Artes visuales y exposiciones

Dommuseum Ottonianum

Juan Carlos Tellechea

viernes, 8 de febrero de 2019
Dommuseum Ottonianum Magdeburg © Dominio público. Wikipedia

Un nuevo e interesante museo de arqueología e historia medieval abrió sus puertas el pasado 4 de noviembre de 2018 en la catedral de Magdeburgo (capital del estado federado de Sajonia-Anhalt): el Dommuseum Ottonianum.

La catedral, consagrada a los santos Mauricio (mártir del siglo III) y Catalina de Alejandría, hoy perteneciente a la Iglesia Evangélica Alemana, fue la primera construcción (1207) enteramente gótica al este del Rin y la primera asimismo en ser terminada (1363), en tiempo récord en territorio germano. Magdeburgo se prepara para postular su candidatura a Capital Cultural de Europa 2025.

El museo está destinado a reunir y exhibir por primera vez testimonios de la época de Otón I de Alemania (u Otón el Grande), rey del estado alemán del Medievo, conocido hasta entonces como Francia Orientalis o Reino de los Francos orientales, entre 936 y 972 de nuestra era, y primer emperador (auténtico fundador) del Sacro Imperio Romano Germánico entre 962 y 973.

Miembro de la dinastía liudolfina, Otón nació el 23 de noviembre de 912 en Wallhausen, cerca de Sangerhausen, y falleció el 7 de mayo de 973 en Memleben, ambas localidades de Sajonia-Anhalt. Era hijo de Enrique I (el Pajarero o el Cazador) y de su segunda esposa, Matilde de Ringelheim/Westfalia.

Desde muy joven (con 17 años) fue asociado por su padre al trono para facilitar la sucesión. Entronizado, se convirtió en el artífice de una profunda reorganización interna del reino alemán. Vencedor de los magiares en 955, lo que le dió una gran reputación y le valió el apodo de el Grande, Otón I fue sin duda la figura política más importante del siglo X europeo. Se sabe muy poco de su infancia y primera juventud, excepto que recibió una fuerte influencia religiosa de su madre y que seguramente participó en algunas de las numerosas campañas militares de su padre.

En 930, con 17 años, se casó con la princesa Edith (915 – 946), hija del rey Eduardo (el Viejo) de Inglaterra (segundo de los seis hijos varones de Alfredo el Grande, rey santo de los anglosajones), a la que entregó como dote la próspera ciudad de Magdeburgo. Fue ésta una decisión emanada del corazón (se amaban y se casaron realmente por amor, según los cronistas de la época), pero también de la razón, ya que formaba parte de una estrategia para mantener, consolidar y expandir el poder. Con Edith tendría una hija, Liutgarda de Sajonia (que casó posteriormente con el duque de Lorena) y un hijo, Liudolfo, más tarde duque de Suabia.

Entre los espectaculares hallazgos arqueológicos expuestos en Magdeburgo figura el sarcófago de plomo encontrado en 2008 que guarda los restos de la reina Edith, venerada como una santa, así como la tapa de piedra de su sepultura. Los arqueólogos descubrieron en investigaciones iniciadas en la década de 1960 los fundamentos de dos edificios que precedieron a la actual catedral.

En 1207 un incendio en la ciudad dañó seriamente esas construcciones, por lo que el arzobispo de entonces, Albrecht II de Käfernburg, decidió erigir un nuevo templo sobre los viejos cimientos situados más al sur y adoptando los modelos franceses de diseño arquitectónico más moderno de aquel tiempo: el gótico.

A Otón el Grande se debe la constitución de un primer estado alemán, cuyas bases resultaron tan firmes que lograron sobrevivir a las azarosas maniobras de sus sucesores en el trono. El imperio otónida, a diferencia del carolingio, se mantuvo estable durante largos siglos, gracias a la diversidad de métodos empleados por su fundador en su intento por mantener las bases elementales de la soberanía regia. Más abajo entraremos en exhaustivos detalles.

