Discos

El Mahler más feroz

Paco Yáñez

lunes, 11 de febrero de 2019
Gustav Mahler: 10 sinfonías; Das Lied von der Erde; Des Knaben Wunderhorn; Lieder eines fahrenden Gesellen; Rückert-Lieder; Kindertotenlieder. Juliane Banse, Christiane Boesiger, Alessandra Marc, Christine Whittlesey y Margaret Jane Wray, sopranos. Christiane Iven, mezzosoprano. Eugenie Grunewald, Cornelia Kallisch, Elisabeth Kulman y Dagmar Pecková, contraltos. Siegfried Jerusalem y Glenn Winslade, tenores. Peter Mattei, Anthony Michaels-Moore y Hanno Müller-Brachmann, barítonos. Peter Lika, bajo. Aurelius Sängerknaben Calw. Freiburger Domsingknaben. EuropaChorAkademie. SWR Sinfonieorchester Baden-Baden und Freiburg. Michael Gielen, director. Sören Meyer-Eller, productor ejecutivo. Klaus-Dieter Hesse, Ute Hesse, Norbert Klövekorn, Wolfgang Rein, Norbert Vossen y Frank Wild, ingenieros de sonido. 17 CDs y un DVD DDD de 994 minutos de duración grabados en Baden-Baden, Coblenza, Friburgo, Karlsruhe (Alemania) y Las Palmas de Gran Canaria (España), de 1988 a 2014. SWR Music SWR19042CD. 

Regresamos, una vez más, a la Michael Gielen Edition que la SWR alemana está dedicando a quien es uno de los decanos de la dirección europea (si bien desde febrero de 2014 retirado de los escenarios), además de uno de los adalides de la música del siglo XX: un siglo del que Gustav Mahler (Kaliště, 1860 - Viena, 1911) conforma una de sus principales puertas de acceso; de ahí que, con especial convicción, Michael Gielen se empeñase en mostrar la modernidad del compositor bohemio y su crucial influencia en el desarrollo de la Segunda Escuela de Viena, algunos de cuyos postulados melódicos, armónicos y tímbricos Gielen anticipa en unas lecturas mahlerianas al frente de la SWR Sinfonieorchester Baden-Baden und Freiburg de una muy acerada tensión, en el que es uno de ciclos más musculosos y potentes de cuantos comprende la ya prolija discografía de Gustav Mahler. 

Es éste un ciclo que ya conocíamos en ediciones previas publicadas por el sello Hänssler, si bien ahora la SWR lo presenta bajo su propia etiqueta, con una más generosa cantidad de registros, pues se incluyen en este cofre de diecisiete compactos y un DVD, además de las diez sinfonías, las canciones -excepto Das Klagende Lied (1878-80)- y una edición audiovisual de la Sinfonía Nº9 grabada en vivo el 30 de junio del 2003. Una magna edición, por tanto, que se sitúa entre las más completas hoy en día disponibles en el mercado en lo que a integrales sinfónico-liederísticas de Gustav Mahler se refiere (con una sola batuta al frente); una integral de la que en esta reseña daremos unas cuantas pinceladas para intentar trazar el esbozo general de un Mahler aquí marcado por sus contrastes, su vehemencia, su modernidad y su transparencia. Acercamiento, así pues, rotundo y sin ambages al que -preguntado por ello en 1969- decía Michael Gielen era su compositor favorito: un Gustav Mahler cuya última grabación en manos del propio Gielen se remonta al 21 de agosto de 2013, con la SWR Sinfonieorchester tocando la Sexta sinfonía en el Festival de Salzburgo. Vayamos, así pues, con estas breves pinceladas al Mahler de Michael Gielen. 

