España - Valencia

Si cuatro patas tienen un gato y un morlaco

Rafael Díaz Gómez

miércoles, 27 de febrero de 2019
Valencia, domingo, 17 de febrero de 2019. Palau de la Música, Sala Iturbi. W. A. Mozart: Don Giovanni, K. 527 (obertura). L. van Beethoven: Concierto para piano nº 5 en mi bemol mayor, op. 73. W. A. Mozart: Sinfonía nº 39 en mi bemol mayor, K. 543. London Philharmonic Orchestra. Javier Perianes, piano. Juanjo Mena,

En esto del criticar mucho se acostumbra a hablar del cómo, pero ¿y qué pasa con el con qué? ¿Acaso una orquesta sólo tiene músicos? ¿No tiene también instrumentos? Evidentemente, vaya cosas. Sin embargo, nadie se acuerda de los pobres instrumentos. Golpeados, rasgados, babeados… para que las glorias se las lleven otros. Rompamos entonces una lanza por los instrumentos. Que sí, que se lo merecen. Porque ese acorde de re menor con el que se abre la obertura de Don Giovanni puede ser interpretado con más o menos tensión abismal (altiva verticalidad que se asoma al castigo, pues ya se sabe que en el fondo de todo abismo que se precie hay un infierno), pero se interpreta con instrumentos. Y lo primero que sorprende al escucharlo en la versión que comentamos es la nítida belleza de su timbre, un fogonazo de luces sonoras, que da cuenta de la calidad de quienes lo emiten. Hay varias capas, a la vez independientes y fusionadas. La brillantez de las trompetas y la rotundidad de las trompas resultan de una penetrante pureza, pero no se imponen a la tersura de las cuerdas o a la cálida transparencia de las maderas. ¡Pardiez, qué instrumentos! Veamos qué se hace con ellos.

Y lo que hace Juanjo Mena es consagrarse a su encanto. Está el vitoriano menos por el drama a la romántica y más por el ingenio, discretamente punzante, y el preciosismo sin complicaciones metafísicas. Y de las físicas, parece que se recrea más en las que hechizan por su disposición amena, por sus antecedentes y consecuentes ordenados en lógico hilván y por el fluir pulido (leggero e galante como el capello de Cherubino). Es cierto que este proceder no es superficial, porque el grosor de la textura se percibe, los timbres confieren su relieve y las armonías hacen pivotar la corriente sonora con expositiva elocuencia. Pero también da la sensación de que la ejecución, irreprochable, es algo rutinaria. Y esto que vale para la obertura, se puede aplicar también a la sinfonía. Es de suponer que a Mena no le ha interesado buscarle muchos pies a este gato. Que se conforma con presentarlo con esmero, precisión y hedonismo, que no es poco. Pero, en fin, todos queremos algo nuevo en los repertorios habituales, siempre el más difícil todavía, otra vuelta de tuerca que nos devuelva al estado de nuestra primera escucha de la obra, ese paraíso perdido. Puede que sencillamente Juanjo Mena esté hasta arriba de compromisos y no dé más de sí. O puede que nos esté diciendo que lo que pretendemos es una utopía. Sea como fuere, el minueto de la sinfonía sí que se advirtió que la utopía es posible.

Para el auditorio, lleno, si entramos a valorar también sus aplausos, cálidos pero no arrebatados, sin vítores ni alharacas, la propuesta tuvo una acogida cortésmente satisfactoria. Como además no se obtuviera ninguna propina y el programa no fuera muy extenso, hubo quien trocó la cortesía por el lamento amargo. Esta, para algunos, cicatería no contribuyó a caldear el ambiente (a pesar de que, hay que decirlo, la temperatura de la sala era alta).

De la mano de Ibermúsica, el conjunto venía de Zaragoza, Barcelona y después de Valencia viajaba a Alicante y Madrid. Y junto a él se trasladaba Javier Perianes. En cada una de las capitales de provincia se abordaría un distinto concierto pianístico de Beethoven, todos excepto el Segundo. Sólo en la villa y borbónica corte se interpretaría la integral (también a continuación en Londres, que se conoce que los Windsor no querían ser menos), magnífica oportunidad para observar cómo uno de los instrumentistas españoles con más proyección internacional se enfrentaba a los ¡cinco conciertos, cinco!, con todo lo que ello supone de reflexión y práctica sobre la evolución del pianismo beethoveniano entre 1796 y 1809, que es mucho en tan pocos años. Magnífica ocasión, también, para refrendar las credenciales de solista y director como portavocías de la música clásica española, ya avaladas aquí institucionalmente por sendos Premios Nacionales de Música.

En la ciudad del Turia a Perianes le cupo la responsabilidad del Quinto, ese llamado por el autor, y en buena lógica, “Gran concierto” y no “Emperador”, término que al parecer se extendió precisamente desde el Reino Unido hasta fijarse en el repertorio en el tiempo en el que esa nación estaba levantando un poderoso imperio desde los presupuestos del capitalismo a la nueva usanza (¡para que luego se diga que no hay relaciones entre música y política!). Lo de “gran concierto” no se justifica únicamente por la longitud de su primer movimiento. También por la altísima exigencia de recursos técnicos que solicita al solista, entre los cuales figura en ocasiones el uso no sólo orquestal frente a la orquesta, sino sinfónico dentro del tutti. Y es aquí, a mi juicio, donde el pianista onubense no alcanzó la culminación en su interpretación, porque el don de la sutileza desde luego sí que lo posee, como bien pudo saborearse en el adagio central. No deja de ser llamativo que el ataque contundente, ese que parece desmentir una disposición corporal que tiende a lo recoleto (¿falliana?), en sorprendentes ángulos frente al teclado a veces, sí que la ofreciera Perianes con esplendor en los tramos finales del rondó. ¿Por qué se escondió antes? ¿Por reserva? ¿Por opción estética? No obstante esto y muy episódicas discontinuidades o un par de notas no limpias del todo, la actuación en conjunto fue más que notable y bien ajustada con una orquesta que supo escuchar y a la vez decir, y en la que Mena refrenó su instinto de danzarín, ese que le lleva a meterse en la formación (¡menos mal que no había podio en el escenario!) como queriendo sacar a bailar a los distintos atriles.

Ante la insistencia del público, a Perianes sí que le vinieron las ganas de mostrarse dadivoso, ni más ni menos que con una Danza del fuego, valiente, algo crispada, seccional, de aire casi se diría expresionista, bastante distante de, por ejemplo, la concepción más unitaria de Alicia de Larrocha. A la postre resultó más interesante que la obra que figuraba en el programa. Será que, como escribió Rimbaud, y quizás piense Rosalía (aludo ahora a la tonadillera), hay que ser absolutamente moderno. Y eso, se reconocerá por mucho que duela, no está al alcance de todo el mundo en todo momento. No, desde luego, (aunque pueda ser suficiente para situarse a la vanguardia de la música clásica española, sección interpretación, al menos dentro de España), al alcance de quienes se conformen con cuatropeas al uso, sean estas gatos o morlacos. Y siempre en el supuesto de que tal cosa le importe en la actualidad realmente algo a alguien (¡para que luego se diga que sí hay relaciones entre música y política!).

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