Discos

Bailar desde la cintura

Paco Yáñez

lunes, 11 de marzo de 2019
Maurice Ravel: Daphnis et Chloé - Suites 1 & 2; La Valse; Le Tombeau de Couperin. Philharmonischer Chor München. Münchner Philharmoniker. Sergiu Celibidache, director. Münchner Philharmoniker y Bayerischer Rundfunk, productores ejecutivos. Gerhard von Knobelsdorff y Christian Starker, ingenieros de sonido. Un CD ADD/DDD de 67:53 minutos de duración grabado en la Herkulessaal y en la Gasteig Philharmonie de Múnich (Alemania), los días 20 de junio de 1979, 18 y 19 de abril de 1984, y 21 de junio de 1987. Münchner Philharmoniker Archive MPHIL0010.

En un momento en el que a la interpretación de las partituras de Maurice Ravel (Ciboure, 1875 - París, 1937) han llegado ya los criterios historicistas y los instrumentos de época; especialmente, por medio de las magníficas lecturas para Harmonia Mundi de François-Xavier Roth y la orquesta Les Siècles, rescatamos hoy una aproximación al compositor galo tan fascinante como intemporal, de ésas que superarán modas y vaivenes, apoyada como lo está en una musicalidad raveliana de ley: la de Sergiu Celibidache.

Del director rumano conocíamos, a través de su cada vez más prolija discografía, una importante cantidad de páginas ravelianas, incluido su célebre Boléro (1928) del 18 de junio de 1994 al frente de la Münchner Philharmoniker (EMI 0 85606 2): una de las lecciones de dirección por antonomasia de un Celibidache que tenía al Boléro, junto con La Mer (1903-05), de Claude Debussy, como una de las biblias de la orquestación. No menos fascinantes, en cuanto disección orquestal y coloración tímbrica, lo son las tres partituras que hoy presentamos en tres lecturas que, en un lapso de tan sólo ocho años, nos ofrecen distintos enfoques ravelianos por parte de un Celibidache que, en los últimos años de su vida, a cada década del siglo XX que pasaba, aumentaba la morosidad y la precisión de su batuta desde un enfoque, como él mismo reconocía, marcado por las enseñanzas del budismo zen y de lo fenomenológico.

Ello no es aún extremo en la versión de La Valse (1919-20) que escuchamos en este compacto del Münchner Philharmoniker Archive, con una toma en vivo del 20 de junio de 1979 en la Herkulessaal: un registro con la propia Münchner Philharmoniker sobre el escenario que se suma a grabaciones previas de Sergiu Celibidache como la del 18 de abril de 1969, al frente de la Orchestra Sinfonica di Milano della RAI (Arkadia MP 485.1); noviembre de 1976, al frente de la RSO Stuttgart (Deutsche Grammophon 453 194-2); y 21 de junio de 1979, tan sólo un día después de ésta que hoy reseñamos y, por tanto, también con la Filarmónica muniquesa y análogos criterios interpretativos (Classics TH 059). Con sus 13:50 minutos de duración, no estamos ante una lectura especialmente pausada, si pensamos que el siempre 'objetivo' Pierre Boulez se va a los 13:01 y 13:43 minutos en sus registros para Sony y Deutsche Grammophon. Ahora bien, ya la introducción nos da pistas de que, en manos de Celibidache, La Valse no es una cuestión cronométrica, sino de rubato y cintura. Cualquiera que conozca el arte del baile es consciente de la importancia que tiene el articularlo desde la cintura y las caderas para que el resultado sea un todo orgánico, y no una suma más o menos segmentaria. Así, esta lectura es perfectamente lógica tanto en lo más incisivo, donde Celibidache puede hasta resultar rápido y enfático, como en lo más moroso y paladeado, donde el rumano se emplea con sensualidad en el cuerpo a cuerpo, desplegando una orquesta de timbres y líneas melódicas sinuosas, con un toque, paralelamente, muy fin de siècle. Y es que Celibidache no omite el carácter decadentista de esta página, algo que ya se pergeñaba en su oscurísima introducción, tan repleta de presagios, y que reaparece en los pasajes más oscuros y reconcentrados, como la transición del décimo al undécimo minuto de esta versión.

Así comprendida, la partitura se tensa y destensa continuamente, pierde su (en otras versiones) linealidad y gana en matices, enfatizados por la obsesiva batuta de un Celibidache que expone atril por atril; por no hablar de que ese genial toque de cintura le permite (como escuchamos en el duodécimo minuto de su lectura) atacar los pasos a contratiempo con un dominio total, desarticulando (dentro de tamaño control de su orquesta) la partitura hacia esa rúbrica ya en puertas de la disonancia que aquí queda un tanto escasa en énfasis, dejando Celibidache que la música se extinga por sí sola, más que finalizarla con un golpe de efecto como Boulez en su registro del año 1993 con la excelsa Berliner Philharmoniker (DG). Para aquellos que escuchamos los destellos de La Valse asomarse tan proteicamente a ese caleidoscopio musical que es la Sinfonia (1968) de Luciano Berio, nos asalta una no sé si maliciosa pregunta: ¿qué hubiese hecho Sergiu Celibidache con la hiperactiva Sinfonia del trasalpino? Una más, de entre tantas preguntas que quedarán sin respuestas.

