España - Valencia

Embebecerse de Sokolov

Rafael Díaz Gómez

martes, 12 de marzo de 2019
Valencia, domingo, 24 de febrero de 2019. Palau de la Música, Sala Iturbi. Grigory Sokolov, piano. L. van Beethoven: Sonata nº 3 en do mayor, op. 2; Once nuevas bagatelas, op. 119. J. Brahms: Piezas para piano, op. 118; Piezas para piano, op. 119.
Grigory Sokolov © Palau de la Música de Valencia, 2019

Decimoquinta visita de Sokolov al Palau. Una tradición. Ya como la de El Mesías por Navidad. Pero más salvadora. Recibido con expectación (casi completo el aforo). Dolorosamente despedido (por dejarnos). En los dedos esta vez Beethoven (o dos Beethoven, los que distinguen sus opus números 2 y 119) y Brahms (el exquisito último Brahms). En los dedos y en los brazos y en el piano y en la sala y en la luz tenue y en el aire, que a la vez es también luz clara y profunda. Sokolov desmiente que estos sean tiempos líquidos. Son tiempos luminosos. Sólidamente luminosos. Al menos mientras él impone su tiempo, su mundo, su sonido, su silencio.

Como siempre, parece que le sobra el trayecto entre la puerta de acceso a la sala y el piano. En él encuentra su plenitud. Lo necesita. Aunque quizá sea el propio instrumento el que precise al pianista y por eso lo atrae con tanta fuerza. Luego es sentarse y de inmediato ese graduar la pulsación y el ataque, el color y sus matices, el fraseo y su retórica. La tercera sonata de la Opus 2 beethoveniana se desgrana quizás con dos elementos referenciales: un legato irrefutable y un uso del pedal milimétrico que sólo resuena en los escasos momentos en los que uno siente que el compositor lo hubiera hecho resonar de haber podido contar con un instrumento como del que se sirve el solista. Los acordes, llenos; los acompañamientos, significativos, nunca rutinarios; los trinos, impecables; los pasajes de escalas, con o sin octavas, precisos; las dinámicas, balanceadas; las texturas, limpias. Todo parece en su sitio, merced también, a una justicia agógica inapelable, ya sea en el virtuosismo oferente del Allegro con brio inicial, en la ligereza del Trio del Scherzo, en la jovialidad desafiante del último movimiento y de la forma más embelesadora posible en el Adagio. No es más que el comienzo, pero Sokolov ya nos ha vuelto a cautivar en su suerte de reflexión-acción.

Luego, las bagatelas de la Opus 119. Once piezas, editadas juntas, pero escritas en dos épocas bien diferentes. Sokolov deslinda la distancia entre ellas porque su mecanismo lo evidencia distinto: más rotundo y henchido (no menos claro) en las más modernas, que exigen una acción más pesada del brazo y no tan digitalmente articulada (a la dieciochesca) como las más antiguas. En el Andante ma non troppo que cierra el ciclo se consigue no obstante una confluencia entre ambos mundos a la vez que se prefigura el de Brahms que nos espera en la segunda mitad de la velada.

Es entonces el reino del rubato leve y significativo, flexibilidad que habilita un refinamiento condensado, de amplia paleta dinámica y sumamente sabroso en el entramado interno de las voces. Que Sokolov yerre alguna nota sólo le da credibilidad al conjunto. Nada que descompense el ataque colorístico y moldeable, la voluntad de avanzar en apoyos pivotantes, fuertes y a la vez ligeros, la sensación de que la madurez de Brahms está perfectamente asimilada por la madurez de Sokolov: el rigor como fantasía, la improvisación como apariencia.

Y una vez que se han ido del Palau quienes han cumplido con la convención social y han salido a la calle donde se exhibe sin pudor la llamada a la fiesta de las Fallas (la Crida) y las charangas con sintonías de Oliver y Benji o de las Mamaciccio, y amplificadores en carritos de la compra con el reguetón al uso y abuso, Sokolov, ya entre incondicionales, aún en buena cantidad, desgrana sus seis propinas habituales, con Schubert y Chopin como principales protagonistas, si bien clausuradas con unos Pasos en la nieve de Debussy de una hondura grave y tornasolada (los matices más o menos luminosos del blanco; el blanco como silencio). Dolorosa despedida, sí. Pero también feliz. Dicha de Sokolov embebecida.

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