Reino Unido

Una orquesta de héroes

Agustín Blanco Bazán

miércoles, 6 de febrero de 2019
Londres, sábado, 26 de enero de 2019. Barbican Hall. Richard Strauss: Cuatro últimas canciones  (Solista: Diana Damrau), Una vida de héroe. Orquesta sinfónica de la Radio de Baviera bajo la dirección de Maris Jansons
Diana Damrau © Eric Richmond

Quienes pensamos que la música sinfónica se endurece y enfría cuando se la vivisecciona con técnicas sonoras lacerantes e incisivas al extremo (ejemplo: la Filarmónica de Berlin) nos inclinamos naturalmente a la calidez densa y brillante de orquestas como la Sinfónica de la Radio de Baviera.

Eugen Jochum la fundó en 1949 y la dirigió hasta 1960. Y otros grandes se preocuparon de mantener ese sonido rico y profundo que todavía conserva: Rafael Kubelik (1961-79), Colin Davis (1983-92), Lorin Maazel (1993-2002) y, a partir del 2003 y hasta el presente, Maris Jansons, la batuta de este inolvidable concierto en el Barbican londinense. 

Inolvidable no por Diana Damrau sino por lo que vino después. Damrau es una gran cantante lírica lista en materia de sensibilidad y percepción para interpretar las Cuatro últimas canciones. Pero su voz carece aún del peso, densidad y fuerza de proyección necesarias. Tuvo momentos de conmovedora articulación, pero las largas frases en el registro medio-bajo le salieron débiles y sin el volumen necesario para lograr esa convicción a la vez profunda e interrogante de ansiedad y aceptación tan típicas de estos lied. ¡Y pensar que entre Lucia di Lamermoor y las Cuatro ultimas canciones hay tan buen repertorio para una Damrau que hoy no alcanza a satisfacer totalmente en ninguno de estos extremos!

Los sinfónicos bávaros dieron a Damrau una atmósfera oxigenada y de contenida expresividad que no hizo sino resaltar el contraste entre una orquesta straussiana hasta la médula y una soprano con posibilidades entre Sophie y la Mariscala, pero aún corta para llenar el espacio que la orquesta le deja libre en las Cuatro últimas canciones

Una vida de héroe fue en cambio una de esas vivencias sinfónicas difícil de superar. A lo largo de toda la obra hubo una calidad de masa contundente pero nunca agresiva y una sonoridad brillante, de grandeza sin grandilocuencia. Particularmente antológica fue la forma en que cada instrumento redondeó detalles sin estridencia ni aristas de exageración. No sin razón los líderes en cada grupo instrumental, recibieron, uno por uno, una ovación similar a la orquesta completa, empezando por unas trompas de dulzura lubricada con cautivante contención. Por su parte, el quijotesco empuje inicial de la exposición orquestal al comienzo fue contrastado con una exposición de los enemigos del héroe desarrollada a través de un sarcasmo de oboes nunca esterotipado sino mas bien dudoso, como medio perdido en esa típica mezcla de hesitación y temor con que los mediocres dudan de las grandes ideas. 

Inexplicablemente, el programa de mano omitió nombrar al concertino, que (¡lo encontré en Google!) se llama Radoslaw Szulc. Pues bien, Szulc deslumbró como raramente lo hacen los virtuosos del violín, esto es, tocando “para adentro” o mejor dicho interiorizando la exposición de esas interminables, no, mejor dicho: “infinitas” frases straussianas. Lo hizo con un sonido tan opaco como sensible, porque en el  dúo de amor entre el héroe y su compañera no hay nada de brillante. Y fue un dúo de amor en serio, con caprichos, dudas, y finalmente una entrega del instrumento solista al irresistible empuje orquestal. 

En ocasión del estreno de la obra en Nueva York, el crítico del New York Times observó que la dificultad en entronizarse en esta obra residía en que Strauss utilizaba sus complejas texturas orquestales como si se tratara de una ópera, con cada instrumento como personaje actuando por sí mismo para incorporarse de vez en cuando a un tutti común. Es una buena observación frente a un poema sinfónico tan operístico que es imposible no asociarlo con la vena creativa de un compositor que luego de agotar sus posibilidades de creatividad orquestal se desbordaría, a partir de Salome, en los melodramas teatrales mas significativos de la época post- wagneriana. Y fue así, como una ópera cargada de personajes tan numerosos como los que aparecen en algunos cuadros de Brueghel, que se desarrolló esta versión. 

Y también como en los cuadros de Brueghel, esta vida de héroe tuvo una sólida y sensible unidad interpretativa gracias a Maris Jansons. Si tuviera que compararlo con instrumento, diría que Jansons es como una viola o un chelo, por la tersura de su énfasis en el desarrollo de las líneas principales y el tratamiento del color en los contrastes.  Y repito: la suya no fue una versión agresiva, con lo cual quiero decir que este gran director se colocó en las antípodas de ese nerviosismo crispado con que Georg Solti lograba esa fama  a veces tan inexplicable. Jansons dirigió mas bien a lo Karajan, el último director que supo imponer un sonido redondo y poético a la Filarmónica de Berlin. Pero Jansons estuvo mejor aún, porque reemplazó la brillantez a veces melosa de Karajan con una opacidad palpitante y asertiva. Asertividad y opacidad, antes que agresividad y brillantez, deben ser en mi opinión, los leit-motiv definitorios de este héroe tan característicamente premonitorio en su galope del siglo de la esperanza al de la destrucción. 

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