Artes visuales y exposiciones

Gustav Klimt en la ciudad natal de Händel

Juan Carlos Tellechea

martes, 26 de febrero de 2019
Klimt © 2018 by Wienand Kunstbücher Verlag

Artista simbolista y afín a cierto ideario romántico, el austríaco Gustav Klimt (1862 – 1918) fue uno de los más conspicuos representantes del movimiento modernista de la secesión vienesa que pintó lienzos y murales con un estilo personal muy ornamentado y que encontró en el desnundo femenino una de sus más recurrentes fuentes de inspiración.

El Kunstmuseum Moritzburg de Halle acaba de concluir con un récord de casi 100.000 visitantes una espectacular muestra con motivo del centenario de la muerte de este maestro, cuyas imágenes, dotadas de una intensa energía sensual, siguen siendo tan impactantes como en la época de la transición entre los siglos XIX y XX. El catálogo de 240 páginas fue editado por Wienand Kunstbücher Verlag de la ciudad de Colonia.

Especialmente sus esbozos y apuntes reflejan con especial claridad esa sensualidad, heredera en cierta forma de la tradición de dibujos eróticos de los franceses Auguste Rodin (1840 – 1917) y de Jean-Auguste-Dominique Ingres (1780 – 1867). El peculiar estilo desarrollado por Klimt fue extrapolado asimismo a sus objetos artesanales, hoy reunidos en la Galería de la Secesión vienesa en la capital de Austria.

Erotismo y alto precio, estas eran las dos características reunidas mágicamente por la obra de Klimt, quien pintaba a las damas de la sociedad vienesa como los bizantinos a sus santos en los iconos; rostros y manos muy carnales, las figuras casi levitando en las ornamentaciones. En el retrato de Eugenia Primeavesi (1913 y 1914), la vemos cubierta por una colorida alfombra de flores y hojas; en el de Marie Henneberg (1903), el vestido cerrado hasta el cuello, fluye en diagonal a través de la imagen como una suave cascada lapislásuli. Bellísimas mujeres todas ellas, preciosas criaturas que muestran elegancia, riqueza, autoestima y que parecen inalcanzables. Había que tener mucho dinero y contar con muy buenas relaciones para contratar entonces un Klimt.

El destino de su arte culminó en el retrato de Adele Bloch-Bauer (1907), con esos ojos de ensueño en medio de la fiebre del oro. Este cuadro ---al igual que El beso (1908/1909)--- se convirtió en un icono de la modernidad. Los nazis expropiaron a la familia judía propietaria del lienzo y éste fue devuelto a sus descendientes en 2006. Hoy cuelga en la New Gallery de Nueva York (Manhattan).

El multimillonario y empresario estadounidense Ronald Stephen Lauder, presidente del Museum of Modern Art, de la Comisión para la Recuperación del Arte (robado durante el régimen nazi de Adolf Hitler, 1933-1945) y del Congreso Judío Mundial lo adquirió por 106,7 millones de euros, el precio más alto pagado hasta entonces por una tela. Ese mismo año Lauder compraría también para la New Gallery por otros 29.7 millones de euros Escena callejera de Ernst Ludwig Kirchner que se encontraba en el Museo Brücke de Berlín.

Estas historias contrastan enormemente con la pobreza que vivió durante su infancia y redondean la imagen de Gustav Klimt, muy poco representado en los museos alemanes. La Kunsthalle Moritzburg de Halle posee un retrato de Marie Henneberg, adquirido en la década de 1920 por un abogado de Leipzig y que en 1979 fue comprado para la institución de Halle. Hugo Henneberg, el marido de Marie, fue un empresario, mecenas y artista. El Museo Belvedere de Viena posee la colección de Klimt más grande del mundo.

La muestra de la Kunsthalle Moritzburg de Halle, museísticamente perfecta, permitió admirar en una atmósfera concentrada cuadros y artesanías de este maestro del modernismo, entre ellos algunos paisajes extremadamente raros y que parecen como estampados: un Bosque de hayas en otoño (1902), Orilla del lago con abedules (1901) y la arquitectura de ensueño de El castillo de Kammer a orillas del lago Attersee (1908/1909).

Sus dibujos, presentados aquí en abundancia, han merecido también la atención del público. Con 17 años Klimt, hijo de un grabador en oro nacido en Bohemia y emigrado a Viena, ya hacía retratos al carboncillo, lapiz y sanguina como un antiguo maestro. El busto de una joven vista de frente (1890/1891) hipnotiza al espectador. El cuerpo se convierte en línea y la línea en cuerpo; Klimt deluneaba sobre papel de envolver, posturas, pliegues y formas fluidas. Antes de pintar un retrato de gran formato con sus exuberantes colores, realizaba innumerables bosquejos. Sus famosas imágenes eran el resultado de un largo proceso que encarecía, lógicamente, el resultado final.

El retrato de Amalie Zuckerkandl (¡encantadora fémina!), creado en 1917, un año antes de su muerte, quedó inconcluso. Pudo ejecutar completamente el rostro (preciosos ojos azules) y los hombros escotados que sobresalen como la cumbre nevada de una elevada montaña sobre lo iba a ser su elegante y suntuoso vestido. En la parte inferior el proceso quedó en el esquema preliminar, solo una insinuación, las manos apenas delgadas líneas. Es un punto culminante y dramático en esta exposición en la que uno se encuentra tan a gusto con tantas mujeres y tan hermosas. Aunque parezca extraño, los desnudos de Klim no tienen nada de provocativo ni de voyerista. Su arte se caracteriza por la elegancia y la libre naturalidad.

Klimt y su joven generación escandalizaron a Viena en su momento. Alrededor del 1900, la capital del Imperio Austríaco era un motor candente de la modernización en casi todas las áreas, la literatura (basada en antiquísimas fuentes), el psicoanálisis (Sigmund Freud). Las imágenes klimtianas eran sumamente decorativas. Con su arte no se adornaban palacios, sino las villas de la clase media alta (y culta), cuyos habitantes perdieron a menudo ese estatus después de la Primera Guerra Mundial; se empobrecieron económicamente y pronto serían perseguidos por la Alemania nazi que anexó a Austria en 1938 con la aquiescencia de la mayoría de su pueblo. Muchos de ellos lograron escapar de aquella barbarie y emigraron a América, otros tantos perecieron en el genocidio perpetrado en los campos de exterminio por los esbirros de Hitler.

Esto forma parte también de Klimt, quien no llegó a vivir ni este proceso de postguerra ni esta sensación amarga de la gigantesca destrucción que experimentó Europa. La distinción, la finura, la elegancia de entonces desaparecieron y uno solo la conoce a través del arte. Los rostros parecen encarar como máscaras al mundo. No es por casualidad. Klimt, al igual que muchos artistas de su época y antes aún (Vincent van Gogh, 1853 - 1890), se sentían fascinados por el arte japonés. Se dice que Klimt poseía una preciosa máscara del o noh, el drama musical nipón (desde el siglo XIV) y algo así parecen irradiar los semblantes de sus modelos.

Halle, la ciudad natal de Georg Friedrich Händel, y asiento de la Kunsthalle Moritzburg, es una urbe muy acogedora que conserva todavía en sus calles y callejones aquel saborcillo de la vieja Europa central; merece siempre ser visitada.

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.