Reino Unido

Crónica de una gran noche de ópera

Agustín Blanco Bazán

martes, 26 de marzo de 2019
Londres, martes, 19 de marzo de 2019. Royal Opera House (ROH) en el Covent Garden. La forza del destino. Ópera en cuatro actos con libreto de Francesco Maria Piave y música de Giuseppe Verdi. (Versión de Milán de 1869, con texto adicional de Antonio Ghislanzoni). Regisseur original: Christof Loy. Regisseur asociado: Georg Zlabinger. Escenografo: Christian Smith. Escenógrafo asociado: Federico Pacher. Iluminación: Olaf Winter. Coreógrafo: Olaf Picher. Coreógrafo asociado: Johannes Stephanek. Dramaturgo: Klaus Bertisch. Leonora: Anna Netrebko. Don Alvaro: Jonas Kaufmann. Don Carlo di Vargas: Ludovic Tézier. Padre Guardian: Ferruccio Furlanetto. Hermano Melitone: Alessandro Corbelli. Preziosilla: Veronica Simeoni. Marques of Calatrava: Robert Lloyd. Curra: Roberta Alexander. Alcalde: Michael Mofidian. Maestro Trabuco: Carlo Bosi. Coros y orquesta de la ROH dirigidos por Antonio Pappano. Producción estrenada en la Opera Nacional de Holanda en 2017.
Jonas Kaufmann y Anna Netrebko © 2019 by Bill Cooper

La obertura de Paquito

La gran noche de ópera del Covent Garden de 2019 comenzó floja por una de esas banalidades escénicas con que a veces Christof Loy malogra sus propias puestas. No bien comenzada la obertura, el telón se levantó para mostrarnos a los niños del Marqués de Calatrava, Leonorcita y Carlitos, jugando con un tercer hermano, que llamaré Paquito, junto a la gran mesa del comedor. Mientras Carlitos sube y baja su yoyó, Paquito se sube a la mesa para acostarse en el regazo de una Leonorcita que juega de Pietà junto a una estatua de la virgen. Loy informa sólo a los que compraron el programa de mano que la nena está obsesionada con la Virgen María y….¿creerán ustedes que Paquito se muere de un fulminante e inexplicable telele?

Telón, y vuelta a levantarlo, siempre en la obertura, y esta vez con un Carlitos que aunque ya adolescente que sigue jugando al yoyó, aunque ahora también se entrega a la bebida. El telón vuelve a levantarse por tercera vez (sí, ¡de nuevo en la obertura, aunque no lo crean!) para mostrar finalmente a la Leonora de Anna Netrebko despidiéndose con aire de “¡no me dejes, por favor!” del Carlo ya adulto de Ludovic Tézier. Y todo ésto para nada, porque, durante la ópera propiamente dicha, la regie se desarrolla como si Paquito nunca hubiera existido, y como si Leonora y Carlo no se hubieran amado en la forma que sugiere Loy. Menos mal.

La Forza del Destino

Menos mal, porque al dejar de lado su historia paralela, Loy colaboró con Antonio Pappano, para presentarnos una Forza de excepcional unidad dramática y musical. Siguiendo una propuesta de sólida tradición en materia teatral, el regisseur mantuvo la mesa del comedor como centro épico de los dos primeros actos, tanto en la Taberna de Hornachuelos como en la iglesia de la Madonna Maria degli Angeli, y fiel a los cánones del Musiktheater alemán, no dejó un solo compás sin movimiento acorde con la música y el texto. Vaya como ejemplo, la amenazante agresividad con que Alvaro logra someter a una Leonora indecisa en la primera escena, o el tenso juego de escondidas de Leonora para ocultarse a su hermano durante la escena de Hornachuelos. O el padre Guardián y sus curas profiriendo sus “Maledizione!” mientras exorcizan una Leonora convulsa, posesa vaya a saber por que demonio.

En esta producción el personaje de Preziosilla adquiere un carácter casi mítico como adivinadora de engaños, profetisa de destinos y y hasta alivio sexual de Alvaro en el campo de batalla. Y también incita a la turba a bailar todos los ritmos bailables que Verdi ha escrito en esta partitura para el coro, que son muchos. En el famoso Rataplan, esta pitonisa se despide del público en glorioso vestido de Odalisca verde, como suprema maestra de ceremonias de un vivaz y agresivo número de cabaret. Gusten o no, fue gracias a la progresión dramática insuflada por estas ideas que un número normalmente pedestre e insulso como la tarantela se transformó en uno de los grandes pivotes dramáticos de esta representación. Pero en esto también tuvo mucho que ver el director de orquesta.

Porque el pulso y la vertiginosa intensidad de la tarantela no fue sino una demostración más de como Pappano no deja ritmo sin explorar en su intensidad, color y variación dinámica. La suya fue una dirección de tensión moderada pero siempre palpitante y con una atención al detalle a la cual la orquesta de la casa respondió con inspirada sensibilidad y sin grandilocuencias. El solo de violín que precede Il santo nome di Dio Signore sonó como si bajara del cieloo y las frases de clarinete que introducen el O tu que in seno degli angeli fueron vertidas como preguntas estremecedoras en su fragilidad e incertidumbre. ¡He aquí esos interrogantes a un destino cuyas respuestas Pappano desató finalmente con implacable contundencia en la tormenta orquestal que Leonora trata de aplacar en vano con su Pace, pace! Todo fue contraste y lucha entre la orquesta, el coro y los cantantes hasta el bálsamo del trio final, donde los tremolo y pizzicato de cuerdas en pianísimo fueron finalmente aplacados con un magistral y apenas perceptible estertor de duda postrera.