Sinfonía Nº1 (1884-88, rev. 1896). Grabada en junio de 2002, fue éste, precisamente, el primer acercamiento a una sinfonía que no era del agrado de Michael Gielen; especialmente, por su cuarto movimiento. Sin embargo, coincidiendo con las celebraciones por su septuagésimo quinto aniversario, el director austriaco la programó en concierto con la SWR, llevándola ese mismo mes al disco, con unos resultados algo irregulares que mostraban esa falta de sintonía con la obra. Ello no quita el que su comienzo resulte muy bien trabajado, misterioso y lento, algo que reaparecerá en todos los pasajes en suspensión. Más ágil se muestra Gielen en los temas cantados desde la naturaleza: bien fraseados y hasta líricos en las maderas. Estos contrastes, unidos a unas fanfarrias de metales muy poderosas, crean una prolija descripción de universos en un 'Langsam, schleppend' enfocado desde el Mahler que sería en sus últimas páginas. En el segundo movimiento, y aunque los temas líricos podrían ser más delicados y bailables, la conducción en lo más enérgico es muy incisiva, con un final arrebatador: pura adrenalina. El tercer movimiento se presenta rápido en su arranque, con una sobresaliente expansión del canon a la orquesta, muy misterioso y contrapuntístico. Predomina lo estructural y la claridad; si bien el humor mahleriano no hace acto de presencia, integrando las (auto)citas de forma más indiferenciada que otros directores que, como Riccardo Chailly, confieren a los fragmentos liederísticos un sentido más realzado y cantabile. Lo mismo sucede con el tema klezmer, apenas danzado y poco marcado, un tanto pasado por alto en un movimiento, aquí, irregular. El 'Stürmisch bewegt' comienza, como era de esperar, de forma brutal, con unos metales de órdago, si bien Gielen no crea la profusión de ambientes a lo largo de este gran fresco (con el que tan poco empatizaba) que pueden deparar los Jascha Horenstein (Unicorn-Kanchana), Carlo Maria Giulini (EMI y Testament), o Riccardo Chailly (Decca y Accentus). De este modo, lo más aristado y explosivo suena impresionante; si bien lo más romántico y las transiciones resultan algo desdibujadas, yendo la sinfonía, en su conjunto, de más a menos, sin que conforme uno de los atractivos de este ciclo. 

Sinfonía Nº2 "Auferstehung" (1888-94). Grabada en junio de 1996, volvemos a encontrarnos con una mirada a estas piezas tempranas cual si del Mahler tardío se tratase. De este modo, escuchamos una Segunda abrupta y muy contrastada en su primer movimiento, con unas resonancias en la percusión que pocas veces han sido expuestas de forma tan sepulcral y amenazadora, así como las fanfarrias en los metales: en el límite de la disonancia. Mientras, los pasajes más líricos decaen en su cantabile y fraseo, no siendo estos los compases más afines al director, algo que se comprueba en un segundo movimiento transparente y enérgico, con una sección de cuerda muy poderosa y timbrada, pero carente de candor y refinamiento. El soberbio 'In ruhig fließender Bewegung' conoce, sin duda, versiones más logradas, como las de Riccardo Chailly (Decca y Accentus), siendo leído aquí por Gielen algo de corrido. Mientras, el 'Urlicht' convence más: recogido, sereno, espiritual y con una gran Cornelia Kallisch en la voz de contralto. Concluye esta sinfonía con ese magno friso del juicio final y la resurrección, en manos de Michael Gielen muy realzado en planos y relieves, aunque el fraseo no es lo delicado que precisan los compases más recogidos. Ahora bien, los grandes crescendi en metal y percusión suenan arrolladores, anticipando lo más furibundo de la Segunda Escuela de Viena. También una oscuridad especialmente grave es desgranada por el coro, muy hondo en sus voces masculinas, en línea con una soberbia contralto. La resurrección final, por su arrojo y vehemencia, es la de un auténtico Übermensch, con un enfoque que Gielen enfatiza en lo germánico. El gran coro final resulta acongojante en su entrada, muy graduada dinámicamente y de una total transparencia, encaminado hacia un clímax golpeado con furia, pero no mayestático: más como un triunfo del yo que como un ejercicio de fe. 

Sinfonía Nº3 (1893-96; rev. 1906). Grabada en vivo el 1 de febrero de 1997, estamos ante una lectura de primer orden, más redonda en su conjunto que las dos anteriores, comenzando por un 'Kräftig. Entschieden' esplendoroso: uno de los más largos (35:28 minutos) y titánicos de la discografía. La SWR Sinfonieorchester está, en este primer movimiento, de exhibición, con unos metales impresionantes que se convierten en los grandes protagonistas, por su moderna expresividad y sus timbres tan apropiados. Disfrutamos esta interpretación, además, en una grabación ejemplar que dibuja cada instrumento en el espacio con total precisión, lo que ayuda a comprender los planos y la tectónica de placas que mueve el tan volcánico 'Kräftig'. Del mismo modo, la percusión rinde a una enorme altura, creando capas y espacios resonantes de gran densidad. Sin duda: uno de los puntos álgidos de esta integral. Segundo y tercer movimiento son expuestos por las maderas de la SWR con enorme virtuosismo y vivacidad, muy bien acompañados por la cuerda. Podríamos decir que todo está en su punto entre el candor y la voracidad de la naturaleza, con su polifonía de voces. Ligeros cambios de tempi en el segundo movimiento le confieren agilidad y nuevas perspectivas a la batuta de Gielen; mientras que en el tercero, destaca lo silvestre, con un toque rústico, especialmente en cuerda y maderas. Los pasajes más nocturnales y suspendidos lo hacen de un modo agudizado, con gran gravedad y un Frank Pulcini en el posthorn estupendo. En este encuentro de lo mistérico y lo banal, Gielen se apunta a lo primero, paladeando con lentitud este recorrido por el bosque hasta un tutti final muy orgánico, rubricado por unos metales que nos remiten, con su excelencia, al 'Kräftig' inicial. Cuarto y quinto movimiento bajan un poco el nivel, con una Cornelia Kallisch simplemente correcta, algo aguda su voz si pensamos en lecciones magistrales como la de Jessye Norman en su registro de 1982 con Claudio Abbado (DG). Tampoco los Freiburger Domsingknaben son los Wiener Sängerknaben del milanés, por lo que, vocalmente, la versión decae en estos dos movimientos. En cuanto al glissando de oboe en el 'Sehr langsam', Gielen ya lo incorporaba en 1997 para dar voz al ave de la noche. Por último, un 'Langsam. Ruhevoll. Empfunden' magistral, empezando por un tempo demorado que le da la calidez necesaria a este movimiento, yéndose a los 24:27 minutos de duración. Soberbia, la cuerda de la SWR, tanto en arcos como en expresividad, con una dulzura que se hace hasta extraña a un director como Gielen, desgranando un cantabile a lo Abbado (1982) y una profesión de fe en el amor que nos deja un sabor de boca gratísimo en un registro de la Tercera, sin duda, entre los grandes de esta sinfonía, con el mérito añadido de ser una toma en directo y de plantearla con unos tempi bastante lentos, paladeando cada detalle de los muchos que encierra esta inmensa cosmovisión mahleriana. 

