Alemania

La frescura juvenil de Los Bandidos de Schiller

Juan Carlos Tellechea

jueves, 7 de marzo de 2019
Mönchengladbach, sábado, 19 de enero de 2019. Theater Mönchengladbach. Die Räuber (Los bandidos), primer drama publicado (1781) de Friedrich Schiller (Marbach a orillas del Neckar, 1759-Weimar, 1805), en cinco actos, estrenado el 13 de enero de 1782 en el Nationaltheater de Mannheim. Dirección escénica Matthias Gehrt. Escenografía Gabriele Trinczek. Vestuario Petra Wilke. Dramaturgia Thomas Blockhaus. Intérpretes: Joachim Henschke (Maximilian Graf von Moor), Henning Kallweit (Franz), Philipp Sommer (Karl), Vera Maria Shmidt (Amalia von Edelreich), Adrian Linke (Spiegelberg), Ronn Tomiska (Schweizer/Hermann/Daniel), Vera Maria Schmidt (Roller/Razmann), Henning Kallweit (Schwarz/Schufterle), Vera Maria Schmidt, Henning Kallweit, Adrian Linke, Philipp Sommer, Ronn Tomiska (Schillerkommando). 100% del aforo
Die Räuber © 2018 by Stutte

Die Räuber [Los bandidos], escrita originalmente como drama para lectura fue publicada primero anónimamente, con los escasos medios financieros extraídos por Friedrich Schiller de su propio bolsillo, en 1781, la obra es tan fascinante y conmovedora que atrapa al público de inmediato y no lo suelta hasta el final, dos horas y media después del comienzo. Así ocurrió con el estreno de la nueva puesta en escena del notable director Matthias Gehrt (Celle/Baja Sajonia, 1958) en el Theater Mönchengladbach (Baja Renania).

La primera versión teatral fue estrenada con enorme éxito el 13 de enero de 1782 en el Nationaltheater de Mannheim. Schiller, último representante en la época de la Ilustración de la corriente literaria del Sturm und Drang (entre 1765 y 1785), que anticipó el romanticismo alemán, alcanzó tanta celebridad con esta pieza que hasta el final de sus días fue reconocido como el autor de Los bandidos.

El Sturm und Drang (Ímpetu y afán), un movimiento respaldado por jóvenes autores de entre 20 y 30 años de edad en aquel entonces, como Johann Wolfgang von Goethe, Jakob Michael Reinhold Lenz, Johann Gottfried Herder, Johann Jakob Wilhelm Heinse, Johann Georg Hamann, Henrich Wilhelm von Gerstenberg y Gottfried August Bürger, entre otros, debe su nombre a una comedia homónima del dramaturgo y poeta alemán Friedrich Maximilian Klinger (1752-1831), también de esta corriente, estrenada el 1 de abril de 1777 en Leipzig por la compañía de teatro itinerante Seylersche Schauspiel-Gesellschat.

Lo curioso de la historia es que el título de la obra, que originalmente iba a ser Wirrwarr (Caos) fue cambiado por Klinger al de Sturm und Drang por consejo de su amigo y hermano masón Christoph Kaufmann (1753-1795), filósofo y médico suizo, gran admirador de su cofrade y compatriota, el escritor, filósofo, pedagogo, naturalista y compositor ginebrino Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), importante precursor de la Revolución Francesa (Liberté, Égalité, Fraternité).

El fuego que destila esta creación juvenil de Schiller tuvo tal influjo en su época, y más allá aún, que Giuseppe Verdi (1813-1901) se sintió incitado por ella 65 años después para componer I masnadieri (Los bandidos), con libreto de Andrea Maffei, estrenada asimismo con gran acierto el 22 de julio de 1847 en el Her Majesty's Theatre de Londres (en presencia de la reina Victoria y del príncipe Alberto). Con el correr del tiempo, en el siglo XX la obra ha sido, lamentablemente, muy poco representada si bien en nuestro siglo está regresando a las carteleras operísticas. Ocho años antes que Verdi ya lo había hecho el compositor italiano Saverio Mercadante (1795-1870) con su I briganti, estrenada en el Théâtre Italien de Paris en 1836.

Casi dos décadas más tarde de aquel estreno en Londres, el 11 de marzo de 1867, Verdi estrenaría en la Òpera de París otra pieza lírica inspirada en un drama de Schiller, Don Carlos, basada en el Don Karlos, Infant von Spanien [Don Carlos, infante de España] (1787), en cinco actos, llevada por primera vez a escena el 29 de agosto de 1787 en el Theater im Opernhof, con sede en el Gänsemarkt de Hamburgo.

Gehrt, (tiene un amplio curriculum, ha dirigido en Berlín y en otros escenarios de Europa y del mundo: Israel, México, Nigeria, Sri Lanka, entre otros), y el brillante elenco (íntegro, sin excepción) de la Comunidad de Teatros de Krefeld y Mönchengladbach, han logrado conservar y, aún más, recrudecer con gran habilidad y energía todo el ardor y el empuje de esta tragedia que trasunta el gesto rebelde, revolucionario de Schiller contra la sociedad absolutista y las injusticias de su tiempo. El director, invitado por el Goethe Institut, llevará Los bandidos a finales de marzo próximo al Tmuna Theater (un escenario off, fuera de los circuitos oficiales) de Tel Aviv, Israel, país en el que será representada por primera vez la pieza de forma completa (hasta ahora era conocida allí fragmentariamente).

En aquellos tiempos el movimiento romántico ya comenzaba a extenderse por Alemania y el continente europeo. La obra reune todas las características de la corriente que tanto deslumbrara a sus contemporáneos. Allí están contenidas la pasión desmedida, el profundo idealismo, los sentimientos exagerados, las situaciones inverosímiles, el ansia de libertad del protagonista, el gusto por la melancolía, los contrastes y la soledad final. Por si fuera poco, la perfección artística como obra teatral le confirió además a Die Räuber un innegable valor literario.

