Alemania

Una plegaria expansiva y luminosa

Juan Carlos Tellechea

miércoles, 6 de febrero de 2019
Düsseldorf, viernes, 14 de diciembre de 2018. Gran sala auditorio de la Tonhalle de Düsseldorf. Heinersdorff Konzerte Klassik für Düsseldorf. Paul Dukas (1865 – 1935), El aprendiz de brujo, scherzo para orquesta según una balada de Johann Wolfgang von Goethe. Mieczyslaw Weinberg (1919 – 1996), Concierto para violonchelo y orquesta en do menor opus 43. Richard Strauss (1864 – 1949), Muerte y transfiguración, poema sinfónico para gran orquesta opus 24. Maurice Ravel (1875 – 1937), La Valse, Poème choréographique. Solista Sol Gabetta (violonchelo). Orchestre Philharmonique de Radio France. Director Mikko Franck. Organizador Heinersdorff Konzerte Klassik für Düsseldorf. 100% del aforo.
Sol Gabetta © Marco Borggreve

Con delirantes ovaciones concluyó este viernes 14 de diciembre el espléndido concierto ofrecido por la Orchestre Philharmonique de Radio France, dirigida por Mikko Franck, con la violonchelista Sol Gabetta (Villa María/Córdoba, Argentina, 1981). Fue éste uno de los selectos recitales de Heinersdorff Konzerte, Klassik für Düsseldorf antes de concluir 2018.

A Sol Gabetta, quien acaba de adoptar la ciudadanía suiza y es muy apreciada aquí (se presenta por segunda vez consecutiva en menos de un mes) le gusta sorprender agradablemente a su público. El año próximo planea realizar otra gira por Alemania con el compositor alemán Wolfgang Rihm (Karlsruhe, 1952), cuyos detalles todavía no se conocen. Rihm escribió el año pasado, mientras se recuperaba de un cancer, una obra para la violonchelista argentino-helvética.

En esta oportunidad Gabetta vino con el Concierto para violonchelo y orquesta en do menor opus 43 del polaco Mieczyslaw Weinberg (1919-1996), un compositor que hasta hace dos décadas atrás era muy poco conocido por estos lares, excepto para los círculos de iniciados en la materia.

Weinberg tuvo que huir de su pais, inmediatamente después de la invasión de la Alemania nazi a Polonia en 1939. Lo hizo a través de Minsk y Tashkent a la entonces Unión Soviética. En Moscú, donde vivió y trabajó hasta su muerte en 1996, fue Dmitri Shostakóvich quien lo salvó en aquel entonces de las persecuciones estalinistas. Toda su familia, de origen judío, fue asesinada en los campos de exterminio nazis en Polonia.

Al principio, Weinberg había sido encasillado como una especie de epígono de Shostakóvich. Con el tiempo le llegó el merecido reconocimiento internacional del que ahora goza y su multifacética obra es explorada en nuestros días con gran respeto y devoción. Es esto, lo que llevó a la Orchestre Philharmonique de Radio France, a Franck y a Gabetta a presentar esta dificil pieza de tonalidades oscuras y tensas que revela la autonomia del compositor, su ingenio, la capacidad para inspirarse en tradiciones musical judías sin imitarlas y para componer contextos sinfónicos importantes.

El primero de los cuatro movimientos del concierto, compuesto en 1948, comienza (Adagio) con un solo muy melancólico, meditativo, doloroso, como la plegaria del kadish hebreo, que se expande maravillosamente y se ilumina como en una evocación final. La música va despegando gradualmente, para caer después en una especie de desaliento infinito. Gabetta transmitió una profunda y sentida vibración desde el comienzo de la cantilena que prendió de manera instantánea con su estilo propio e inconfundible para continuar el proceso posterior de la composición.

Los movimientos intermedios demandan más caracterización y sentido del color, así como gran virtuosismo, del que la violochelista dió muestras con gran intensidad rítmica y energía. La orquesta, curiosamente privada de oboes y fagotes, pero con un trombón bajo, subrayó el lado inquietante de la obra. El segundo movimiento (Moderato - Lento), vehemente y furioso, dio paso a un Allegro – Cadenza llevado por una falsa euforia, rayana en la locura. Las notas altas y extremas del violonchelo hablaban por sí mismas de toda la amargura que puso Weinberg en esta música. Mientras, la orquesta martillaba a la manera de Béla Bartók; la Cadenza abría un nuevo espacio para la meditación antes del trepidante Allegro – Adagio – Meno Mosso, tan obsesivo como uno de Shostakóvich.

Franck dirigió al colectivo musical con mucha prolijidad y atención, poniendo extremo cuidado en que el acompañamiento resultara enhiesto, pero delicado. El entendimiento fue completo y por partida triple, entre Gabetta, el director finlandés y la primera violinista Hélène Collerette. Tras este desempeño impresionante, los efusivos aplausos no se hicieron esperar, y la violonchelista los agradeció con una dulce sonrisa, un gesto de humildad y con un bis romantiquísimo y susurrado , el Dolcíssimo Pianissimo de Gramata Cellam, (El libro), del compositor letón Pēteris Vasks (1946), para violonchelo y voz, ejecutado con enorme entrega y ternura.

El resto del programa, sin excepción, fue asimismo muy gratificante, una joya. La orquesta abrió con El aprendiz de brujo, de Paul Dukas, siguió con Weinberg, como mencionábamos, antes de pasar a Muerte y transfiguración, de Richard Strauss, para concluir con La Valse, de Maurice Ravel. A Mikko Franck no le gustan ni las orgías musicales ni los aparatosos éxtasis orquestales. Bajo su batuta, la legendaria Orchestre Philharmonique de Radio France, fundada en 1937, suena animada, estimulante, nunca lenta ni pesada, y este concierto fue una feliz conjunción de la exquisitez francesa con el encanto finlandés. A las efusivas ovaciones de la platea, siguió el cálido Prelude, del compositor finlandés Heino Kaski (1885-1957), al término de un concierto memorable.

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