Sinfonía Nº4 (1899-1901, rev. 1902-10). Grabada en 1988, es éste uno de los puntos bajos del ciclo, sin acabar de conectar Michael Gielen con el espíritu de la obra. Así, el primer movimiento suena lánguido en exceso y muy vienés, por lo estirado, pero sin los dejes rústicos del mismo, faltándole, en general, gracia, rubato y juego. Ni estamos ante una versión tan perfecta como las de George Szell (Sony) y Esa-Pekka Salonen (Sony), ni ante un juego de color y preciosismo tan cálido como los de Riccardo Chailly (Decca y Accentus). El segundo movimiento corre por idénticos derroteros: frío, robótico y sin calor, faltando el maravilloso cantabile de un Chailly con la Concertgebouworkest, así como la tan medida presencia de solistas de la orquesta holandesa. Más convence el 'Ruhevoll', especialmente su comienzo y su final, por el exquisito trabajo de la cuerda: tan bien fraseada y construida armónicamente, en línea con lo escuchado en el final de la Tercera. Sin embargo, los sucesivos clímax vuelven a mostrar defectos estructurales, resultando encorsetados, como los dos primeros movimientos. El cuarto es el más convincente y moderno; si bien la voz de Christine Whittlesey, soprano que pretende dar un toque juvenil acorde con el texto de la obra, por momentos resulta un tanto agresiva por aguda, completando una lectura poco afortunada. 

Sinfonía Nº5 (1901-02). Grabada en el año 2003, nos encontramos, como en el caso de la Tercera, ante otra de las grandes versiones de este ciclo, con una Quinta muy moderna y musculosa a pesar de un comienzo lúgubre y pesimista en una 'Trauermarsch' señaladamente fúnebre en la que priman las primeras voces en cada tema, sin llegar al trabajo orquestal tan refinado de la que me parece mejor grabación de esta sinfonía, la de Riccardo Chailly para la Decca. Gran trompeta, en este primer movimiento, y una interpretación que irá ganando enteros, con un 'Stürmisch bewegt' soberbio, entre los mejores de la discografía: pleno de violencia, precisión, modernidad y trabajo de planos orquestales, para conformar todo un grito expresionista: impactante. Como el segundo movimiento, el 'Scherzo' es también de tronío en esta versión, extremadamente acerado y con asomos muy medidos tanto de los bailes populares como del vals, entrevistos de forma sarcástica para dar preferencia al yo, al «hombre en la plenitud de la claridad meridiana, en el punto culminante da su vida» (tal y como Mahler decía a Natalie Bauer-Lechner en 1901). Ello depara una orquesta vigorosa, con una visión muy masculina del propio Mahler. Quizás es por ese enfoque -tan gieleniano-, por lo que el delicioso 'Adagietto' rehúye cualquier sensiblería, yendo directo al grano con un tempo ligero sólo en su comienzo, pues a medida que se desarrolla, se irá ralentizando, así como insuflándole Gielen vigor y rangos dinámicos. Al contrario de lo que sucedía en el 'Scherzo', en el que la orquesta primaba sobremanera por encima del solista de trompa, en el 'Adagietto' casi pareciera que estuviésemos ante un concierto para arpa y cuerda, enfatizando lo camerístico y dejando detalles pocas veces así escuchados, como ese glissando en el minuto 5:42 que parece un verdadero gemido -sea de éxtasis sexual o de melancolía-. Grandes contrabajos, como en la mayor parte de las sinfonías, que dejan un final de 'Adagietto' de gran plenitud, profundidad armónica y modernidad. La transición hacia el 'Rondo-Finale' resulta muy curiosa por cómo la SWR estira las frases de los primeros atriles, cual si alargase el halo del 'Adagietto', en otro detalle que confiere personalidad a esta enorme Quinta. Todo el 'Rondo-Finale' está soberbiamente expuesto, en un movimiento en el que tan fácil es caer en la charanga. SWR y Michael Gielen muestran una certera comprensión de su modernidad estructural, dotando a las fugas y corales de una riqueza tímbrica portentosa, enfatizando lo ambicioso de su construcción, siempre con el vigor y la testosterona que caracterizan al Mahler del director austriaco. Gran versión, por tanto, entre las señeras de la discografía, dibujando todo un trazo desde la oscuridad de lo fúnebre hasta una total afirmación de la vida. 

