Bajo la alfombra de Enrique Granados

59] Goyescas en París según Joaquín Nin

Maruxa Baliñas y Xoán M. Carreira

viernes, 22 de febrero de 2019
Joaquín Nin y Castellanos © Dominio público

Aunque es habitual referirse a Joaquín Nin y Castellanos (La Habana: 29 de noviembre de 1879 - 24 de diciembre de 1949) como un compositor de origen cubano, no lo es en absoluto en el caso de Enrique Granados, acaso tan cubano como él. Ambos pertenecían a familias cubanas de gran tradición militar -caballería en el caso de Joaquín Nin y Tudó e infantería en el caso del capitán Manuel Granados Espinosa, el coronel Calixto Granados y Armenteros y el comandante Calixto Granados Campiña-. Ambos, Granados y Nin, recibieron su primera formación musical en Barcelona en el tercio medio de la década de 1880 y estudiaron en París, ciudad en la cual mantuvieron una creciente actividad a partir de 1905. En ambos casos no existe prueba alguna de que hubiesen sido alumnos de Felipe Pedrell.

A pesar de esas similitudes, la vida y la carrera de ambos artistas tuvo un desarrollo bastante distinto. La figura de Enrique Granados es una creación de un cosmopolita círculo catalán de militares y comerciantes cubanos, mientras que seguimos desconociendo cual fue el caldo de cultivo social de Joaquín Nin, a quien tradicionalmente se relaciona el nacionalismo radical catalán a través de Joan Gay i Planella (1867-1926), del cual Nin fue colaborador entre 1897-1898 en la Institució Catalana de Música (1896-1900) como, probablemente, en el Orfeó Catalá de La Habana entre 1900-1903.

En cuanto a sus estudios en París, Granados se formó con Charles Wilfrid de Bériot (1833-1914) en la tradición del Conservatorio Nacional y Joaquín Nin fue alumno de piano de Moritz Moszkowski (Breslau, 1854-París, 1925) y posteriormente estudió composición con Vincent d'Indy (París: 1851-1931) en la Schola Cantorum, en la cual fue profesor entre 1905-1908 e introdujo a su pupilo Joaquín Turina (1882-1949), también alumno de piano de Moszkowski. Los alumnos de la Schola Cantorum recibían la habitual educación destinada al virtuosismo instrumental, pero también recibían una intensa formación en historia y teoría de la música, con unos programas que incluían grandes dosis de esencialismo, nacionalismo y racismo inspiradas por el corpus ideológico del Ars Gallica, una creación de D'Indy -un muy culto artista ultrarreaccionario, monárquico, hipernacionalista, antisemita y xenófobo inspirador de la Jeune École française de musique.

Joaquín Nin asumió la ideología del Ars Gallica no sólo en sus propias composiciones*, sino principalmente como articulista musical, tanto cuando hacía crítica de conciertos, como opinión, ensayo o historia de la música española. Para Nin su tarea periodística era una misión espiritual casi religiosa, y utilizaba la crítica musical como un púlpito desde el cual predicaba su ideología protofascista, amamantada en las teorías políticas y culturales de la Action Française. Desde esta perspectiva hay que interpretar su reportaje sobre el estreno parisino -el 4 de abril de 1914- de Goyescas y las Tonadillas de Granados. El artículo fue publicado en la Revista musical hispano-americana, dirigida obviamente a lectores de España, Latinoamérica y el Caribe. Resulta de enorme interés contrastar las perspectivas e intereses del artículo de Nin con las del no menos ideológico artículo de Émile Vuillermoz (1878-1960) que ya publicamos en esta serie.

Este artículo de Nin deja entrever su doble interés por abrirse un camino en España sin renunciar a su papel en la vida cultural parisina, tarea a la que dedicó todas sus energías en detrimento de su labor compositiva y de su carrera como concertista. 

Al igual que en el caso del artículo de Vuillermoz, es imprescindible interpretar el de Nin en el contexto de las tensas polémicas culturales en el París de la primavera de 1914, que en este caso van más allá de los radicales enfrentamientos entre el Conservatorio Nacional y la Schola Cantorum y abarcan toda la vida política y social francesa poco antes del estallido de la 1ª Guerra Mundial.

Desde París. Granados y Goya*

Reflejar, quise, en mi crónica anterior, el esplendor de las luces españolas que aquí brillan, por ser muchas y por ser bellas. Y cité así una porción de nombres que evocan ardientes horas de lucha, de triunfo y de gloria.

A aquellos nombres, cabe hoy añadir otro que también ha triunfado y que ha conmovido hondamente la fibra francesa: me refiero a nuestro querido Enrique Granados, en honor de quien la Sociedad Musical Independiente (la S. M. I., como decimos aquí), ha organizado un festival que principió y terminó entre vítores y entusiastas aclamaciones.

Ya conocen ustedes al héroe. Granados es una de nuestras más legítimas glorias nacionales; no se le discute más que en Barcelona donde reside, porque allí es de buen tono afectar cierto desprecio por lo propio, y es costumbre destripar (asimismo), las reputaciones mejor establecidas y más legítimamente ganadas. En el resto de España y fuera de ella, creo que no ha habido para el exquisito artista, que es Granados, más que admiraciones.

Aquí se le conocía, sobre todo, como pianista, a pesar de que los iniciados estaban al corriente, hacía años, del carácter que tomaba su producción y de la importancia que adquiría su personalidad como compositor. Esta vez, sin embargo, aunque el pianista es de los que sorprenden y subyugan, los honores, los vítores y las aclamaciones han sido, sobre todo, para el compositor, y es justicia. Ser pianista, para un elegido de la categoría de Granados, pianista así, a secas (y la expresión me la sugiere un reciente y bien pensado artículo de mi distinguido colega el R. P. Otaño), pianista como tantos otros, era una pura y simple herejía; y por eso Granados es más, mucho más. Y fue y es algo grande, algo que impone y seduce, algo que invita a la admiración y al respeto sin reservas ni restricciones.

