Italia

En el Auditorio de Turín

Jorge Binaghi

viernes, 15 de marzo de 2019
Turín, jueves, 7 de marzo de 2019. Auditorio. Janácek, Obertura/Preludio de Jenufa. Berlioz, La muerte de Cleopatra. Mahler, Quinta sinfonía. Anna Caterina Antonacci (soprano) y Orquesta de la RAI. Dirección: Edward Gardner. Concierto de abono de la temporada de la RAI
Antonacci en Turín © Orquesta de la RAI, 2019

Vaya por delante que era la primera vez que entraba en un recinto que, aunque reconstruido y reformado, tiene para mí el atractivo mítico de las retransmisiones que en los años 50 y 60 del pasado siglo llegaban a Buenos Aires (recuerdo en especial los conciertos dirigidos por Mario Rossi) gracias a los buenos oficios de la RAI italiana, que por entonces tenía orquesta no sólo en Turín, sino en Roma, Milán y Nápoles. Antes que sacar conclusiones pesimistas pongamos el acento en que aún tenemos esta sede que lleva el nombre de Toscanini, muy cerca del Teatro Regio, enfrente del Teatro Stabile y no demasiado lejos del Teatro Carignano y del Conservatorio Verdi. Turín tiene otros encantos e instituciones importantes, pero estos -aunque el Regio pase por un mal momento gracias a la política- no son nada desdeñables.

En la larga e interesante temporada sinfónica, con muy buenos directores e importantes solistas, pude asistir (gracias a la gentileza de Paolo Cairoli, de la oficina de prensa) a los dos que, en el mismo formato que en otros sitios, presentan un mismo programa para dar cabida a todo el público. La sala es grande (1500 plazas) y el primer día estaba muy concurrida; el segundo menos, no sé si debido a que era viernes, a la celebración del día de la mujer, o porque además había huelga de transportes.

Era la primera vez que veía a Gardner, de quien había oído interpretaciones (en su mayor parte operísticas) por radio y de quien me habían llegado buenas referencias, no sólo en ópera sino también en concierto. Es un director aún joven, afable, preciso, que se lució más en la primera parte que en la segunda. Abrió con la primera ejecución absoluta de la nueva versión crítica (2019, debida a Jiri Zahrádka) de ‘Celos’, concebida por Janácek como preludio u obertura de su Jenufa, aunque finalmente decidiera suprimirla. Aunque creo que la decisión fue correcta, como pieza de unos seis-siete minutos tiene todas las características del gran compositor (la base es una canción popular que es variada y desplegada) y permite a la orquesta -que es excelente- un total lucimiento.

Tras algunos cambios de atriles para la segunda obra, llegó esa impactante escena dramática de Berlioz que es La mort de Cléopâtre sobre un texto de Pierre-Ange Vieillard, que en 1829 logró lo inaudito: que como el autor había quedado segundo el año anterior para el codiciado Premio Roma la clarividente comisión lo declaró desierto para castigar la osadía de Berlioz de escribir lo que a él le parecía adecuado, y no lo que se suponía que era correcto (por suerte para ellos, tanto Cherubini como Boïeldieu votaron a favor). Es una pieza magnífica, que adelanta en parte momentos de las protagonistas de Les Troyens, estructurada en recitativos y ariosos poco convencionales para la ópera, con una introducción breve y dramática, una parte media variada por las contrastantes emociones de la protagonista (aquí se sigue una versión distinta, según la cual Cleopatra habría intentado seducir a Octavio -Augusto- tras la derrota en Actium y él la habría rechazado: la reina, humillada y avergonzada por ese gesto indigno, se redime con la picadura de la serpiente) y un final breve y tan agonizante como la suicida (el momento en que el reptil la muerde es un fugaz pasaje magnífico). Era la tercera vez que asistía en vivo a su ejecución, y pese a los nombres importantes (solista, orquesta y director) que antes había oído, estas dos veladas quedarán en mi memoria porque creo que finalmente he podido apreciar la obra en todo su valor, que es mucho. La orquesta fue requerida por el director en muchos momentos para ejecutar ritmos, dinámicas y matices contrastantes dentro de tiempos en general majestuosos mas no lentos y el entendimiento con la solista fue total.

Que se tratara de ‘la’ Antonacci casi me exime de mayor comentario. Por presencia, gestualidad contenida, comprensión y dominio del texto y la música (no tuvo partitura delante), simplemente ‘fue’ Cleopatra sin hacer ópera. La dicción inmaculada, la proyección de un texto que requiere a una ‘trágica’ versada también en la obra de Gluck, la capacidad de variar las repeticiones obsesivas del texto (desde la nostalgia de ‘Qu’ils sont loin ces jours, tourment de ma mémoire’ a la invocación a los ancestros ‘Grands Pharaons, nobles Lagides’), la acentuación de palabras tipo ‘digne’ o ‘indigne’ y las frases entrecortadas del final fueron memorables. También la voz, de ese intenso color oscuro, respondió absolutamente en todos los registros. Si entendí bien la ovación que coronó su intervención, además de entusiasmo y admiración había el agradecimiento por defender una obra poco conocida y traducirla de manera inmejorable. Porque con esta artista, como con los auténticos grandes, siempre se aprende.

En la segunda parte hubo una buena versión de la conocida Quinta de Mahler, aunque aquí el maestro, que consiguió una excelente versión en lo técnico, me pareció, en el largo primer movimiento, por un lado demasiado expositiva y objetiva, y por el otro, tal vez por eso mismo, dejó a la vista los momentos retóricos y reiterativos que muchas veces están en el autor (al que yo admiro profundamente, por cierto), pero que las grandes batutas (estoy pensando concretamente en Abbado) consiguen unificar y comunicarles fluidez y sentido. Mucho mejor estuvieron el ‘scherzo’ siguiente y, sobre todo, el famoso ‘Adagietto’ (que tuvo que esperar a Visconti para convertirse en ‘popular’ -supongo que sin que el director lo deseara-) encarado con lentitud, pero no con morosidad. Del nivel de los instrumentistas baste decir que Gardner hizo saludar a todos los atriles, y naturalmente al ‘corno obbligato’, Guglielmo Pellarin, pero a mí me gustaría señalar la calidad de la labor de los violonchelos.

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