas y las maderas. Cuando el orgiástico Allegro agitato entra súbitamente en escena, el oyente queda atónito, como si nunca hubiera escuchado antes esta pieza, sin aliento, deslumbrado por tanta fastuosidad, sublimidad y fulgor. 

La canción de cuna Lullaby (Gershwin – Serebrier) es una versión muy cuidada, tierna y conmovedora que cobra vida propia en esta grabación. La orquesta vela sobremanera, con armonías y recitativos, por preservar ese estado hipnótico que crea la obra (un ejercicio estudiantil de Gershwin), repitiendo con hábiles cambios de textura su motivo principal, en ritmo lento, acompasado y arrullador. ¡Precioso trabajo de orquestación!

Este registro reune los temas del único concierto oficial de homenaje al Centenario de Gershwin, organizado por su familia, que dirigió también Serebrier en el teatro Palladium de Londres en la tarde del domingo 4 de octubre de 1998 y fue transmitido por la BBC. Es como si la extraordinaria, dinámica e inolvidable Frances, quien sobrevivió también a Ira (1896 – 1983), hubiera querido ver cumplida una última voluntad suya antes de poder retirarse de este mundo para descansar en paz.

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