Ya ustedes saben lo que son sus Goyescas, que calificaba, sin ánimo de exageración, de divinas, en mi crónica pasada: un asombro de elegancia, de aristocracia, de nervio, de sensibilidad y de música a la vez.

Para Granados, Goya, su genio y su producción, sintetizan nuestra raza, y sus Goyescas se inspiran en aquella gloriosa imagen y en su atmósfera, tan nuestra por todos conceptos.

Montoriol-Tarrés, el eminente intérprete catalán, de quien mencionaba el mes pasado el gran valor pianístico, y Risler, nos las hicieron oír a pocos días de distancia, a unas semanas; las interpretaciones diferían sensiblemente y aunque podía ya suponerse que la de Montoriol-Tarrés sería más verídica, más genuina, más española, el oírselas a Granados era de un interés palpitante. Y a oírselas fuimos todos, y a oír las Tonadillas, las Danzas y otras dos Goyescas inéditas, que de todo esto se componía el programa.

Indudablemente, en rudo aprieto habrán de verse los pianistas que, después de Granados, quieran habérselas con las Goyescas; y eso no porque él alcance un grado de perfección material superior al que conocemos por Montoriol, que es considerable, sino porque esa obra es muy de Granados, y en sus manos reviste mágicos ropajes. El esplendor argentino, la cálida luz del gran aragonés revive en aquellas páginas ardientes; a la poderosa forma de Goya, Granados opone un ritmo opulento; a la visión exaltada de aquel, corresponde la fantasía abundante, copiosa, exuberante de este; a la refinada y profunda observación del uno, corresponde la realización minuciosa, hábil y sutilísima del otro. En los dos hallamos un lirismo desbordante y sensual: en los dos la misma inspiración romántica a través de un concepto enérgico, y de un verbo preciso y mordente; en los dos el mismo amor de nuestras cosas, de nuestra vida, de nuestras costumbres y hasta de nuestros defectos; de nuestros característicos defectos de raza.

A la serie de Goyescas ya conocida, Granados añadió dos más, que trajo manuscritas: El Pelele y una Serenata de trágico carácter que completa la evocación del genio de Goya, recordándonos su grandilocuente humorismo en la primera, y su conmovedor poder dramático en la segunda.

En las tonadillas La Maja dolorosa, Amor y Odio, El Majo discreto, El Tra la lá y el punteado, El Majo tímido y Las Currutacas modestas, Granados realiza una forma musical distinta, pero no por ello pierde de vista a Goya. Granados se propone resucitar la antigua tonadilla, o más simplemente, ensanchar el dominio de la canción española con otras canciones enteramente originales y muy españolas. Y en ellas aparece aún la sombra del genio de Goya con cuanto de evocador pueda tener para nosotros. La interpretación vocal de estas tonadillas fue mediana, casi mediocre: callaremos pues el nombre de la que, con mejor voluntad que medios y posibilidades, se impuso tan ardua tarea. Granados consiguió, sin embargo, con sólo sus dedos y su arte de encantamiento, hacer completa la ilusión, y las Tonadillas fueron acogidas con vibrante entusiasmo.

Entornando los ojos, aquellas Tonadillas parecían personajes y escenas arrancadas de las telas de Goya: de tal manera hay gracia, finura, fibra, pintura … y patria en ellas.

Este festival tuvo efecto el sábado 4 de abril, en la Sala Pleyel; el martes siguiente la prestigiosa revista musical francesa S. I. M. (órgano de la Sociedad Internacional de Música), completó el triunfo de Granados, ofreciéndole un banquete al que asistieron un número considerable de altas personalidades artísticas francesas, y al que asistimos todos nosotros, los de la peña, orgullosos de ver cómo se acogía en París a uno de los nuestros. Al día siguiente tuve el honor de ver reunidos en mi estudio a Granados y a Manuel de Falla; este hizo, en honor de aquel, una lectura completa de La Vida Breve, y durante unas horas pude ver confundidos en una mutua, cordial y muy sincera admiración, dos artistas españoles que París ignoraba, casi hace poco, y que en el intervalo de algunos meses habían merecido homenajes que aquí sólo se reservan a los grandes maestros.

Fueron horas inolvidables y significativas, cuya exquisita intimidad compartieron Montoriol, el intérprete entusiasta de las Goyescas, y su esposa, Isabel Beaubois de Montoriol, la eminente pintora.

Hay que añadir que por nuestros oídos pasaron torrentes de música española.

Falla tocó aún sus Piezas Españolas; Granados repitió las Goyescas casi integralmente; Montoriol completó lo que faltaba y algo añadió todavía. Granados nos recordó cortos fragmentos de su Follet, esbozó unos olvidados Valses Románticos... ¡y qué sé yo todavía!...

La música española está viviendo horas preciosas y París sigue siendo el anfitrión que apenas se nos ocurrió soñar nunca; bendito sea París, y procure España no olvidarlo.

Después del Festival Granados, la gran ‘sensación’ del mes de abril ….

Notas

1. Liz Mary PÉREZ DE ALEJO, 'Joaquín Nin y su legado: Valoración crítica y perspectivas de estudio en torno a Vingt chants populaires espagnols (1923)', en "Diagonal: An Ibero-American Music Review" 1,1 820169 pp 54-88

2. Revista musical hispano-americana, abril de 1914, n.º 4, pp 15-16

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