Discos

El nervio sibeliano

Alfredo López-Vivié Palencia

jueves, 21 de marzo de 2019
Jean Sibelius: Sinfonías 1 a 7. Orchestre de Paris. Paavo Järvi, director. Productora: Aude-Marie Piloz; ingeniera de sonido: Aurélie Messonnier. Tres discos compactos de 231 minutos de duración, grabados en vivo en la Salle Pleyel y en la Philharmonie de París entre octubre de 2012 y marzo de 2016. RCA Red Seal 19075924512

Lo único reseñable de las notas de la carpetilla que firma Paavo Järvi (Tallinn, 1962) es que ésta es la primera integral de las sinfonías de Jean Sibelius que graba una orquesta francesa, en este caso la Orquesta de París, de la que Järvi fue titular entre 2010 y 2016. Aunque después sigue un interesante estudio de Wolfgang Stähr sobre la provocación de componer sinfonías en pleno siglo XX. Por lo demás, se trata de tomas de concierto en la venerable Sala Pleyel y en la flamante Filarmonía parisina, lo cual tiene sus ventajas –se nota la excitación del directo- y sus inconvenientes –la toma de sonido es de calidad variable-. Y creo que vale la pena anotar que la responsabilidad de la producción y de la ingeniería sonora de este álbum ha recaído en sendas mujeres.

El resultado musical es igualmente variable. En general, Järvi sabe lo que quiere y lo transmite, porque se nota que le gusta esta música y se nota que hay alguien mandando; pero en otros momentos –no muchos- Järvi parece desorientado. Seguramente el rasgo definitorio de sus interpretaciones es la preferencia de Järvi por el nervio de estas sinfonías por encima de la carne: se trata de versiones casi siempre con tiempos muy vivos, en ocasiones incluso eléctricos cada vez que la cuerda tiene un ostinato en el pentagrama, y de concepto alejado de cualquier atisbo postromántico; es decir, Järvi se aparta del pasado (Karajan, Bernstein, Berglund) y se apunta a la actual tendencia de concebir estas obras como piezas que miran al futuro (Rattle, Vänskä, Salonen), renunciando a la majestuosidad de aquéllos pero a costa de no llegar siempre a la profundidad de éstos.

Por supuesto hay cosas interesantísimas. La Primera Sinfonía es un acierto completo, en el que el proverbial pulso del maestro estonio consigue mantener unos tiempos de vértigo sin que se desmonte el edificio (el final del primer tiempo –con unos timbales atronadores-, el Scherzo), y a la vez alcanzar un nivel de emoción aterrador en la conclusión de la obra (sacrificando el empaste en la cuerda). Asimismo lo es la Segunda, en la que extrema los contrastes rítmicos –sobre todo en el Andante, posiblemente el movimiento sinfónico más extraño compuesto por Sibelius-, pero sabe construir la transición al Finale, cuyo tema principal se dice con grandeza y sin regodeo.

También es buena la versión de la Tercera Sinfonía, en la que Järvi convierte el elemento folclórico en un mero trasfondo, dirige muy sutilmente el vals y termina con una atinada sensación de avance en la investigación sonora. En mi opinión el nivel más bajo del ciclo está en la Cuarta: Järvi se queda en la superficie helada de esta obra oscurísima, planteando interrogantes sin querer adentrarse en el drama (segundo movimiento), en una interpretación carente de tensión y en la que, consecuentemente, su pequeña relajación del tercer tiempo (8’30’’) pasa inadvertida.

En la Quinta Sinfonía hay un poco de todo: el complicado primer tiempo es de ésos que pone a prueba al más pintado, y Järvi da primero la de arena –un arranque soso, el clímax (7’55’’) demasiado contenido- y después la de cal –negocia muy bien la peliaguda transición y llega a un final en tromba pero sin perder el pulso-; tras un Andante ligero pero estupendamente cantado en la madera, en el último movimiento vuelve a las andadas –el primer coral inexpresivo en el metal (mientras se escucha mejor el chasquido de los arcos de los contrabajos que el propio sonido de esos instrumentos), pero la conclusión sale trepidante.

Las maderas ocres francesas lucen también en el último movimiento de la Sexta Sinfonía, y Järvi le da viveza al tiempo anterior; aunque antes no sabe muy bien qué hacer con el ambiente feérico del principio, y el segundo tiempo se queda en mera tentativa. Y la colección termina con una Séptima de muchos quilates: Järvi arranca con profundidad el magma orquestal, es coherente al retraerse en el Vivacissimo, y la tercera parte es intensa –como la cuarta, en la que Järvi mantiene la tensión-, antes de llegar a una conclusión que acierta al transmitir el conflicto entre lo noble y lo lacerante.  

La competencia discográfica es feroz. Ya se han citado antes media docena de ejemplos de estilos bien diversos, y seguro que –como yo- habrá muchos que no renuncien ni a unos ni a otros. Pero Paavo Järvi es un maestro que siempre tiene cosas que decir, y en esta integral dice muchas más cosas de las que calla; de manera que el sibeliano de pro se arriesgará.

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