Magdeburgo, en su carácter de sede del arzobispado instituido por Otón el Grande, se convertiría en aquellos pretéritos tiempos en una metrópolis del Medievo y los prelados de la ciudad alcanzarían entonces gran importancia política. La suntuosidad de las tumbas de estos arzobispos refleja inequívocamente la extraordinaria posición que detentaban. La presentación de los espectaculares hallazgos arqueológicos efectuados dentro de la catedral y en su entorno cubre un lapso que va desde el reinado de aquel emperador hasta el final de la Edad Media.

La coronación de Otón I --el 7 de agosto de 936 en la colegiata construida por Carlomagno (742 – 814) en Aquisgrán-- como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico habría de alcanzar dimensiones históricas, no solo para Alemania, sino para toda Europa. Fue elegido rey por los duques alemanes y recibió la corona de manos de los arzobispos de Maguncia y de Colonia. Es decir, recibió el título carolingio de Rex et sacerdos (rey y sacerdote).

De pleno, el acto de la coronación estuvo rodeado por inusuales signos de solemnidad característicos de aquella tradición imperial carolingia: la referida elección, la aclamación del pueblo y la unción sacra. El propósito de Otón I era el de restaurar y continuar la tarea (de sometimiento y) unificadora emprendida por el imperio carolingio, aunque cabe destacar además que el período de su reinado coincide asimismo con una fase de gran florecimiento cultural en el Viejo Continente.

Pese a la facilidad con la que accedió al trono, los primeros años del reinado de Otón I estuvieron marcados por rebeliones internas. Poco después de su entronización, en 937, el duque Eberhard de Franconia se negó a prestarle homenaje. Perteneciente a una dinastía tradicionalmente enemiga de los liudolfinos, Eberhard aprovechó las desavenencias en el seno de la dinastía sajona para suscitar una nueva rebelión nobiliaria, apoyada desde el exterior por el rey Luis IV de Francia. A dicha rebelión se unieron Thankmar y Enrique, medio hermano y hermano menor, respectivamente de Otón I, así como el duque Giselbert de Lorena. La insurrección se extendió por los territorios del Rin y del Palatinado, alcanzando incluso los confines del río Saale.

Otón derrotó a Eberhard, lo depuso y lo envió al destierro, y entregó el poderoso ducado bávaro a Berthold, hermano de Arnulfo de Carintia. El hecho de que el nuevo rey osara disponer de un título ducal, considerado consuetudinariamente hereditario, despertaría una fuerte oposición entre la aristrocracia territorial. Inmediatamente después venció asimismo a los duques de Franconia y de Lorena en la batalla de Andernach y se hizo con el control de Franconia, aprovechando las tensiones existentes entre la alta y baja nobleza del ducado. Thankmar fue derrotado y muerto, mientras que Enrique recibió el perdón de su hermano y fue restablecido en el favor regio. Sin embargo, éste volvió a unirse a una conspiración contra la vida del rey urdida por el arzobispo de Maguncia y algunos nobles de territorios fronterizos. El complot fue descubierto, pero Enrique fue de nuevo perdonado.

Con la ayuda eficaz de la alta jerarquía eclesiástica, en manos de amigos y familiares, la política otónida respecto a la aristocracia levantisca que pugnaba por desasirse del poder regio consistió en fragmentar los territorios ducales y evitar su transmisión por vía hereditaria. De esta manera, Otón intentó conservar la capacidad de nombramiento de los duques (a los que normalmente eligió de entre sus parientes cercanos), al tiempo que procuraba devolver a los títulos ducales su antiguo carácter administrativo. Retuvo para sí el ducado de Franconia; dividió Lorena en dos ducados, Alta y Baja Lorena, al frente de los cuales puso a nobles adeptos al trono; concedió el gobierno de Baviera a su hermano Enrique (947), quien previamente se había casado con Judith, hija del anterior duque; y Suabia a su hijo mayor, Liudolfo.

