Alemania

Si hay alguien que patea, ese soy yo. Y si hay alguien que es pateado, ese eres tú

Juan Carlos Tellechea

viernes, 1 de marzo de 2019
Gelsenkirchen, martes, 29 de enero de 2019. Musiktheater im Revier Gelsenkirchen (MIR). Aufstieg und Fall der Stadt Mahagonny (Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny), ópera en tres actos con música de Kurt Weill (1900 -1950) y libreto en alemán de Bertolt Brecht (1898 – 1956), estrenada el 9 de marzo de 1930 en el Neues Theater de Leipzig. Dirección escénica Jan Peter. Escenografía Kathrin-Susann Brose. Vestuario Anna Maria Münzner. Iluminacion Thomas Ratzinger. Sonido Jan Wittkowski. Video y gráfica Susann Schiebler. Dramaturgia Olaf Roth. Intérpretes: Almuth Herbst (Leokadja Begbick), Petro Schmidt (Fatty), Urban Malmberg (Dreieinigkeitsmoses), Anke Sieloff (Jenny Hill), Martin Homrich (Paul Ackermann), Tobias Glagau (Jakob Schmidt), Petro Ostapenko (Sparbüchsenheinrich), Joachim Gabriel Maaß (Alaskawolfjo), Jiyuan Qiu (Tobby Higgins). Coro Opernchor del MIR preparado por Alexander Eberle. Comparsas del MIR. Orquesta Neue Philharmonie Westfalen. Director invitado Thomas Rimes. 100% del aforo.
Aufstieg und Fall der Stadt Mahagonny © 2019 by Karl & Monika Forster

Un hombre rico y un hombre pobre se toparon una vez cara a cara y se miraron. El pobre le espetó al rico: ¡si yo no fuera pobre, tú no serías rico! La cita (traducción libre), es una de las cuartetas guasas que dedicara Bertolt Brecht a su hijo Stefan, a la sazón de 10 años de edad, durante su primer exilio en la ciudad danesa de Svendborg (Alfabet, 1934), tras huir del régimen nazi de Adolf Hitler (1933 - 1945).

Proyectado sobre el telón, el verso marcó el cierre de una impresionante nueva producción de Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny, la ópera de Kurt Weill con libreto de Brecht, que fue estrenada entre ovaciones en el Musiktheater im Revier de Gelsenkirchen (MIR), en el corazón de la Cuenca del Ruhr.

La fecha no habría podido ser mejor elegida: víspera del día en que se conmemora el Holocausto en Alemania, el genocidio de seis millones de judíos y otras minorías perpetrado por el nazismo. El 27 de enero de 1945 el Ejército Rojo de la Unión Soviética liberó a los supervivientes del campo de exterminio de Auschwitz (cerca de Cracovia, Polonia), cuatro meses antes del fin de la Segunda Guerra Mundial (1939 – 1945).

En la ciudad de Mahagonny está todo permitido (engullir, chupar, follar), menos no tener dinero, y quien tenga deudas y no pueda pagarlas es condenado a muerte, descuartizado y sus restos incinerados en el crematorio. Cualquier semejanza con lo que ocurrió en los campos de concentración (eufemismo por aniquilación), la solución final de la cuestión judía perpetrada por la Alemania nazi y sus esbirros (como Heinrich Himmler, jefe de la Gestapo) no es pura casualidad.

Brecht y Weill ponen al descubierto la actitud del Hombre ante las diversas situaciones provocadas por el ascenso y la caída de una sociedad. Es asimismo una advertencia ante los cantos de sirena de populistas, ultraderechistas y neonazis que prometen a la humanidad el cielo en la tierra y al final la conducen con su maldad al mismísimo infierno. No te dejes seducir, no te dejes seducir, previene el libreto de Brecht, ahora que la Cuenca del Ruhr se encuentra en un hondo proceso de transformación con el cierre de sus minas de carbón y las fusiones de los consorcios productores de acero.

La puesta de Jan Peter (Merseburg/Sajonia-Anhalt, 1968) ambienta esta historia de la fiebre del oro de Mahagonny en la Cuenca del Ruhr, cuando las tropas estadounidenses, tras bombardear la región, habían llegado por tierra a Gelsenkirchen casi al término de la conflagración bélica. Comienza el período de postguerra en la región con el florecimiento del dinero rápido, del capitalismo salvaje y feroz.

El futuro parece más glorioso que nunca, y los fundadores de la ciudad (criminales de guerra vienen de inmediato a la memoria los nombres de siniestros personajes como Adolf Eichmann, Josef Mengele, Martin Bormann y demás prófugos de la justicia), la viuda Bebick (excelente la mezzosoprano Almuth Herbst) y sus dos camaradas, se encargan allí de mantener la ley y el orden. La oportunista Jenny (la soprano/mezzosoprano Anke Sieloff) canta Moon of Alabama y se ha adaptado estupendamente bien a la situacion, vende amor a cambio de dinero contante y sonante.

