España - Galicia

La boca abierta y el corazón cerrado

Alfredo López-Vivié Palencia
jueves, 28 de febrero de 2019
David Grimal © Benoit Linero David Grimal © Benoit Linero
A Coruña, viernes, 22 de febrero de 2019. Palacio de la Ópera. Orquesta Sinfónica de Galicia. David Grimal, violín y dirección artística. Johannes Brahms: Concierto para violín y orquesta en Re mayor, op. 77; Ludwig van Beethoven: Sinfonía nº 7 en La mayor, op. 92. Asistencia: 100%
0,0001345

Sólo después del concierto leí la biografía del francés David Grimal (Châtenay-Malabry, 1973) que consta en el programa de mano, y entonces me enteré de que fundó la orquesta Les Dissonances, que se caracteriza por tocar sin director. Cuando vi el cartel de esta función me había hecho a la idea de que Grimal tocaría y dirigiría a la vez el Concierto de Brahms (algo que se me antoja muy difícil, por no decir insensato), y que empuñaría la batuta en la Séptima de Beethoven. No acababa de entender qué se quería decir en el anuncio presentando a Grimal como “director artístico y solista”, pero no me cabía en la cabeza otra alternativa que mi idea preconcebida.

Me equivoqué de medio a medio. Grimal salió, saludó, y bajó la cabeza sin dejar de dar la cara al público hasta que se hizo el silencio. “No se atreverán”, pensé para mis adentros; y se atrevieron: la orquesta empezó a tocar el Concierto de Brahms sin que Grimal hiciese ninguna señal, y así siguieron hasta el último compás de la obra (bien es cierto que bajo la mirada cómplice y el gesto preciso del concertino Massimo Spadano). Mientras, Grimal ofreció la parte solista del más grande de los conciertos escritos para su instrumento con el aplomo y la seguridad de quien se sabe bien arropado.

Conforme iba avanzando la obra me formulé varias preguntas, cuyas respuestas fueron las siguientes. Primera: Grimal extrae de su instrumento un sonido más grande que elegante, desde luego las da todas con una técnica pasmosa, y entiende el concepto de la obra con un fraseo impecable (otra cosa es que la afinación no lo fuera siempre, aunque eso es un detalle menor). Segunda: el equilibrio sonoro entre solista y orquesta (con la cuerda dispuesta en 10/8/6/5/4) me pareció perfecto, todo se escuchaba como debe escucharse –con fuerza en ambas partes-, y si además hubiera intervenido un director medio competente la cosa no hubiera variado mucho. Y tercera: sí eché en falta un director más que medio competente para que le diera el necesario suplemento de tensión brahmsiana a la orquesta, para que Casey Hill estuviese cómodo y fraseara a placer su solo en el tiempo lento, y para que el propio Grimal se sintiese libre y pudiera llevarnos al cielo en el maravilloso episodio que sigue a la cadencia.

Cadencia que comenzaba y terminaba como la de Joachim, aunque imagino que lo demás sería de cosecha propia, acertadísima por cierto en estilo y en dificultad. Como generosa –e igualmente difícil- fue la propina con la que Grimal correspondió al griterío del público: nada menos que la Chacona de la Sonata para violín solo de Béla Bartók.

A estas alturas ya suponía que no habría batuta alguna para la Séptima Sinfonía de Beethoven. Spadano cedió su puesto a Grimal, quien únicamente ejerció como concertino-director para dar la anacrusa al comienzo de los movimientos (salvo el segundo). De lo demás –es decir, de todo- se encargó la Sinfónica de Galicia por sí misma, y lo que se escuchó fue un alarde de virtuosismo colectivo (salvando algunas muy leves imprecisiones en determinadas entradas) desde el principio hasta el final, con tiempos cuadriculados pero con cuidado en las texturas sonoras y con la única mácula en el empaste procedente del violín de Grimal. Y qué final, tocado a velocidad de vértigo y sin borrones sonoros. Como diría un castizo: para quitarse el cráneo.

Por supuesto que reconozco el mérito de Grimal en semejante hazaña; pero el mismo resultado sonoro hubiera podido obtenerse con un ordenador. Y mientras existan orquestas sinfónicas tal y como las venimos conociendo desde hace siglo y medio, requerirán de los servicios de un director capaz de propiciar –además y sobre todo- la emoción que la informática tiene vedada y que necesitamos quienes asistimos a los conciertos. 

Comentarios
Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.