Asimismo, impulsó el fortalecimiento de los condados, entre los que destacaron los de Turingia y Westfalia, y desgajó de Sajonia los territorios de las marcas de Carintia y del Este. Al mismo tiempo, trató de reducir las atribuciones de los duques, quienes, en general, respetaron el homenaje de fidelidad prestado al soberano.

La política exterior de Otón I se dirigió desde un comienzo a la península itálica, donde sostuvo los derechos de Adelaida (931 – 999) de Italia (hija de Rodolfo II de Borgoña y de Berta de Suabia) frente al rey Berengario II de Ivrea (al noroeste, principal frontera entre Italia y Francia). Tras entrar victorioso en Pavía, en 951, siguiendo de nuevo la tradición carolingia, se hizo proclamar rey de los francos y de los lombardos, para casarse a continuación con Adelaida. Pese a ser un hombre equilibrado y un político realista, Otón soñaba con restaurar la gloria del imperio universal de Carlomagno. En esta aspiración influyó, en principio, su necesidad de crearse una posición jurídica fuerte para imponerse sobre los grandes poderes territoriales germánicos. Su título de rey alemán le otorgaba un poder notable, pero sus luchas con los señores rebeldes le habían evidenciado la debilidad de la monarquía, cuya autoridad no se derivaba automáticamente de la posesión del trono.

Berengario cedió y aceptó rendirle vasallaje, por lo que se le hizo un hueco en el reparto del poder y recibió el título de rey de Italia. Para acudir tan rápidamente en socorro de Adelaida, Otón había aprovechado el ejército de su hijo mayor Liudolfo, quien acababa de invadir Lombardía, valiéndose de la inestabilidad en la región. Al apropiarse de estas tropas y casarse después con Adelaida, el monarca frustraba todas las ambiciones de su hijo en Italia. Liudolfo se sintió muy molesto por esta hábil acción y poco después, en el 953, se rebeló contra su progenitor apoyado por su cuñado Conrado el Rojo. Pero, Otón aplastó la rebelión de su hijo un año más tarde con la ayuda de Enrique I de Baviera.

Fue a orillas del río Lech, que atraviesa Augsburgo, donde el 10 de agosto de 955 Otón I derrotó a una enorme hueste de magiares, a quienes los señores alemanes vencidos por el monarca habían apelado para que lo derrocaran. El rey reclutó un ejército de caballeros de todos los rincones del reino que causó enormes pérdidas a los magiares mientras cruzaban en desorden el citado curso fluvial. Con esta victoria, Otón el Grande puso fin a la amenaza magiar y ese mismo año dirigió sus armas contra los eslavos abodritas que habitaban a orillas del Elba. Éstos fueron vencido en la batalla de Recknitz y así se impulsó la expansión germánica hacia el este de Europa para estabilizar las fronteras del reino.

Desde 936, la reorganización de las marcas dio como resultado un lento avance del dominio alemán más allá de los ríos Elba y Saale. Al mismo tiempo que avanzaba lentamente la dominación militar, el rey patrocinó la evangelizacion de los eslavos y en 968 autorizó la creación de una provincia eclesiástica eslava con cabeza en Magdeburgo, su ciudad favorita. Estos empeños se tradujeron en una lenta, pero imparable expansión de la influencia germana hacia el Oder y la región de Bohemia.

Sin embargo, el sueño imperial de Otón abocó a Alemania a una lucha por demás absurda que pretendía la realización política de la utopía medieval de la monarquía universal cristiana. Esta lucha que duraría centurias se convertiría lamentablemente en la principal fuente de conflictos políticos del Occidente cristiano durante la Edad Media en su mayor apogeo y en su período tardío.