Algo muy diferente es la situación del ex leñador Paul Ackermann (brillante el tenor Martin Homrich), quien se rebela contra ese falso paraíso. Cuando un tornado amenaza con destruir la ciudad (las imágenes de vídeo de Susanne Schiebler muestran la fuerza de una explosión atómica), Ackermann propaga una nueva ley: ¡ aquí está todo permitido!

Al final quedan una localidad arrasada y numerosas víctimas humanas, mientras la hipócrita trinidad de Begbick, Fatty, el apoderado (papel masculino muy bien asumido por la soprano Petra Schmidt) y Moses (todo un acierto el barítono Urban Malmberg) con su gorra de esbirro de las SS nazis siguen camino al próximo escenario, quizás en el Silicon Valley... La figurinista Anna Maria Münzner los atavió a todos con gran acierto como personajes del salvaje oeste, en un sórdido ambiente de bares y burdeles subrayado por la escenografía de Kathrin-Susann Brose.

Tras el éxito de la Ópera de tres centavos (estrenada el 31 de agosto de 1928 en el Theater am Schiffbauerdamm, hoy Berliner Ensemble), Weill y Brecht pusieron la mirada con Mahagonny nada menos que en la ópera del futuro y desataron con su estreno el 9 de marzo de 1930 en el Neues Theater de Leipzig el mayor escándalo teatral de la República de Weimar. Era una crítica al capitalismo bajo la impresión entonces de la desintegración de la primera república democrática de Alemania, el desempleo masivo y el terror nazi que ya comenzaba a percibirse en las calles.

La partitura de Weill presenta un animado panorama musical, al utilizar una serie de estilos diversos, por un lado rag-time y jazz, y por otro los modelos clásicos y el contrapunto formal. La orquesta Neue Philharmonie Westfalen sonaba con mucha soltura y muy buen ajuste, en algunos pasajes con alocada rapidez y excelente volumen, en otros con elegante melancolía, bajo la batuta del director invitado Thomas Rimes.

En la visión de Jan Peter, realizador cinematográfico que dirige por primera vez una ópera, el sutil horror de los filmes patrioticos va al encuentro de una sociedad alemana de postguerra crédula en el progreso, desencadenando así una danza macabra de gran fuerza explosiva sociopolítica con abundante acción sobre el escenario. Una puesta muy interesante, de una ópera muy poco representada en las últimas décadas, muy actual aún en la renovación del género, cruenta (motosierras en ristre), muy didáctica y digna de ver.

El libreto fue escrito principalmente a principios de 1927 y la música se terminó en la primavera de 1929. La labor se vió interrumpida por los trabajos con la Ópera de tres centavos en el verano de 1928. Sin embargo, los autores, revisaron más tarde tanto el texto como (en parte) la música.

Un primer producto secundario fue el Mahagonny-Songspiel, a veces conocido como Das kleine Mahagonny (El pequeño Mahagonny), una obra de concierto para voces y pequeña orquesta encargada por el Festival Alemán de Música de Cámara de Baden-Baden, donde se estrenó el 18 de julio de 1927. Los diez números, que incluyen la Canción de Alabama (publicada por primera vez por Brecht en su colección de poemas Hauspostille, parodiando la colección homónima de apostillas del predicador Martín Lutero) y la Canción de Benarés, fueron debidamente incorporados a la ópera completa. Las letras de ambas están en un inglés muy peculiar (rebuscado) y se interpretan en esa lengua, aún cuando la ópera se canta en idioma alemán original.

Si hay alguien que patea, ese soy yo/ y si hay alguien que es pateado, ese eres tú, resuena impactante el texto de Brecht casi 90 años después del estreno de esta ópera épica, una forma de teatro dialéctico o analítico que anima al espectador a una reflexión más distanciada y al cuestionamiento de la realidad (no meramente a la compasión ante los hechos), no solo para interpretar al mundo, sino para cambiarlo.

Brecht y Weill intentaban contribuir a la conclusión central de Karl Marx (1818 - 1883) en su Tesis sobre Feuerbach (1845): Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo. Algo peligroso para el capitalismo, no solo en Europa, sino también en Estados Unidos, donde Brecht y Weill se refugiaron para huir de los nazis. Con menor éxito que Weill, quien hizo carrera en Broadway, Brecht abandonó ese país en 1947. Tras ser observado e interrogado por el FBI por actividades antinorteamericanas se dirigió a Suiza y después a Berlín Oriental, donde murió en 1956, pero legando una obra de perenne actualidad.

El fantástico coro de la ópera del Musiktheater im Revier (sobresalientemente bien preparado por Alexander Eberle) maravilló con su poderosa presencia, todos vestidos con atuendos de mineros y cascos de seguridad con sus focos de luz frontal. Los incontenibles aplausos y ovaciones del público se extendieron, muy merecidamente, por prolongados minutos, con cuatro apariciones generales de todo el reparto para agradecer tanta efusividad y aceptación.

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