Sinfonía Nº6 (1903-1904, rev. 1905). Grabada en 1999, estamos ante una lectura muy sombría, si bien esta Sexta no alzará tanto el vuelo como la Quinta, permaneciendo en tierra de penumbra. Así, la marcha inicial se presenta en un tempo medio-lento; nada que ver, por tanto, con los expeditivos Bernstein (DG) y Currentzis (Sony). También la reexposición lo será, aunque los sucesivos desarrollos y clímax sonarán acerados e impetuosos, como el tema de Alma: en esta versión, más masculina y dominante que nunca. En conjunto, estamos ante una lectura que anticipa a Alban Berg por su expresionismo crepuscular y violento. Destacar, en el primer movimiento, a los metales y a las percusiones de la SWR, con su contundencia implacable, redondeando un 'Allegro energico ma non troppo' verdaderamente trágico. Afortunadamente, Gielen optó en 1999 por el orden 'Scherzo' - 'Andante', si bien el segundo movimiento suena un tanto desangelado y romo en comparación con algunas de las grandes lecturas de este 'Scherzo', como las dos antes citadas o las de Riccardo Chailly (Decca) y John Barbirolli (EMI). Desde un trazo inicial algo grueso, esta lectura va ganando en sentido, alcanzando, al final, un nivel muy notable, apoyada esta versión en un enfoque más camerístico en el que destaca el juego de solistas de la SWR, con un timbal excelso al marcar los irregulares pulsos rítmicos del 'Scherzo'. El 'Andante' no resulta tan novedoso ni tan interesante como el 'Adagietto' de la Quinta, y acaba siendo pasado un poco de largo, echándose de menos, además, las sonoridades de unos cencerros prácticamente inaudibles. No contemplamos, por tanto, al héroe en la cumbre de su existencia; si acaso, en una ruta de senderismo a la que le queda bastante para llegar a la cumbre discográfica de este movimiento: Riccardo Chailly (Decca). Mejora la cosa en un 'Finale' enfocado, como el 'Allegro energico ma non troppo', con un carácter pre-bergiano, algo para lo cual metales y percusión vuelven a ser cruciales; de ahí, que los dos golpes de martillo sean tremendos, como demoledor es el golpeo final (sin martillo), refrendando una lectura del movimiento conclusivo especialmente lograda en sus clímax, si bien en los desarrollos podría resultar más precisa y enfática. Así pues, una notable Sexta, pero que no alcanza lo logrado por Gielen en las sinfonías Tercera y Quinta

Sinfonía Nº7 (1904-05). Grabada en 1993, es ésta una interpretación sobresaliente y de una pieza de principio a fin, idónea para una partitura tan moderna como en su momento lo fue este Lied der Nacht. Tanto por estructuras como por planos, fraseo, sentido camerístico y cortante ataque de la SWR, la Séptima encuentra en Gielen a un traductor idóneo, ya sea en lo más visionario de la sinfonía, ya en sus ecos de la naturaleza, incluidos efectos aquí sí audibles (más que en la Sexta) como los de los cencerros en el segundo movimiento. Por supuesto, en una pieza tan compleja se pueden echar de menos los hallazgos de otras lecturas: el carácter tan expresionista del 'Langsam' en un Daniel Barenboim (Warner) que en este primer movimiento me parece fascinante; el mimo, la lentitud y lo alucinatorio de ambos 'Nachtmusik' en la elefantiásica y personalísima versión de Otto Klemperer (EMI); la perfección técnica y el sentido de danza diabólica del 'Schattenhaft' en la lectura de Riccardo Chailly con la Concertgebouworkest para la Decca; o el abrumador triunfo del 'Rondo finale' también en manos de Chailly, si bien aquí en su apoteósica rúbrica a la Séptima con la Gewandhaus en DVD/BD para el sello Accentus. Es este último un movimiento difícil de manejar sin caer en el efectismo. Michael Gielen quizás sea consciente de ello, y lo conduce de menos a más, firmando una versión entre las grandes, ya no sólo de este ciclo, sino de la discografía de la Séptima

