Italia

Las maldades de Leon Daudet

Anibal E. Cetrángolo

viernes, 22 de febrero de 2019
Venecia, sábado, 2 de febrero de 2019. La Fenice. Werther, drama lírico en cuatro actos libreto de Édouard Blau, Paul Milliet y Georges Hartmann, de la novela epistolar Los dolores del joven Werther de Johann Wolfgang Goethe, música de Jules Massenet. Primera representación Vienna Hofoper, 16 de febrero de 1692. Personajes e intérpretes: Werther: Piero Pretti; Charlotte: Sonia Ganassi; Albert: Simon Schnorr; Le Bailli: Armando Gabba; Schmidt:Cristian Collia; Johann: William Corrò; Sophie:Pauline Rouillard; Brühlmann: Safa Korkmaz; Käthchen: Simona Forni; los otros hijos del Burgomaestre: Hans : Tommaso Dall’Ava; Gretel : Elisa Casadei; Karl : Umberto Lisiola;; Clara : Chiara Cattelan; Max : Matteo Crudu; Fritz : Marco Cattelan; los amigos: Anastasia Bregantin, Alessandra Mauro, Anna Scarpa, Marta Susanetti);; Regie: Rosetta Cucchi; escenografía: Tiziano Santi; vestuario: Claudia Pernigotti; Luces: Daniele Naldi; Director: Guillaume Tourniaire; Orquesta del Teatro La Fenice; ; Kolbe Children’s Choir; maestro del Coro: Alessandro Toffolo; producción de la Fondazione Teatro Comunale di Bologna
Werther según Rosetta Cucchi © 2019 by Michele Crosera.

La Fenice presentó la semana pasada Werther después de más de veinte años de ausencia en la escena veneciana. Se trataba de una producción escénica que fue conocida hace tres años en el Comunale de Bolonia. En aquel entonces, el espectáculo contaba con Rosella Cucchi como responsable de lo visual y en la ocasión, el teatro presentó la opera de Massenet alternado dos elencos con protagonistas iberoamericanos: Juan Diego Florez y Celso Albelo. En esta presentación veneciana había gran expectativa por conocer la versión que del protagonista presentaría el importante tenor sardo Piero Pretti, debutante en el papel. El artista, debido a un trastorno de salud, fue reemplazado en casi todas las representaciones, pero tuve la posibilidad de escucharlo en la última de las fechas programadas que fue la del sábado 2 de febrero.

La regisseur Rosella Cucchi explica con claridad su punto de vista en una entrevista que se incluye en el excelente libro que acompaña a esta presentación. La tragedia del protagonista, según ella, no se reduce a la pérdida por parte de Werther del ser amado si no más bien a otra carencia, otra falta: la imposibilidad de realizar un sueño “familiar”, meta que, por otro lado, tampoco es conseguida por la amada Charlotte. Por este motivo, en contra tendencia con la imagen heroica del protagonista romántico que ve en Werther la exaltación de lo sublime, y por ende de lo excepcional, el protagonista visto desde esta ventana aparece como alguien desesperado por conseguir la cotidianeidad compartida con el Otro (la Otra), es decir una “existencia construida día por día, de pequeños gestos”; el compartir con alguien el café con el croissant del desayuno, el discutir con la “media naranja” a quien invitar en la Navidad próxima; o sea que este Werther en versión Cucchi habría querido para sí, lo que el Pastor festeja al principio del segundo acto: “cinquante ans de ménage”. Por supuesto que para otros -Schmidt, que es hombre de taberna- este modelo de vida resulta absolutamente insoportable.

Coherentemente con esta visión, Rosella Cucchi centra lo visual en una casa con techo a dos aguas, vista de frente, como las que dibujan los niños. Esa presencia icónica resulta dominante. No es que, al menos en su proyecto, Cucchi olvide la dramática soledad del protagonista, tanto es así que manifiesta en aquella entrevista que se inspiró en la desesperada pintura de Böcklin; ella, precisamente, declara haberse inspirado en un cuadro del simbolista suizo -El retorno a casa- que muestra a un individuo de espaldas, sentado al borde de una fuente (y aquí, ¿cómo no recordar a Juan Ramón Jiménez, que refiriéndose a su fuente vieja escribía…"La pintó Böcklin sobre Grecia”?) … Resulta muy atinado, entonces, que el suicidio, o sea la vuelta del sujeto al mortal antro materno -es decir el verdadero “retorno a casa”-, se muestra conducido por esta imagen infantil, sobre todo cuando la presencia sonora de los niños en esta ópera resulta tan avasalladora y hasta tan molesta (los chicos que cantan a la Navidad mientras muere Werther.