Por lo que a Le Tombeau de Couperin (1914-17, orq. 1919) se refiere, de Sergiu Celibidache contábamos con una colección de registros previos que ilustraban el acercamiento del rumano a esta partitura década por década, con sucesivas grabaciones el 17 de diciembre de 1957, con la Orchestra "A. Scarlatti" di Napoli della RAI (Fonit-Cetra ARCD 2060); 3 de octubre de 1968, con la Danish Symphony Orchestra (Dante Arlecchino ARL 172); y 20 de octubre de 1978, con la RSO Stuttgart (Deutsche Grammophon 453 194-2). A éstas sumamos, saltando a los años ochenta del pasado siglo, la toma efectuada en vivo los días 18 y 19 de abril de 1984: una lectura ya más morosa que la de La Valse, pues con sus 20 minutos sobrepasa Celibidache los 17:17 (Sony) y 17:46 (DG) de Pierre Boulez, o los 16:20 de Claudio Abbado (DG) y los 16:21 de Daniel Barenboim (TDK). No es que ello depare una versión pesada, ni mucho menos; pero por momentos sí se le pediría algo más de vuelo en lo rítmico, frente a lecturas celibidacheanas más vivas y barrocas en décadas anteriores. Esta (ligera) mayor lentitud le permite, en todo caso, que las maderas de la Münchner Philharmoniker brillen con luz propia; especialmente, en unos 'Forlane' y 'Menuet' de una belleza fascinante por su suspensión del tempo y su elegancia. Mientras, en piezas más virtuosísticas, como 'Rigaudon', de nuevo Celibidache se empeña en su proverbial disección tímbrica y rítmica, acusando los contrastes entre su introducción y los sucesivos números con solistas de madera y acompañamiento de cuerdas: tan bellos y melódicos, hasta una reexposición que nos conduce a otro mundo más asertivo, haciendo de esta lectura una linterna mágica de ambientes sonoros, aunque en la rúbrica final volvamos a echar en falta algo del énfasis de las lecturas boulezianas.

Donde no echaremos en falta énfasis alguno es en la tan poderosa y sensualísima lectura que de las suites primera y segunda de Daphnis et Chloé (1909-12) nos regala el director rumano en esta grabación del 21 de junio de 1987, ya con todas las virtudes del último Celibidache en escena. De nuevo, en el discografía celibidacheana contamos con varias lecturas de Daphnis et Chloé, como la del 17 de abril de 1970, con la Orchestra Sinfonica RAI Milano (Arkadia MP 485.1); la del 23 de diciembre de 1973, con la Orchestre National de l'O.R.T.F. (Rare Moth RM 536 S); o la del 8 de marzo de 1974, con la RSO Stuttgart (Deutsche Grammophon 453 194-2). A ellas se suma esta maravilla de versión con la Münchner Philharmoniker, editada en su día por Sardana Records (SACD 159); igualmente, con un soberbio Philharmonischer Chor München. Es ésta una interpretación de fuerte teatralidad, muy contrastada, capaz de crear cromatismos suspendidos en orquesta y coro que son puro esfumado, como en el tan impresionista 'Interlude' de la primera suite, o violentos estallidos ariscos, como toda la 'Danse guerrière', ya desde su comienzo. Por lo que al timbre y a los colores orquestales se refiere, estamos ante una de las versiones más bellas que conozca, aunque las de Riccardo Chailly (Decca) y Pierre Boulez (DG) jueguen con orquestas más suntuosas, como la Concertgebouworkest Amsterdam y la Berliner Philharmoniker. Sin embargo, en lo que a ambientes sonoros se refiere, nada les tiene que envidiar esta primorosa versión, en la que descubrimos destellos y colores a cada paso, conducida toda ella a un frenesí fabuloso en esa maravilla que es la 'Danse générale', tan matizada aquí en ritmos cruzados, con un sentido muy percusivo (enorme timbal) y una fuerza arrolladora: toda una bacanal, al tiempo, arcaica y sofisticada, en una interpretación, como todo el compacto (especialmente, La Valse y Daphnis et Chloé) para no perderse, aunque nos deje con la pena de que no se hubiese registrado el ballet al completo.

Las grabaciones son correctas, aunque no a la altura de las que del director rumano conocemos en las tomas postreras de finales de los años ochenta y noventa (efectuadas por la Bayerischer Rundfunk y publicadas por la EMI). En todo caso, se nota una progresiva mejora en las más modernas, siendo la de Daphnis et Chloé la más satisfactoria; precisamente, en la partitura de más complejo registro, destacando el buen tratamiento del coro. El libreto sigue las líneas ya conocidas en previos lanzamientos celibidacheanos del Münchner Philharmoniker Archive, con notas de Peter Jost (Daphnis et Chloé y Le Tombeau de Couperin) y Stephan Kohler (La Valse), pues a cada partitura le dedica un capítulo este libreto que, además, incluye biografías, datos de las grabaciones y la pertinente aclaración (tratándose de quien se trata) de que Sergiu Celibidache rechazaba las grabaciones discográficas comerciales, si bien sus herederos han decidido la publicación de algunos registros señeros como los que hemos venido reseñando en Mundoclasico.com (Antonín Dvořák, Gustav Mahler, Franz Schubert y Richard Strauss); así que, cuestiones éticas al margen, habremos de alegrarnos de que este filón fonográfico siga deparando en el futuro nuevas joyas musicales como éstas.

Este disco ha sido enviado para su recensión por la Münchner Philharmoniker.

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