Reino Unido

Otello usaba Rolex. Germont también

Agustín Blanco Bazán

miércoles, 20 de febrero de 2019
Londres, miércoles, 30 de enero de 2019. Royal Opera House (ROH) en el Covent Garden. La traviata, ópera en tres actos con libreto de Francesco Maria Piave y música de Giuseppe Verdi. Regie de Richard Eyre repuesta por Andrew Sinclair. Escenografía de Bob Crowley. Violetta: Ermonela Jaho. Alfredo: Charles Castronovo: Giorgio Germont: Igor Golovatenko (14.1) y Plácido Domingo (30.1). Flora: Aigul Akhmetshina. Annina: Catherine Carby. Simon Shibambu (Doctor Grenvil). Coros y orquesta de la ROH bajo la dirección de Antonello Manacorda.
Plácido Domingo © 2019 by Catherine Ashmore

Nuevamente una serie de Traviatas en el Covent Garden, de esas con dos elencos, siempre necesarias en cualquier teatro de ópera para responder a un público entusiasta y equilibrar el presupuesto de la casa. De las nueve funciones, Plácido Domingo cantó tres, como siempre acompañado por una propaganda de ROLEX en el programa de mano que esta vez sonó como reconocimiento de tiempos pasados: “Cuando tu legado es inmejorable quiere decir que has hecho historia.”

Según el mismo aviso el Otello-Domingo de la foto hizo historia con un Rolex, en este caso un monísimo Cellini Moonphase que puede marcar hasta las fases de la luna. El alelado aviso continúa: “Este reloj es testigo de la función de Otello que inspiró una ovación de pie de 80 minutos. Usado por una leyenda operística que continúa reinventándose. No sólo marca el tiempo sino también la historia.” En la muñeca de Giorgio Germont el Cellini marcó a lo sumo ocho minutos de aplausos, no sólo para Domingo sino para todo el resto. ¡Que reconfortante verlo como uno más, entre los esforzados artistas que trataron de dar sentido a una puesta tan boba como su reloj! Pero si de algo no hay duda es que Domingo, que celebró en Londres sus setenta y ocho años, marca la historia sin necesidad de reloj alguno.

Su Germont fue digno primeramente por su presencia escénica en el dúo con Violetta en que no sólo actuó con convincente mezcla de irritación, asombro y comprensión, sino que proyectó con buen volumen y excelente fraseo. En Di Provenza la dirección orquestal lo apoyó con tiempos muy lentos para aliviar algunos perceptibles problemas de respiración y emisión. En lo de Flora su voz se afianzó con alguna opacidad de color pero siempre con convincente articulación (¡que mordente, Dios mío!) y en la escena final estuvo estupendo. ¿Quién puede contar al público su remordimiento con similar estoicismo?

Sin la experiencia escénica de Domingo, el joven barítono Igor Golovatenko interpretó el mismo rol en la primera función de la serie con acartonamiento escénico, pero con voz fresca e incisiva, algo engolada, como frecuentemente ocurre con cantantes eslavos, pero de cualquier manera convincente y promisoria de una gran carrera.

En las dos funciones que reseño la estupenda Ermonela Jaho cantó una Violetta tan entregada como su Madama Butterfly. Sólo que su voz es más pucciniana que verdiana, y por ello su tendencia a filarlo todo salió como una deficiencia de impostación y densidad. Tampoco ayudó a Jaho una producción en la cual, como ella, otras sopranos que no saben que hacer por la falta de una buena dirección escénica, inevitablemente sobreactúan tosiendo y escupiendo su tisis en un balde que es una porquería contaminante de todo el final. Charles Castronovo (Alfredo) cantó un magnífico De miei bollente spiriti sin sobresalir demasiado en el resto, y Antonello Manacorda dirigió con una sensibilidad bien marcada, y perceptivo lirismo.

Sobresaliente, en cambio, la Flora de esa gran promesa llamada Aigul Akhmetshina. En una crítica publicada por Mundo Clásico el 2.6.2018 la presenté como una Mércedès de gran calibre, en la producción de Carmen de Barry Kosky. Pues bien, en una de las funciones reemplazó a una Carmen indispuesta para regocijo del público. Y fue como Carmen que la reseñé por primera vez el 21.11.2017, cuando cantó en la versión experimental de Peter Brooks en el Wilton Hall de Londres. Espero que no pase mucho tiempo antes de verla en un papel importante por derecho propio.

“¿Y se retirará alguna vez?” salieron preguntando muchos. Es una pregunta que confieso he dejado de hacerme, porque Domingo vivió desde niño en una circunstancia teatral donde, si quiere, tiene derecho a morir como cualquiera de nosotros en nuestra casa. El teatro es la suya, y una voz defectuosa no parece sacarle el garbo con que pisa las tablas de una escena. Es un garbo pasado de moda, pero siempre vital. Como director de orquesta cuesta aguantarlo, pero como cantante actor sigue siendo un grande, ahora precisamente gracias a sus limitaciones. Y aunque cante hasta los cien, seguramente seguirá pareciendo más joven que la producción de La Traviata que el Covent Garden se empecina en seguir mostrando.

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.