Sinfonía Nº8 (1906). Grabada en 1998, aunque no estamos ante el Mahler más afín a Michael Gielen (director que manifestaba sus preferencias por sinfonías como la Sexta, la Séptima o la Novena), cierto es que -como él mismo afirmaba- se dejaba arrastrar por este vasto torrente musical en el que el director austriaco convence más en la segunda parte de la obra, pues la primera no alcanza la pujanza de otras lecturas clásicas, como las de Georg Solti (Decca) o Leonard Bernstein (DG). Cierto es, también, que en esta versión Gielen no dispone de los solistas y los coros que manejan Solti y Bernstein, algo que lastra el vuelo de esta lectura en potencia y efusividad (aunque alguna de las sopranos deja momentos deslumbrantes en la primera parte). En todo caso, Michael Gielen, director acostumbrado a lidiar con las intrincadas complejidades vocal-orquestales de los Arnold Schönberg, Alban Berg o Bernd Alois Zimmermann, es capaz de desentrañar la abigarrada estructura de la Octava con primor, por lo que, pese a no ser tan romántica e inflamada como otras versiones, su primera parte se hace muy agradable por su claridad, aunque no nos abrume. Más lograda me parece la segunda parte, en una línea de depuración, transparencia y enfoque -aunque pueda parecer extraño a tamaña sinfonía- camerístico que Gielen comparte con lecturas de la Otcava como las de Riccardo Chailly (Muziekgroep Nederland y Decca) y Pierre Boulez (DG). Tanto el comienzo como el coro final son atacados con gran lentitud y espiritualidad, rehuyendo lo operístico para comprender esta sinfonía como toda una acción de gracias, más cercana al oratorio. Entre los aciertos de esta versión, la belleza de su preludio tan denso y bien puntuado por los contrabajos, así como el equilibrio general en todo su desarrollo, dejándonos una de las versiones en las que más detalles se distinguen. De ahí viene la belleza de esta grabación, que radiografía la partitura, como escuchamos en la transición orquestal hacia el coro final: de unas texturas orquestales tan refinadas y nítidas que uno preferiría que no se terminasen nunca, aunque la tan paladeada entrada coral también resulta una delicia que, aunque no desencadene un clímax tan rotundo como en otras versiones, rubrica una Octava intelectualizada, personal y muy interesante. 

Sinfonía Nº9 (1909-10; rev. 1911). De la Novena se recogen en este cofre dos versiones, ambas registradas en el año 2003. En primer lugar, la ya conocida por su edición previa en Hänssler, la grabada en estudio del 27 de junio al 4 de julio. Es ésta una de las grandes lecturas de la obra, plena de modernidad y tensión. Si, como decía Alban Berg, la Novena está transida de «signos precursores de la muerte», en esta grabación gieleniana estos se aceran al máximo en cada uno de los clímax de un 'Andante comodo' de una ferocidad como pocas lecturas muestran, por lo que se entronca con directores -en este sentido- como John Barbirolli (EMI) o Leonard Bernstein (DG), ambos al frente de la Berliner Philharmoniker: dos versiones acongojantes que, como la de Gielen, explotan la partitura en sus expresiones más disonantes y modernas, sin dejarnos apenas respirar por su tensión. Lo mismo sucede en los movimientos centrales, aunque Gielen no resulte tan aristado y frenético como la arrebatadora grabación de Bernstein en 1979 (en mi opinión, la más rotunda Novena de la discografía). Eso sí, en una partitura tan compleja, con tal frenesí rítmico y alternancia de voces principales como ésta, cualquier (gran) interpretación es bienvenida; máxime, una de este calibre, que en los aparentemente banales temas de segundo y tercer movimiento es capaz de crear toda una danza diabólica exquisita, con unos metales que parecen remedar los del apocalipsis. Quizás el 'Adagio' pudiese ser algo más cálido en su cuerda, pues cierto es que aquí las referencias nos llevan a orquestas de primerísimo nivel al respecto, como la ya citada Berliner Philharmoniker, con Barbirolli y Bernstein; Wiener Philharmoniker, con Bruno Walter (Naxos); Chicago Symphony Orchestra, con Carlo Maria Giulini (DG); New Philharmonia Orchestra, con Otto Klemperer (EMI); o la soberbia grabación de la Concertgebouworkest con Riccardo Chailly (Decca). Curiosamente, ese 'Adagio' final encuentra algo más de lirismo y emotividad en el DVD, con la grabación de la Novena a cargo de la SWR y Michael Gielen el 30 de junio de 2003; es decir, en pleno proceso del registro de la obra de estudio. Es una toma en vivo que se publica por primera vez (en DVD, con ratio de imagen 16:9, región 0 y formato NTSC, para una calidad de imagen correcta, de tipo televisivo) y que muestra las señas de identidad que ya hemos comentado con respecto a la Novena del ciclo, aunque en sus tres primeros movimientos la grabación en estudio sea más precisa, acongojante y con mejor sonido que ésta en concierto. En todo caso, siempre se agradece el ver en imagen a la SWR, una orquesta a la que los amantes de la música del siglo XX tanto debemos. Sorprende, eso sí, la circunspección de sus músicos, incluso en los momentos más violentos y atronadores de la lectura, por lo que habría que decir aquello de que la modernidad iba por dentro. Dos documentos, toma en estudio y grabación en vivo, para disfrutar en profundidad. 

