España - Cataluña

Silberger, sonido y personalidad

Berta del Olivo
jueves, 21 de febrero de 2019
Eric Silberger © 2018 by Nikolaj Lund Eric Silberger © 2018 by Nikolaj Lund
Barcelona, lunes, 4 de febrero de 2019. Palau de la Música Catalana. Orquesta de Cámara de Múnich, Daniel Giglberger, concertino. Eric Silberger, violín Concierto para violín, en la menor, BWV 1041 Johann Sebastian Bach; Cuatro estaciones porteñas, Astor Piazzolla; Adagio para cuerdas, Samuel Barber; Serenata para cuerdas, en do mayor, op.48, Piotr Illich Chaicovski. Aforo 90%
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En la víspera del Año Nuevo Chino, el concierto de Eric Silberger con la Orquesta de Cámara de Múnich en el Palau de la Música Catalana atrajo a una numerosa audiencia del país asiático. Sin duda, el principal reclamo era el solista, a quien tuve el placer de entrevistar con motivo de su brillante debut en nuestro país en 2015 ()

Sin duda, Silberger es un gran virtuoso del violín, posee una gran técnica, que demostró de manera apabullante en su bis, el Capricho número 1 de Paganini. Y, además, su violín desprende un sonido bello, rotundo, redondo, contundente.

Reconozco que lo primero que hice al volver a escuchar su sonido en directo es confirmar que su violín sigue siendo un Guadagnini de 1757, prestado por la Fundación Sau-Wing Lam. Un instrumento realmente sensible que transmite de forma directa e inmediata la personalidad de Silberger. Así, la relación entre personalidad del intérprete y sonido del violín sea una de las más estrechas e íntimas de entre todos los instrumentos.

Silberger brilló especialmente en el segundo movimiento del concierto en la menor de Bach, con unos expresivos vibratos. La Orquesta de Cámara de Múnich se centró en destacar las dinámicas y poco más, ya que, aunque el solista se esforzó en crear equipo con el conjunto alemán, buscando miradas cómplices con los diferentes componentes de la formación, según los distintos pasajes, la complicidad no llegó a cuajar en el sonido, poco empastado entre solista y conjunto.

Con Las estaciones porteñas, Silberger se mostró más a gusto. Capacidad técnica le sobró, con articulaciones y fraseos adecuados, sin exagerar la respiración, pero, aún brillando por momentos con su lirismo, le faltó desgarro tangueño. Y ya no digamos a la Orquesta de Cámara de Múnich, con un sonido bello, y una ejecución impecable, indudablemente, pero Piazzolla requiere “otra cosa”, un sabor porteño un tanto desesperado, donde el coraje y la valentía son mucho más importantes que la corrección.

Si en la primera parte el protagonismo fue del solista Silberger, la segunda parte lo fue del concertino Giglberger, dirigiendo desde su atril a un conjunto demasiado tranquilo en su zona de confort y algo ensimismado en el Adagio de Barber. Sus esfuerzos se vieron recompensados en la Serenata de Chaicovsky, donde el conjunto levantó el vuelo en el segundo movimiento, Vals, por fin consiguiendo el punto de la pieza, el aire de vals, y en el tercer movimiento, Elegia, gracias a unos pianísimos expresivos.

En fin, un concierto donde la fascinación por el sonido de Silberger en la primera parte no fue suficiente para compensar la segunda parte con el conjunto alemán.

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