Schiller, a su vez, se vio estimulado para escribirla por el relato Zur Geschichte des menschlichen Herzens (Sobre la historia del corazón humano), de 1775, del poeta, organista, compositor, duro crítico social y periodista franco Christian Friedrich Daniel Schubart (1739-1791) y tomó como modelo, entre otras biografías, la del entonces tristemente célebre Nikol List (1654-1699), jefe de una banda criminal de Sajonia, como las que proliferaban en Alemania hasta comienzos del siglo XIX.

Gehrt ambienta la acción en la Alemania del siglo XVIII, no en el XV como en el original, en el castillo del conde Maximilian de Moor, en Franconia. El anciano aristócrata (extraordinario Joachim Henschke) tiene dos hijos, Karl (brillante Philipp Sommer), un joven de corazón noble, que lleva una vida disipada en Leipzig, donde estudia; y Franz (genial Henning Kallweit), un hipócrita capaz de cualquier inescrupulosidad para conseguir astutamente los más perversos objetivos.

Por una carta, el conde se entera de la vida libertina que lleva Karl. Esto lo pone triste y afecta su salud. Ni corto ni perezoso, Franz aprovecha el momento para que su padre lo autorice a escribirle a su hermano. El anciano solo quiere que la misiva sirva para aconsejar a Karl y procurar una reconciliacion. Pero, pérfidamente, Franz le expresa a su hermano que su padre lo repudia y lo deshereda por su conducta; algo que éste considera injusto y lo instiga a la rebeldía. Alentado por algunos de sus compañeros, Karl acepta ser el cabecilla de un grupo de bandidos que se proponen combatir la tiranía y las infamias para vengar injusticias. ¡Libertad o muerte! proclama el flamante jefe de la pandilla.

Entretanto, Franz no pierde el tiempo. Para conseguir sus metas se propone enamorar a Amalia von Edelreich (estupenda Vera Maria Schmidt), la novia de Karl, a quien le hace creer -al igual que hizo con su padre- que su hermano murió en la guerra contra el bandidaje. Karl a su vez, un hombre que aborrece la violencia, se siente desengañado de sus antiguos ideales. Arrepentido regresa al lar familiar. Pero como Franz no logró seducir a Amalia y ésta sigue enamorada de Karl y le es fiel, vuelca toda su maldad en su hermano, dirigiendo contra él las peores canalladas.

Ni siquiera así quiere Karl enfrentarse contra su propio hermano. Además, como se siente indigno del amor de Amalia abandona otra vez el palacio de la familia. En un bosque cercano, Karl descubre a su padre, a quien todos creían muerto a causa del dolor que le causó la noticia de la pérdida de este hijo en el conflicto con la autoridad. Karl se propone vengar al anciano. Franz, destruido física y espiritualmente, desafía a su hermano, blasfema contra Dios, pero teme el castigo divino.

Cuando oye que se aproximan los compañeros de Karl decididos a hacer justicia con él, se suicida. El padre, viendo en su hijo solo al proscrito y asesino de su hermano, muere finalmente por la profunda aflicción.

La escenificación respeta la figura de Schiller, su texto y su tiempo, pero se permite ironizar un poco ante la absurda situación. Gehrt, quien además utiliza como música de fondo para su puesta ritmos de rock, así como el famoso tema compuesto por Ennio Morricone para el ítalo-western Hasta que llegó su hora, de Sergio Leone, cambia aquí el final.

En lugar de que el propio Karl, tras matar a Amalia convencido de no ser digno de ella, se entregue a la cruel justicia absolutista, haciendo suyo el cuestionamiento schilleriano sobre la moral, el director se interesa más por la situación psicológico existencial del protagonista.

El coro (que comienza y cierra esta puesta, narrando los sucesos, como en el teatro clásico de la Antigua Grecia) se pregunta como amonestación y advertencia: ¿Que ha sido de nosotros? Es entonces que Karl comprende y lamenta la destrucción de sus valores, los que trataba de salvar cruentamente.

Lo que más gusta del estilo de Gehrt es que pone mucho más énfasis en el contenido antes que en el envoltorio de las obras que representa. Sus escenografías (ésta de Gabriele Trinczek) no son grandes ni impactantes. El castillo de los Moor está representado por una pequeña sala de estar, con chimenea, montada sobre una plataforma rodante que es desplazada por los mismos actores hacia adelante o hacia el fondo del escenario, según las necesidades. El atribulado conde Maximilian está sentado sobre un sofá en ese recinto y desde allí comienza a desarrollarse la trágica historia.

Los mismos intérpretes encarnan diversos papeles sucesivamente, conforman el coro, anuncian los actos y describen al comienzo las escenas (como lo hace Schiller en su guión), pero mucho queda librado a la imaginación del espectador. Los rápidos cambios de atuendos (vestuario Petra Wilke) se realizan en una franja de espacio al lado derecho del escenario: levitas y pelucas como en 1781 para la nobleza; ropa moderna de fajina, con zapatillas deportivas y armamentos contemporáneos (fusiles de asalto Sturmgewehr 44 y AK 47 rusos, escopetas Winchester de cañón recortado y subfusiles Thompson 45) para la banda delictiva.

El público ve y aprecia la carpintería entre bambalinas de la puesta en escena y queda impactado, casi sin aliento, por la excelencia del mensaje de esta pieza que mantiene, aún hoy en pleno siglo XXI, su actualidad universal y tensión hasta el último segundo. Ovaciones de pie durante largos, muy largos minutos cerraron este maravilloso estreno de una obra maestra clásica, representada de forma tan magistral por un formidable realizador.

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