Alemania

Szeps-Znaider y el terso sonido vienés

Juan Carlos Tellechea

jueves, 7 de febrero de 2019
Düsseldorf, jueves, 29 de noviembre de 2018. Gran sala auditorio de la Tonhalle de Düsseldorf. Heinersdorff Konzerte-Klassik für Düsseldorf. Johannes Brahms (1833-1897), Concierto para violín y orquesta en re mayor opus 77. Antonín Dvořák (1841-1904), Sinfonía número 9 en mi menor opus 95 (del Nuevo Mundo). Solista Nikolaj Szeps-Znaider (violín). Orquesta Wiener Symphoniker. Director Philippe Jordan. Organizador Heinersdorff Konzerte. 100% del aforo.
Nikolaj Szeps-Znaider © Lars Gundersen

Hay verdaderamente un sonido vienés y ese lo reivindican para sí tradicionales orquestas de la capital austríaca como la Wiener Symphoniker (fundada en 1900), cuyo estilo exhala delicadeza, serenidad y belleza. Los Sinfónicos de Viena (traducción literal), su director, el suizo Philippe Jordan, y su actual Artist in Residence, el renombrado violinista danés (y también director de orquesta) Nikolaj Szeps-Znaider, fueron aclamados esta tarde del 29 de noviembre de 2018 en la Tonhalle de Düsseldorf.

El selecto recital, organizado por Heinersdorff Konzerte, reunió obras de Johannes Brahms (Concierto para violín y orquesta en re mayor opus 77) y de Antonín Dvořák (Sinfonía número 9 en mi menor opus 95, del Nuevo Mundo). Solo un pequeño accidente demoró por unos minutos el inicio de la velada. Cuando estaban ingresando los músicos al escenario uno de ellos tropezó incidentalmente con las patas de una silla sobre la que estaba apoyado uno de los ocho contrabajos. Él instrumento cayó sobre el parqué causando gran estruendo y lamentablemente se quebró el mástil en su unión con el clavijero. Hubo que cambiar el contrabajo con toda presteza. Afortunadamente, la orquesta traía varios más en su gigantesco equipaje y en un santiamén vino el reemplazo sin más problemas.

Pese a las insoslayables dificultades técnicas que presenta, la pieza de 40 minutos de Brahms parece formar parte de la propia identidad de Szeps-Znaider. La domina a tal punto que sus fraseos, las transiciones, el tempo, el momento en que debía entrar o salir en sus intervenciones, todo fluía a la perfección y con mucha pasión.

El entendimiento era absoluto. Por una parte, entre la orquesta, con ese espíritu colectivo que la caracteriza, y su director reinaba una gran armonía. Jordan, a su vez, y su solista mantenían una estrecha compenetración, como la que une a dos muy buenos colegas (en este caso, conocedores del oficio de la conducción orquestal). Además, y en tal concordia general, Szeps-Znaider llegó a formar casi un dúo con el primer violinista de los Wiener Symphoniker.

El sonido era muy lírico, colorido, por momentos genial, grandilocuente y teatral; vibrante en el Allegro non troppo, circunspecto en el Adagio; embrujador en el Allegro giocoso, ma non troppo vivace. La interpretación de violín, para nada presuntuosa, estaba en exquisito contraste con la resonancia condensada de la orquesta. El Guarneri del Gesú de 1741 de Szeps-Znaider (que otrora perteneciera a Fritz Kreisler) se oye con una delicadeza sibarítica y afiligranada que, me atrevo a afirmar, para algunas composiciones como ésta resulta mejor que un Stradivarius (que también poseyó en su día Kreisler). No diría que estas dos joyas de Cremona compiten entre sí a cual suena mejor, sino que se complementan sobresalientemente bien, según la pieza de que se trate.

El solista fue en todo momento una figura solícita y perseverante en este excepcional equipo que formó con Jordan. Ambos se avenían intuyéndose mutuamente, a ciegas, sin siquiera guiñarse un ojo, sin mirarse. Las cadencias enlazaron así de forma estupenda una técnica en apariencia incidental u ocasional, aunque con mucho sentido de lo dramático, incluyendo un intrépido vibrato, con la idea original de que debería ofrecerse una improvisación. Fue entonces cuando el violinista pudo cubrir cabalmente el espacio que necesitaba para su pleno ejercicio. ¡Y lo hizo, fue una maravilla!!! Una de esas constelaciones de ensueño, muy pocas veces vista.

No es de extrañar que Szeps-Znaider haya sido nombrado nuevo director musical de la Orchestre National de Lyon a partir de septiembre de 2020. El músico ha dado muestras aquí también de tener una muy buena química, comunicación y llegada, tanto con los instrumentistas de una orquesta como con el público.

La sólida y precisa labor de la Wiener Symphoniker prosiguió, tras el intervalo, con la ejecución de la Sinfonía número 9 en mi menor opus 95 (del Nuevo Mundo) de Antonín Dvořák. La orquesta no iba inventar nada nuevo aquí, todo está en la partitura, pero sí exploró la obra a fondo. El comienzo original del Adagio, con finos matices, sonaba de nuevo realmente así, original, singular.

El conjunto tejió un fino brocado entre los momentos de mayor sosiego en el Largo hasta los de extrema agitación en el Scherzo. Molto vivace. En esta auscultación, Jordan y los Sinfónicos de Viena incursionaron por tramos de mucho misterio para pasar enseguida a trechos más armoniosos y rítmicos en el Allegro con fuoco final. El público, enfervorizado, aplaudió de pie prolongadamente a la orquesta y ésta, agradecida, respondió con la Pizzicato Polka de Johann Strauss (hijo) y la número 5 de las Danzas Húngaras de Johannes Brahms. La locura fue finalmente total en la repleta sala.

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