La colina sobre la que se erige la catedral de Magdeburgo está situada junto al río Elba y en el cruce de una antigua ruta comercial que unía de este a oeste Kiev con París. En el siglo X se registra aquí una gran actividad edilicia, inusitada para una localidad allende la margen derecha del Rin. Para su equipamiento, Otón I había ordenado traer a través de los Alpes ornamentaciones arquitectónicas, porfirio rojo, oro y piedras preciosas de la Antigua Roma para embellecer a la ciudad y enriquecer su tesoro.

Entre los restos encontrados figuran un capitel corintio de mármol del 200 de nuestra era, un caliz de oro de la tumba del arzobispo Otto de Hesse (mediados del siglo XIV), así como la mitra y los zapatos con correas doradas e incrustaciones de piedras semipreciosas del arzobispo Wichmann de Seeburg (entre 1154 – 1192), confidente del emperador Federico I Barbarroja (1122 - 1190).

La rebelión nobiliaria de 954 había convencido a Otón de que no conseguiría imponerse a los ducados por la fuerza o intentando ejercer meramente la supremacía nominal de su título regio. En sus esfuerzos por estabilizar el reino y evitar la disgregación feudal, Otón debía contar con el apoyo de la Iglesia y de una administración eficaz al servicio de la monarquía. De la unión de estas necesidades surgió la creación de la llamada Iglesia imperial otónida, la cual dotaría al reino alemán de solidez y estabilidad.

La base de este sistema radicaba en el hecho de que la corona, desde tiempos carolingios, poseía el derecho a nombrar obispos dentro de los territorios bajo su soberanía. Otón no sólo ejerció este derecho, sino que además otorgó a los obispos poderes gubernativos condales sobre sus sedes y dependencias territoriales. Asimismo, amplió la jurisdicción de los tribunales episcopales y concedió a determinados obispos ciertos derechos de la corona, como el de acuñar moneda o el de percibir impuestos no eclesiásticos. De esta forma convirtió los obispados en distritos administrativos bien delimitados cuyos titulares disponían de derechos y funciones semejantes a las de los condes y vinculados al rey. Los más poderosos fueron los obispos de Spira y Coira (en alemán Chur), hoy en Suiza, y los arzobispos de Magdeburgo, Maguncia y Colonia.

La clave de este sistema era la estrecha vinculación de intereses que existía entre los obispos y el rey. Dicha vinculación radicaba en el hecho de que los grandes aristócratas que pretendían extender sus prerrogativas señoriales en detrimento de los poderes obispales, eran los mismos que intentaban reducir el poder político y territorial de la monarquía otónida. Amenazados contínuamente por la aristocracia territorial laica, los obispos hicieron causa común con el monarca, quien, por su parte, intentó en todo momento evitar una posible alianza entre los poderes episcopales y los señores laicos mediante el recurso a nombrar para los obispados a personas no oriundas de las diócesis a su cargo.

Estos obispos, extranjeros en el lugar que administraban, formaban un grupo vinculado directamente a Otón y no a un territorio específico. Por otra parte, el hecho de que por su condición de eclesiásticos no pudieran tener hijos legítimos impedía la formación de dinastías episcopales hereditarias. Otón puso gran cuidado en la elección de los obispos, que fueron por lo común personas de reconocida honestidad religiosa y extensa cultura.

La creación de la así llamada iglesia imperial permitió al rey patrocinar la reforma religiosa de la que era firme defensor. Otón había recibido una ascética educación religiosa de su madre, y una fuerte influencia de su hermano menor Bruno, arzobispo de Colonia y hombre muy preocupado por la reforma del clero.

Bajo el auspicio del rey, la corte sajona se convirtió en un centro de vida espiritual y religiosa que dio lugar a un movimiento cultural conocido como Renacimiento Otónida, y en el cual tuvieron gran importancia las mujeres de la familia real (la reina madre, las reinas Edith y Adelaida y la nuera de Otón, Teófano Skleraina o Theofania del Sacro Imperio, (princesa bizantina, esposa de Otón II y, a la muerte de éste, emperatriz del Sacro Imperio durante siete años, una de las soberanas más influyentes del medievo). Los obispados de Magdeburgo y Quedlimburgo (éste último fundado por el rey en 936) fueron los centros espirituales más activos del reino.

