España - Cataluña

Luces y sombras de bohemia

Meritxell Martí

viernes, 10 de mayo de 2002
Sabadell, martes, 30 de abril de 2002. Teatro Municipal de la Farándula. G. Puccini, La Bohème. Miquel Górriz, director de escena. Ramón B. Ivars, diseño de escenografía y vestuario. Nani Vallas, iluminación. Inmaculada Sampedro (Mimí), Bae Jae-Chul (Rodolfo), Assumpta Mateu (Musetta), Lluís Sintes (Marcello), Manuel Esteve (Schaunard), Celestino Varela (Colline), Josep Solé (Benoit y Alcindoro). Coro de los Amigos de la Ópera de Sabadell. Orquesta Sinfónica del Vallés. Albert Argudo, director. Ocupación. 95 %
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En la partitura se encuentra todo, menos lo esencial. Gustav Mahler habría podido tener razón, si no fuera por aquellas obras, como esta Bohème representada en La Farándula, en las que la literatura musical está tan repleta de esencia, que el riesgo que corremos si nos ceñimos a la partitura es tan insignificante, que no merece la pena considerarlo.Quiero decir que La Bohème no precisa de ornato ni de ficción. Por no necesitar, no precisa ni de obertura. Vamos directos a la acción y, muy pronto, en el clímax del acto primero, nos encontramos immersos en dos de las más conmovedoras expresiones del lenguaje operístico: 'Che gelida manina' y 'Sí, mi chiamano Mimì'. Parece como si Giacomo Puccini no hubiese podido esperar ni un instante para mostrarnos su hallazgo. Porque la música se halla: estoy cada vez más convencida de ello. La encuentra quien la compone, quien la ejecuta, quien la escucha. Quien es capaz de estremecerse con la tragedia de los amantes imposibles, 'Mimì' y 'Rodolfo', con las miserias de los artistas 'Schaunard' y 'Colline', y con el reencuentro tempestuoso de 'Marcello' y 'Musetta'.Mientras tanto, la orquesta fluye como caudal generoso y, a la vez, contenido. No se sobrepone a los actores-cantantes, pero tampoco se limita a subrayar su canto. Ejecuta las páginas de nuestro italiano con precisión, sin caer en la tentación de la vanidad ni de la timidez. Y por encima de todo, las voces de los protagonistas: un 'Schaunard' de terciopelo oscuro, una 'Mimì' cautivadora en los pianos y los graves, quizás un tanto estridente en las notas menos humanas (¿por qué esta necesidad de agudos impracticables?, me pregunto en los momentos desagradables del vibrato aterrador), una 'Musetta' ligera y deliciosa, un casi inexistente coro. Hasta aquí todo es luz, excepto el texto de la historia, inspirado en la novela de Henry Murger, que reproduce el tópico ochocentista de los amores desgraciados, de las heroínas trágicas, de la bohemia parisina, del hombre creativo y la mujer-musa inspiradora, de la enfermedad social y la del alma, de la muerte física, destino obligado para los amantes.El texto es sombra, como lo es la adaptación de esta Bohème del 2002, en Sabadell, pretendidamente extrapolable y que, desde mi perspectiva humanística y crítica personal, sólo podemos ubicar en la época en la que se gestó. Únicamente un siglo XIX obsesionado por la expresión de la individualidad, desconocedor, no obstante, de los sentimientos y necesidades auténticas de las mujeres, un siglo que aún no ha vivido una Guerra Mundial, pero que ha experimentado las revoluciones burguesas, el siglo del romanticismo, de los paisajes de David Friedrich, de la atracción por las ruinas y los abismos, sólo un siglo así puede contextualizar La Bohème. Desconstruirla para reconfigurarla en términos del mayo del 68, la sumerge en la inverosimilitud. Con todos mis respetos hacia el trabajo de Pau Monterde y su línea de renovación, no me imagino una Bohème que no esté ambientada en el mil ochocientos.Sin embargo, salgo del teatro con los ojos dilatados. No soy adicta a la ópera, pero sí a la belleza. 'Mimì' ha recibido pocos aplausos y no lo merece. El segundo acto ha sido una demostración de su fuerza dramática, hasta hacernos estremecer ante la insensatez de la vida, que la abandona. El público ha reservado la ovación más intensa para el director de orquesta, el conductor de la esencia que, al fin y al cabo, es la música y que, a pesar del claroscuro de luces y sombras de esta bohemia, nos ha sido escanciada -en desacuerdo con Gustav Mahler- en estas partituras.

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