España - Castilla y León

Motivación

Samuel González Casado

lunes, 4 de marzo de 2019
Valladolid, viernes, 22 de febrero de 2019. Centro Cultural Miguel Delibes. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Andrew Gourlay, director. Johannes Moser, violonchelo. Shostakóvich: Concierto para violonchelo n.º 1 en mi bemol mayor, op. 107; Sinfonía n.º 10 en mi menor, op. 93; Ocupación: 95 %.
Johannes Moser © Askonas Holt

Tras la decepción que supuso que Andrew Norman no terminara su esperado concierto para violonchelo, comisionado por la OSCyL y otras orquestas, para el concierto de temporada n.º 9 se apostó por lo seguro: crear un “todo Shostakóvich” desde la obra que permanecería y que a su vez sería grabada en la siguiente semana: la Sinfonía n.º 10. En este sentido, fue algo lógico seguir contando con el gran violonchelista Johannes Moser, que ya había interpretado la obra sustituta en este mismo auditorio hace once años, el Concierto para violonchelo n.º 1.

Moser superó con creces aquella visita y ofreció una versión inolvidable. Su concepto es muy expresivo pero nada enfático, y se apoya en un fraseo que bascula entre la originalidad y la pasión dentro de unos límites perfectamente interiorizados. Su magisterio se transmite desde la esencia de una obra que parece surgir tras un estudio minucioso que se ha transformado en absoluta naturalidad. No hay en él ningún alarde técnico, nada que tome al concierto como excusa. Todo parece estar en un grado justo, incluso lo que no es habitual, como ataques y finales de frase arrolladores que enmarcan un discurso de gran riqueza semántica y algo que podría definirse como plena sinceridad estética.

Todo lo anterior, que puede parecer complicado de describir, en realidad es muy fácil de experimentar desde el lado del público: la mente no escapa nunca, y la obra engancha y nos golpea. La OSCyL, además, estuvo especialmente precisa y transparente, y Gourlay comandó una encomiable labor en la que la orquesta dejó su impronta desde la discreción, lo que suele resultar francamente difícil. Destacó el trabajo del trompa Juan Manuel Gómez o la presencia de la celesta de Germán Barrio, ambos con momentos señalados que, dentro de este ambiente colaborativo, se insertaron con especial vigor.

La segunda parte estuvo en el mismo nivel, y Gourlay dio un paso más –de hecho, un gran paso– en su forma de enfocar Shostakóvich. Es un autor que siempre se le ha dado muy bien, pero esta vez la interpretación de la Sinfonía n.º 10 llegó a unos límites de entrega y radicalidad conceptual raramente vistos en la asociación OSCyL-Gourlay. Las posibilidades que otorgó la voluminosa presencia de la cuerda hicieron que las proporciones entre familias brindaran unas posibilidades que fueron aprovechadas en todo su esplendor.

El segundo movimiento fue tan brutal que es imposible que nadie dejara de sentirse sobrecogido, y el resto combinó una suerte de gran sinfonismo (no demasiado cercano al tradicional estilo ruso de látigo y escoplo, pero tampoco totalmente ajeno a él) con mucha sutileza y efectos explosivos que sin embargo casi siempre parecieron estar integrados en el sentido orgánico de la obra: no eran arbitrarios; no se exageraron para saciar ningún apetito. Ese ímpetu, retratado en el fundamental segundo movimiento, integró cada una de esas descargas como si una mano mágica hubiera empleado la fuerza de los puntos más devastadores de un terremoto para construir un edificio cuya eficiencia organizativa no oculta, sino ensalza, lo telúrico de sus materiales. El increíble último movimiento resultó, en este sentido, paradigmático, y la entrega de orquesta y director, encomiables.

En definitiva: gran ejemplo de cómo la motivación puede cambiar un resultado hacia su excelencia, y solo espero que la grabación de esta obra en el sello propio de la OSCyL sea rica en dinámicas y muestre siquiera parte de la magia que se experimentó en la sala. No es algo precisamente fácil, pero sí perfectamente posible.

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