En realidad, los reyes alemanes poseían un carisma mucho menos sacralizado que el de sus homólogos franceses e ingleses, lo cual debilitaba considerablemente su soberanía efectiva y su capacidad de actuación contra la aristocracia territorial. Instituyéndose en heredero de la corona imperial de Carlomagno, Otón conseguiría así una base jurídica para su trono que le garantizaría la supremacía sobre cualquier otro poder, pues la dignidad imperial era superior en rango y sacralidad a cualquier otra institución política.

Pormenorizando aún más, el derecho a conceder la corona imperial era, por tradición, prerrogativa del papa. De ahí que, siguiendo la senda de Carlomagno, Otón ambicionara convertirse en árbitro de la política italiana y en defensor del papado. Sus primeros intentos de intervenir en Italia datan de 950. Ese año, su apoyo permitió a Berengario de Ivrea acceder al trono de Lombardía. Berengario prestó homenaje a Otón y cedió las marcas de Verona y Aquilea al hermano del alemán, Enrique de Baviera, quien ya las había ocupado militarmente.

Sin embargo, al año siguiente, los seguidores del anterior rey lombardo, Lotario, convencieron a Otón para que acudiese a Italia, tomase Pavía y, mediante su matrimonio con la viuda de aquél, Adelaida de Borgoña, como referíamos más arriba, reclamara la corona del reino.

Por aquel entonces, Otón alentaba ya la ambición de convertirse en emperador; pero el papa Agapito II, presionado por la aristocracia romana, se negó a concederle la corona imperial, lo que, unido al estallido de la revuelta nobiliaria alemana de 953, frustró sus expectativas en este sentido. Berengario de Ivrea volvió a ocupar el trono lombardo mientras Otón, como indicábamos antes, se dedicaba a restablecer su autoridad en Alemania y combatía a los magiares y a los eslavos.

En 961, Berengario retomó la ofensiva, enseñoreándose del norte de Italia y amenazando Roma. La ciudad y sus contornos formaban entonces un estado independiente en el que diversas familias aristocráticas se disputaban el poder. En aquel momento se encontraba dominada por Alberico, príncipe y senador romano, quien en 955 había instalado en el trono papal a su hijo Octaviano, con el nombre de Juan XII. Cuando Berengario amenazó la ciudad, el papa solicitó la ayuda de Otón, quien dispuso así de un excelente pretexto para intervenir de nuevo en Italia.

Tras hacer reconocer a su hijo Otón (nacido en 955) como sucesor suyo en el trono alemán en la dieta de Worms, y dejar el gobierno de Alemania en manos de su hermano Bruno y su hijo natural Guillermo, el rey marchó a Italia, tomó Pavía y se ciñó la corona lombarda. Después entró en Roma y fue coronado emperador por el papa el 2 de febrero de 962. Esta fecha marca la restauración del Imperio en Occidente y puede considerarse el hito fundador de lo que más tarde se llamaría Sacro Imperio Romano Germánico.

Pero los romanos no tenían intención de someterse al nuevo emperador extranjero. Poco después de la coronación, mientras Otón combatía con Berengario, el papa intentó pactar en secreto una alianza con este último. Al descubrirlo, el emperador marchó de nuevo sobre Roma y depuso al pontífice, en cuyo lugar nombró a León VIII. Después derrotó a Berengario y ordenó su encarcelamiento en Bamberg. Pero, en enero de 963, poco después de su marcha, la nobleza romana se rebeló y volvió a instalar en el trono papal a Juan XII.

