España - Andalucía

El sonido Bruckner

José Amador Morales

jueves, 7 de febrero de 2019
Córdoba, viernes, 25 de enero de 2019. Gran Teatro. Pedro Miguel Marqués: El anillo de hierro, preludio; Jorge Horst: Entrepuentes; Anton Bruckner: Sinfonía nº4 “Romántica” en Mi bemol mayor (versión 1880). Orquesta de Córdoba. Carlos Domínguez-Nieto, director musical.
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Indudablemente uno de las referencias de la presente e atractiva temporada de abono de la Orquesta de Córdoba consistía en el programa que comentamos y, más particularmente, en el reto que a priori suponía una obra del calibre de la Sinfonía nº4 de Anton Bruckner, con su idiosincrasia armónica, tímbrica y, en general, estilística. En este sentido recordamos casi como un hito la interpretación de la Sinfonía nº2 del compositor austríaco dentro de la que fuera última temporada de Leo Brouwer al frente de la orquesta cordobesa allá por el 2001. En esta ocasión, también había mucho interés en comprobar la capacidad del nuevo director titular no tanto en manejarse con un repertorio que sin duda controla (fue muy comentado el impacto de la también bruckneriana Sinfonía nº5 con la Filarmónica de Málaga el pasado año) sino en obtener e imprimir al conjunto sinfónico cordobés un sonido acorde con unas coordenadas artísticas tan precisas. 

Todo ello quedó claro en los primeros compases de la sinfonía en los que, salvando el famoso ataque del trompa solista (¿cuántas veces lo habremos escuchado en los calentamientos previos de tantos conciertos y óperas?) que aquí sonó quebrado y sin firmeza, “aquello” sonaba irremisiblemente a Bruckner. La densidad de la masa orquestal, aparentemente sólo reforzada en los contrabajos (cinco), las prestaciones solistas (soberbio el viento-madera) y el fraseo articulado en un conciso pero expresivo juego de tensión-distensión dieron como resultado una versión equilibrada, idiomática y, a pesar de puntuales desajustes y borrosidades, de gran belleza. Domínguez-Nieto, sin duda el artífice de semejante logro y al cual aclamaban los propios músicos con entusiasmo al final de la velada, dirigió con valentía, autoridad musical incuestionable no exenta de elegancia, así como con una gesticulación casi didáctica en sus indicaciones de entradas y de numerosos detalles técnicos. Como por ejemplo el final, con ese impactante el silencio tras el clímax que precede a la coda y que aquí fue expuesto con una sabia planificación dinámica sobre el punzante ostinato en la cuerda. La dinámica adecuada a la rácana acústica de la sala y los tempi ciertamente moderados, les permitió dosificar la intensidad expresiva a lo largo de la lectura. En definitiva, toda una prueba de fuego superada con nota y que esperemos suponga el principio de un mayor desarrollo de este tipo de repertorio.

Previamente la velada había sido introducida con una muy lucida versión del consistente preludio sinfónico de El anillo de fuego, de Pedro Miguel Marqués, zarzuela de amplio formato que el compositor mallorquín estrenara con bastante éxito en el madrileño Teatro de la Zarzuela en la temporada de 1878-1879 hasta obtener setenta representaciones. Junto a ella se estrenó la obra de Jorge Horst Entrepuentes, compuesta de tres movimientos: “Corduba” (alusión a la época romana de la ciudad), “Qûrtuba” (al periodo andalusí) y “Yadda Antonia” (en memoria de la abuela andaluza del compositor). Una obra ciertamente breve pero muy expresiva, particularmente en su variedad de texturas y de matices tímbricos, y que Carlos Dominguez-Nieto explicó brevemente al público, interpretando algunos elementos destacables de la misma para una mejor comprensión global. Según el propio compositor argentino, la obra persigue “la evocación y su resonancia a través de la historia, como conmemoración: los puentes que comunican no solo geografías y espacios, sino también tiempos y culturas. Los puentes no solo que cruzan de un lado a otro sino también aquella naturaleza que los convoca ontológicamente por identidad. La memoria como aprendizaje, como eje para construir posturas inclusivas, no discriminatorias, configuración de un espacio-tiempo de convivencia real, no ilusorio, y que a la vez caracteriza las historias individuales y más allá, las sociales”. 

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