España - Andalucía

A contracorriente

Raúl González Arévalo

martes, 5 de febrero de 2019
Málaga, sábado, 26 de enero de 2019. Teatro Cervantes. Carl Orff y César Belda: Carmina Burana (1937), cantata escénica en versión escenificada, reducida a dos pianos, flauta, contrabajo, tímpanos y percusión. Carlus Padrissa, dirección escénica (La Fura dels Baus). Carlus Padrissa – La Fura dels Baus, dramaturgia y dirección escénica. Antonio Torres (barítono), Amparo Navarro (soprano), Lluís Frigola (contratenor). Lucía Espinosa (actriz). Coro B Creatives, Orquesta y Coro. César Belda, dirección musical. Aforo: 1104 localidades. Ocupación. 100%
La Fura dels Baus: Carmina Burana © Carmen Navarro Aparicio, 2019

Cuando uno conoce una obra -algo obligado salvo fuerza mayor para poder hacer una crítica en condiciones- inevitablemente llega con una idea en la cabeza a un espectáculo. Y cuando un grupo, en este caso La Fura dels Baus, tiene un nombre y una trayectoria, también. Al mismo tiempo, temo que ese mismo nombre puede imponer a la hora de escribir una opinión. Es la primera opción para entender algunas reseñas en cierta prensa local, que ha puesto el espectáculo que recaló en el XXXVI Festival de Teatro de Málaga por las nubes. La otra es la ignorancia, que es muy atrevida. 

Aunque no es fácil nadar contracorriente, y el éxito indudable de público parecería desmentirme, intentaré explicarme, como siempre. Más que porque me aburriera, porque me llevé una absoluta decepción. Vayamos por partes: en primer lugar, la obra interpretada no era la original de Orff, sino una adaptación. Aunque el folleto de acompañamiento induzca a error, la orquesta ideada por el genial compositor alemán había desaparecido, sustituida por dos pianos y percusión. Además, figuran dos autores, Orff y César Belda. Hay que ser muy atrevido para poner el nombre del director musical junto al del verdadero creador de la obra, incluso si es el autor -digo yo, porque no hay ninguna información al respecto- de la Introducción del espectáculo, con dos números, Dianae sumus in fide y Iste mundus furibundus, que en realidad son dos poemas (carmina) medievales de la misma colección a la que pertenecen los demás, pero que no fueron musicados por Orff. 

La espectacularidad de la obra original reside en gran medida en la fuerza de la orquesta y en un coro de grandes dimensiones. La reducción empleada en esta ocasión y la presencia de un coro prácticamente de cámara, con cuatro voces por cuerda -dieciséis cantantes en total- era un serio inconveniente, que se ha buscado solventar con amplificación, absolutamente innecesaria en otras circunstancias en un teatro alla italiana como es el Cervantes de Málaga. El problema es que la toma de sonido no estaba equilibrada y cuando cantaban los tres solistas el resultado era molesto por un volumen excesivo. Imagino que resulta más práctico y económico para andar de gira tener un numero más reducido de músicos y cantantes y compensar la falta de potencia con altavoces, aun a costa del resultado artístico final y de inducir a confusión al público. 

Respecto a los intérpretes, los instrumentos estuvieron solventes como mucho, pero nada más. Como el coro. Los solistas, ni eso. El barítono Antonio Torres regaló un canto estentóreo que podía tener cierta eficacia teatral, pero también poca sutileza musical. Dudo mucho que el contratenor, Lluís Frígola, tuviera cabida en ninguna interpretación musical seria, por la pobreza del instrumento y la precariedad de la técnica, por más que buscara la complicidad del público e incluso le hiciera reír. La mejor cantante fue, en consecuencia, la soprano, Amparo Navarro, en todo caso insuficiente para la parte, por agudos tirantes y musicalidad aproximativa. El “Dulcissime” fue un tormento sin paliativos. 

La puesta en escena estaba dominada por un cilindro del que entraban y salían los intérpretes, los accesorios como la grúa en la que se subieron el contratenor y la soprano, y sobre todo se proyectaban imágenes más o menos sugerentes, abstractas o concretas -una enorme luna- que al final resultaron repetitivas, una vez superado el primer impacto visual. Lo mismo sucedía con la coreografía de las bailarinas y los movimientos de la solista principal, dentro y fuera del recipiente transparente lleno de agua. En los tiempos en los que estamos, además, resulta absolutamente ridículo que una actriz lleve una malla de color carne para simular un desnudo, encarnar el pecado y la tentación y recrear una bacanal (es un decir). ¿De verdad nos hemos vuelto tan mojigatos? ¿De verdad es esta la Fura atrevida y rompedora, de espectáculos arriesgados? Las españoladas del destape eran más genuinamente sexy. O, sencillamente, coló un bolo de provincias. Por más que se venda que el espectáculo ha viajado por tres continentes y ha sido visto por 150.00 espectadores. Si los números van a ganar a la calidad y al criterio en serio, que le den el Nobel de Literatura a Dan Brown. 

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