Pese a que éste moriría poco después (964), Otón se apresuró a regresar a Italia, ocuparía Roma y, aunque la nobleza había elegido a un nuevo papa (Benedicto V), restablecería en el solio pontificio a León VIII y, tras la muerte de éste poco después, a Juan XIII. Pero tampoco entonces su victoria fue duradera, pues tras su marcha estallaron en Roma diversas rebeliones contra los delegados del poder imperial. Otón regresó a la Ciudad Eterna en diciembre de 966 y esta vez ordenó la ejecución de los caudillos militares de las doce regiones romanas y el destierro a Alemania de muchos nobles implicados en la rebelión.

Las sucesivas intervenciones de Otón I (y luego de sus sucesores) en Italia se explican como consecuencia lógica de su política eclesiástica. El papa, como jefe supremo de la Iglesia, era de iure el jefe de la iglesia alemana, la cual controlaba el nuevo emperador. De ahí que éste necesitara dominar al papado para mantener las riendas de la iglesia sobre la que había basado el sistema administrativo de sus reinos alemanes. Por ello, la política otónida giró desde 962 en torno a Italia, Roma y el Imperio.

Estos tres factores estaban íntimamente relacionados, pues solo en Roma se podía recibir la corona imperial, y únicamente el control sobre la mitad norte de la península garantizaba el control sobre la Ciudad Eterna y, por consiguiente, sobre el papado. Otón I nunca aceptó la sujeción política teórica que debía al papa (pues era éste quien le había otorgado la corona imperial), sino que, por el contrario, intentó en todo momento ejercer su supremacía sobre la Santa Sede. Ello le abocó a una espiral de campañas militares y esfuerzos diplomáticos que consumieron en gran medida el impulso de su reinado.

Sin embargo, sus intervenciones no modificaron esencialmente la situación institucional en Italia. El emperador se limitó a enviar embajadores a las principales ciudades del norte, para vigilar los intereses del imperio, y realizó tímidos e infructuosos intentos de transplantar el sistema de iglesia imperial mediante el otorgamiento de privilegios y donaciones a algunos obispos a los que deseaba convertir en aliados.

Por otra parte, en el sur de la península, que en su mayor parte se encontraba bajo dominio bizantino, la intervención imperial provocó fuertes reacciones. Otón mantuvo estrechas relaciones con los príncipes de las regiones meridionales de Capua, Salerno y Benevento (Campania), a los que, a fin de que le reconocieran como rey, favoreció con importantes donaciones territoriales. Ante estos hechos, el emperador bizantino Nicéforo Focas negó en 966 la validez del título imperial de Otón y reivindicó las ciudades de Roma y Rávena como parte de la herencia imperial griega. En 968, Otón intentó presionar a Bizancio lanzando una campaña militar contra Apulia, so pretexto de combatir a los piratas musulmanes. Pero la incursión fue un estrepitoso fracaso.

Durante los años siguientes, las relaciones de Otón con Bizancio mejorarían notablemente y la paz quedaría sellada en 972 con el matrimonio entre su hijo, el futuro Otón II (único vástago nacido de su matrimonio con Adelaida de Borgoña), y la princesa Teófano, sobrina del emperador bizantino Juan Tzimiskés. Esta boda significó la renuncia por parte de Bizancio a los derechos sobre Capua, Benevento y Salerno, y el reconocimiento definitivo del nuevo imperio occidental.

Poco antes de su muerte, Otón I reuniría en Quedlimburgo una gran dieta imperial que puso de manifiesto su inmenso poder. A ella acudirian representantes de Dinamarca, Polonia, Hungría, Bulgaria, Rusia, Bizancio, Roma, Benevento y Bohemia. Esta dieta y la recepción de una embajada de los fatimíes de Egipto fueron las últimas grandes actuaciones políticas del emperador, que murió el 7 de mayo de 973, a la edad (muy avanzada para la época) de sesenta años. Sus restos descansan, como era su última voluntad, junto a los de su esposa Edith en la catedral de Magdeburgo.

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