La concepción de Cucchi lleva a algunas decisiones escénicas radicales: su decisión de centrarse en la frustración de Werther por el fracaso de su deseo familiar -burgués, es tan dominante que reduce a un espacio absolutamente secundario el drama solitario: esto último es mostrado, en lo escénico, por un sillón al costado de la escena. Este plan coherente con el pensamiento manifestado en la entrevista y que podría justificarse en el teatro de prosa, no funciona en la ópera y hay algo que a mi juicio desentona. Es que la música de Massenet es explosivamente vehemente, tanto es así que lo trágico que expresa el foso es llevado a limites cercanos a lo kitsch y resulta que el espectador está obligado a asociar esa ola sonora con la imagen siempre presente de la casita de Heidi. Confieso que eso me resultó, en algunos momentos, insoportable. Allí habría agradecido a Böcklin.

Más allá de esto, sea dicho que la parte teatral fue muy bien llevada, cuidada con elegancia: Los colaboradores de la regisseur, el escenógrafo Tiziano Santi, la vestuarista Claudia Pernigotti y el diseñador de las luces Daniele Naldi, consiguieron presentar un trabajo muy serio y digno.

Yendo a lo musical, digo enseguida que aquella expectativa central en esta producción, que era la de conocer el Werther de Piero Pretti, fue en todo sentido satisfecha. El tenor presentó su personaje con absoluta solvencia escénica y vocal. La construcción del personaje de este artista resultó siempre dinámica y convincente. Contó para ello con posibilidades técnicas de primer nivel. Pretti no tiene dificultad alguna en el registro alto, y su centro es continuado. La famosa aria final de su exigente rol fue cantada con sinceridad. Pretti se mueve con desenvoltura escénicamente y seguramente este título será, de ahora en más, un punto de fuerza en su repertorio.

Me entusiasmó menos la protagonista femenina de esta versión. La Charlotte de este Werther fue encarnada por Sonia Ganassi, una de las más importantes mezzosopranos en circulación. En lo vocal ella compuso un personaje solvente, creíble, expresivo y delicado y su célebre “Air des lettres” del tercer acto fue uno de los grandes momentos de este espectáculo; también el final de la opera fue cantado con intensidad. Pero nos faltó, sobre todo en lo escénico, la protagonista adolescente que se necesita, sobre todo en el primer acto, para hacer creíble la trama. 

No fue convincente la participación de Simon Schnorr en el rol del marido de la protagonista, quien mostró una voz carente de sostén.

En cambio Pauline Rouillard, que personificó a Sophie, la hermana menor de Charlotte, se desempeñó con soltura y el resultado fue siempre adecuado y placentero.

Resultaron muy ajustados los trabajos de Armando Gabba -el Bailli- y también de Simon Schnorr; Schmidt y Johann interpretados por Christian Collia y William Corrò.

Fue excelente el desempeño del Kolbe Children's Choir, preparado por Alessandro Toffolo.

La labor del responsable musical, Guillaume Tourniaire, fue muy dinámica y enérgica. El director consiguió mostrar la infinita paleta tímbrica de esta partitura que, precisamente en la orquestación, muestra uno de sus momentos de fuerza. La excelente orquesta del teatro respondió con eficiencia y hermoso sonido a los requerimientos del maestro.

El teatro estaba completo y el público acogió con calor el trabajo de los intérpretes de este Werther, el que, en conjunto, puede considerarse muy logrado aunque confieso que necesito ver urgentemente otro Werther, ópera que siempre he amado. Aquella falta de relación entre lo que se ve y lo que se escucha que ya señalé, provocó en mi algo así como una desconfianza por aquel efusivo derrame de la musica, como si esa vehemencia fuese injustificada, gratuita. Recordé entonces al diabólico Leon Daudet, compañero del músico en los salones de Paris, quien cuenta cómo Massenet en las fiestas se hacia el gracioso mimando a un perrito faldero. Para Daudet la sinceridad de Massenet se reduce a la inflamable sensualidad de un pavo real cuando muestra su cola, alguien desesperado por complacer y capaz de proclamar sentencias como que si “a la gente le gustan los dulces, hay darles azúcar hasta empalagarlos.”

Daudet, vade retro; por ahora vamos a una buena dosis de "Pourquoi me réveiller" con Kraus, que todo pasa.

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