La Sinfonía Nº10 (1910) nos ofrece otro buen ejemplo de la exhaustividad que esta edición pretende, al incluir la grabación del año 1989 del 'Adagio' (en la edición Ratz), así como la Décima al completo en el registro realizado por la SWR Sinfonieorchester en marzo de 2005, utilizando para ello la edición Deryck Cooke. La versión Cooke conoce aquí, junto con la de Riccardo Chailly para la Decca, una de sus grabaciones de referencia, tan feroz como la Novena, a partir de la cual Gielen comprende esta sinfonía postrera. Ya el primer movimiento es de una intensidad formidable (mayor que la del 'Adagio' de la Novena), desgarradora, como su gran clúster: de una disonancia estirada al extremo, rompiendo el cromatismo y recibiendo, por medio de la trompeta, toda una cuchillada en un acorde cuyos armónicos parecen oscilar cual anticipando la música electrónica. En una sinfonía que comprende elementos programáticos (como ese golpe de tambor en el 'Finale'), la intensidad y el prolongado ataque de la trompeta tras el clúster parece el estilete que en 1910 rasgaba el corazón del propio Mahler: la infidelidad de Alma con Walter Gropius; pocas versiones lo expresan con tan penetrante dolor. El 'Scherzo' es otro de los logros de esta grabación, de un expresionismo acongojante y violento, con un juego de maderas y metales ya lindando lo que Alban Berg llevaría a cabo en sus páginas orquestales: arrebatador y de una dureza emocional extrema. El 'Purgatorio' es también soberbio, muy en línea con el segundo movimiento, jugando Gielen con su orquesta cual prestidigitador, algo que extrapola a un segundo 'Scherzo' muy oscuro que retoma el desasosiego emocional del clúster del 'Adagio', por lo que la lectura biográfica se vuelve a imponer. Quizás los elementos bailables, la danza con el diablo que aquí se desarrolla, estén más logrados en Chailly, si bien en músculo y contundencia es más despiadada la SWR. También lo será la transición hacia el 'Finale', con un golpe de tambor más concentrado y seco, donde Chailly suena más expandido y sinfónico. Las resonancias del metal, que prácticamente armonizan en su grave en re menor a dicho golpeo conducido cual cortejo fúnebre, adquieren en la SWR un sentido más mortuorio, como si de unas fanfarrias espectrales se tratase. Mientras, el solo de flauta que expone el tema de amor me ha parecido en esta versión seco en demasía, carente de lirismo y calor; muy por debajo del flautista de la RSO Berlin en la versión de Chailly, dando lugar a unos compases un tanto desangelados a los que les costará remontar el vuelo, si bien lo harán por medio de la modulación del tema de la flauta en la trompeta y de la reaparición del aterrador y disonante clúster del 'Adagio', que nos devuelve lo mejor de esta versión: su tensión armónica, su desgarro y su modernidad, poniendo en escena nuevamente ese motivo de trompeta-estilete, por lo que este instrumento muestra, en apenas unos compases, ambas caras del drama mahleriano. El desarrollo de las alternancias de ambiente hacia la reaparición del tema de flauta en las cuerdas está notablemente conducido, si bien con mayor parquedad, echándose de menos el cantabile y el lirismo de Riccardo Chailly, eclosionando la cuerda en su radiante fa sostenido mayor de forma muy plena, pero más aguerrida y punzante, dejándonos Chailly un Mahler más meridional y efusivo. Por su mayor ascetismo, así como por el tempo que Gielen aquí imprime, se hacen evidentes los vínculos con el 'Adagietto' de la Quinta sinfonía (tal y como la SWR lo había tocado), lo cual compacta dos temas de cuerda que, sin duda, tienen a Alma como protagonista y dedicataria en dos momentos tan distintos de la vida del compositor y con significados tan dispares. Sobresaliente Décima, por tanto, entre lo mejor de este ciclo. 

Pasando a los compactos liederísticos, el decimoquinto disco comienza con una versión poco afortunada de los Lieder eines fahrenden Gesellen (1884-85, rev. 1891-96). Grabados en vivo el 24 de enero de 2014 con Peter Mattei como barítono, nos encontramos con un Gielen un tanto alicaído, resultando la versión poco precisa y lejos de la pujanza que mostraba su ciclo sinfónico. Por lo que a Mattei se refiere, el sueco se empeña en remedar el canto de Dietrich Fischer-Dieskau de un modo tan epigonal, que pierde cualquier personalidad; además de no alcanzar las hazañas vocales del barítono berlinés, por lo que estos Lieder eines fahrenden Gesellen quedan muy lejos de referencias como las del propio Dieskau con Wilhelm Furtwängler (EMI), Janet Baker con John Barbirolli (EMI), o Thomas Hampson con Leonard Bernstein (DG). Grabados en 1998, los Kindertotenlieder (1901-04) en la voz de la contralto (aquí, en realidad, mezzo) Cornelia Kallisch son su mejor aportación a esta edición, junto con su participación en la Segunda sinfonía (mientras que, como veremos, su Das Lied von der Erde cae muchos enteros). Este tipo de páginas tan delicadas no son, ni mucho menos, las que mejor casan con el espíritu de Michael Gielen, si bien los Kindertotenlieder aún le resultan más cercanos por su obscuridad y sombría pátina, desgranándolos en un tempo lento que ayuda a reforzar el clima apesadumbrado de los mismos. Sin embargo, y aunque estemos a un nivel mucho mejor que el de los Lieder eines fahrenden Gesellen, para llegar a las cumbres discográficas seguiremos teniendo que recurrir a los Janet Baker y John Barbirolli (EMI), Thomas Hampson y Leonard Bernstein (DG), así como, muy especialmente, a ese milagro mahleriano acontecido el 30 de junio de 1983 con Brigitte Fassbaender y Sergiu Celibidache como protagonistas (Münchner Philharmoniker Archive). Cierran este decimoquinto disco los cinco Rückertlieder (1901-02). Grabados en el año 2012 con Elisabeth Kulman como mezzosoprano, tampoco es la más feliz versión de esta edición, sin que convenza la voz: apartado que lastra no pocas versiones en este cofre, como veremos en los dos siguientes discos. Como en los anteriores lieder, habremos de irnos a Janet Baker y John Barbirolli (EMI), o a Thomas Hampson y Leonard Bernstein (DG) para alcanzar cotas más solemnes en canciones como 'Un Mitternacht'; o más intimistas, en el bellísimo 'Ich bin der Welt abhanden Gekommen'. 

El decimocuarto compacto presenta los 14 Gesänge aus Des Knaben Wunderhorn grabados por Gielen en los años 2009 y 2011, incluyendo registros efectuados en el Auditorio Alfredo Kraus de Gran Canaria. Con Christiane Iven como soprano y Hanno Müller-Brachmann como barítono, rinde a mucho mejor nivel este último, arropado por una SWR que en las partes masculinas de estos lieder se encuentra como pez en el agua; mientras que en las femeninas le faltará mucha delicadeza y lirismo, algo que afecta a canciones como 'Wer hat dies Liedlein erdacht?' (robótica en fraseo, aunque sólida rítmicamente), 'Das irdische Leben', o 'Verlorne Müh'!'. Por lo que a las canciones llevadas a las sinfonías se refiere, me ha gustado más 'Das himmlische Leben' en esta versión que en la Cuarta sinfonía, aunque la SWR no esté tan moderna, pero la voz mejora muchos enteros. Mientras, 'Urlicht' no me ha convencido nada por la voz; de forma que, aunque tampoco lograda plenamente en la Tercera sinfonía, me quedo con lo escuchado en el ciclo sinfónico. Entre lo mejor, canciones como 'Der Schildwache Nachtlied' (siempre optando Gielen -con acierto- por las versiones con dueto vocal), tan lenta (6:38 minutos) y bien modulada en ambientes, con unos ritardandi muy expresivos en los que destaca la voz de Hanno Müller-Brachmann; 'Des Antonius von Padua Fischpredigt', con un punto humorístico fantástico en la voz, plena de sarcasmo, incluso mejor que la orquesta (que, como en la Segunda sinfonía, no acaba de convencer del todo en este pasaje); 'Revelge', con un ritmo marcado, rotundo y marcial, dando pie a una lectura enérgica e incisiva: epítome del Mahler de Michael Gielen; o un 'Der Tamboursg'sell' expansivo en tempo y espectral, muy siniestro y enfático en maderas, metal grave y percusión. En todo caso, para ciclos más redondos, nos iremos a los dirigidos por George Szell (EMI) y Riccardo Chailly (Decca). Como décimo corte de este decimocuarto disco se incluye Blumine, fragmento originalmente emplazado por Mahler en su Primera sinfonía; de ahí, lo extraño de que no se haya incluido (aunque fuese después de la sinfonía) en el primer disco de la edición, como si quisiesen apartar casi lo más posible este movimiento de la original Titan. Grabada en 2009, estamos ante una lectura abordada -ahí sí hay coherencia al incluirla en este disco- cual si de un Des Knaben Wunderhorn se tratase, por lo expansivo, teatralizado y contrapuntístico. Nada de preciosismo, aquí, en una página tan poco del estilo de Gielen, si bien hay que reconocer que se trata de una versión muy personal, totalmente construida desde la trompeta, cual concierto y estudio de la armonización. 

Cierra esta tan completa y exhaustiva edición el decimoséptimo compacto con un experimento un tanto fallido, puesto que la versión que aquí escuchamos de Das Lied von der Erde (1908-09) podemos entenderla, en realidad, como dos interpretaciones distintas acopladas en estudio, ya que los movimientos impares fueron registrados en 1992, con Siegfried Jerusalem como tenor; mientras que los pares, en 2001, con Cornelia Kallisch como mezzosoprano: el punto más bajo de esta lectura en dos partes. Hasta el sonido desunifica el compacto, siendo, curiosamente, más agradecido el registro más antiguo: el de 1992, frente a una toma en 2001 con un ruido de fondo algo molesto y mayor opacidad. Así pues, dos Canciones de la Tierra, de entre las cuales brilla la primera de ellas, con un estupendo Jerusalem, tanto por plenitud y técnica vocal como por expresividad. Hasta la SWR Sinfonieorchester parece contagiarse del mayor nivel del tenor, siendo las canciones impares las más sólidas, directas y de una pieza. Por lo que a los números pares se refiere, cuentan con el lastre de una Cornelia Kallisch que intenta dar un cuerpo de contralto a su canto, siendo incapaz de abismarse hasta los registros de una Kathleen Ferrier, por lo que su participación resulta descafeinada y fuera de punto en sus tres movimientos, con muy contadas excepciones. La SWR tampoco está afortunada en las piezas con voz femenina, faltándole fragancias y delicadeza en 'Der Einsame im Herbst' y en 'Von der Schönheit' (eso sí: qué caballería, la de los teutones en este número), así como mayor unidad y sentido en 'Der Abschied'. En la despedida, la orquesta alemana ofrece unos timbres en maderas graves y percusión grave resonante (como la del tam-tam) muy atractivos y densos, pero lo camerístico no acaba de alzar el vuelo a lo largo de toda la pieza; incluso el gran interludio orquestal (uno de los logros del Mahler tardío) resulta abrupto y desigual, como 'Der Abschied' en su conjunto. De este modo, y aunque los números impares se disfruten notablemente, no entra esta (doble) versión en el ramillete de (mis) referencias para Das Lied von der Erde, las de los Bruno Walter (Decca), Leonard Bernstein (Decca/DG), Otto Klemperer (EMI), Jascha Horenstein (Music & Arts) y Carlo Maria Giulini (DG). 

Por lo que a las tomas de sonido se refiere, dada la variedad de registros aquí escuchada, incluyendo (mayoritariamente) grabaciones en estudio y algún puntual concierto en vivo, éstas son desiguales, aunque prima la calidad, excepto algún pinchazo como el antes referido en las partes con mezzosoprano de Das Lied von der Erde. La edición incluye un grandísimo libreto bilingüe (alemán e inglés) de 151 páginas completísimas en cuanto a datos de cada registro aquí escuchado. Se incluye, además, una introducción a la Michael Gielen Edition, una cronología del director en sus propias palabras (interesantísima), los textos completos de las obras con parte vocal, biografías de los artistas y un somero ensayo en el que se analiza cada una de las sinfonías y la relación del propio Gielen con cada partitura, ya sea en pensamiento, estilo interpretativo, o presencia a lo largo de su carrera como director: una delicia de trabajo musicológico firmado por Paul Fiebig y Rainer Peters. Todo ello conforma una integral muy interesante, con puntos interpretativamente muy destacados en las sinfonías Tercera, Quinta, Séptima, Novena y Décima: páginas en las que aún se percibe el acerado impulso que la SWR Sinfonieorchester Baden-Baden und Freiburg portaba de los años de Hans Rosbaud: una tradición de modernidad mahleriana que, como hemos visto, mantuvo viva Michael Gielen de 1986 a 1999, y que ahora, con seguridad, vivirá una nueva época de esplendor con Teodor Currentzis al frente de la (ya) SWR Symphonieorchester (tras la polémica fusión con la Radio-Sinfonieorchester Stuttgart des SWR). Esperamos, por tanto, nuevos registros mahlerianos de manos de Currentzis, así como que la SWR rescate el imprescindible Mahler de Hans Rosbaud en una edición tan bien editada como ésta: eslabones del Mahler más feroz de Europa. 

Estos compactos han sido enviados para su recensión por la SWR

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