La forma en que Pappano apoya a los cantantes, tanto en sus puntos fuertes como en sus limitaciones, quedó clara en las frases ascendentes del Alvaro de Jonas Kaufmann al comienzo del aria O tu que in seno degli angeli. No es este el pasaje más cómodo para la tesitura de este tenor, que debe esforzarse en mezzo piano para redondear “seno” y “bella,” a diferencia de Plácido Domingo o Richard Tucker que cantaban esto a plena voz sin ningún remilgo. ¿O es tal vez un tema de interpretación? Porque es perfectamente aceptable que un tenor cincele esta aria con todos los matices que tenga a su alcance. Confieso que a mi me impacienta un poco la tendencia de Kaufmann a apianar de mas, también exhibida en su Otello. Pero esto es cuestión de gustos y, de cualquier manera, Kaufmann es un grande de la ópera. Así lo demostró con su fraseo en el recitativo precedente, La vita è inferno all´infelice tan arduo como, y más largo que, el aria misma. La conclusión del aria fue una deslumbrante exhibición de apoyo de garganta en los “socorrimi” y “pieta.”

Y también estuvo formidable en la articulación y el squillo de sus protestas en sus dúos con el Carlo de Ludovic Tezier, un barítono para el cual este rol si que no tiene limitaciones vocales, gracias a su calidez de timbre y sus formidables legato y portamento. Gracias a un fraseo claro incisivo y de moderado mordente Tezier cantó un Urna fatale rebosante de dolor y amargura. Y sin esos aspavientos de venganza con que algunos barítonos malogran este papel. ¡Bien claro quedó que su “gioia inmensa” ante la recuperación del Alvaro que quiere quiere matar con sus manos no era tal!

Hacía más de dos años que no reseñaba en vivo a Anna Netrebko y lo que más me impresionó en este reencuentro es la forma en que ha logrado ensanchar su registro grave con una resonancia más bien abierta y sin engolamientos. Su primer aria (Ma peregrina ed orfana) fue balbuceada con impecable articulación y una agitación capaz de cortar el hipo en “ti lascio, ahimè, con lacrime…” Y en una tesitura más fácil para ella, brilló en Gia sento en me rinascere y La vergine degli angeli. En cambio, su Pace pace mio Dio me hizo sospechar que el ensanche en el registro grave ha ocurrido a costa de una articulación menos definida, porque aquí no proyectó cada palabra con nitidez. Pero todo se le perdona cuando se eleva a través de un pasaje radiante a agudos que corona con precisión y brillantez. Y, finalmente, tiene poco sentido seguir jugando al crítico musical estilo Beckmesser frente a Kaufmann, Netrebko y Tezier. Nadie es perfecto, pero cualquier objeción pierde sentido frente a la entrega total que pusieron para arrollar con todo en esta memorable Forza del Destino.

El hecho que Curra haya sido cantada por Roberta Alexander y el Marqués de Calatrava por Robert Lloyd dan una idea del esmero que puso la ROH en convocar un reparto ideal. Ferruccio Furlanetto cantó el padre guardian con voz seca pero de buen volumen y fraseo. Y Alessandro Corbelli interfirió con un Melitone tan genialmente intrusivo y discutidor que cada uno de sus apariciones marcó el riesgo que esta Forza se transformara en una ópera cómica. Desde el legendario Fernando Corena no se ve un bajo bufo como él. Finalmente, un elogio para la Preziosilla cantada y bailada por Veronica Simeoni, no sólo con vitalidad digna de music hall sino también por su alter ego como agorera del destino que da nombre a la obra en su primera confrontación con Carlo. El coro de la casa proyectó su masa con convincente italianidad.

Remy-Martin y Rolex

Las crónicas de una gran noche de ópera no pueden ser completas si no se incluyen algunas banalidades periodísticas y publicitarias. En este caso, me permito agregar que la hojita distribuida gratuitamente para quienes no pueden, o quieren, comprar el programa de mano fue ridícula hasta el punto de agradecer a Remy Martin por el champagne y el postre durante la cena que siguió la presentación. Por supuesto que no bastaba recoger la hoja para poder sentarse a esta cena, con lo cual el agradecimiento sonó como un alarde estúpido.

La hojita está también plagada de agradecimientos a donantes que es mejor no nombrar aquí. No vaya a ser que algunos directores de casas de ópera se sientan tentados de pedirles plata, como lo como lo hacían con Alberto Vilar.

Quienes necesitan de relojes caros para saber que hora es habrán notado con interés que Rolex ha condecorado a Jonas Kaufmann como sucesor de Plácido Domingo. Tal vez deberían haberse tomado la molestia de usar un texto no tan parecido al invertido en Plácido, pero no: también Kaufmann marca el tiempo con un reloj “testigo de representaciones inolvidables” y es “una de las voces más cautivantes de nuestro tiempo” El aviso también nos advierte que “Llevado en la muñeca de un tenor a capaz de una “sensible pero poderosa interpretación del rol protagónico en Don Carlo” el Rolex “No solo marca el tiempo. ¡También marca la historia!” Igual que en el caso del Otello de Domingo. Solo que mientras Domingo le marcaba el tiempo a Desdémona con un Cellini Moonphase, Kaufmann prefirió un Oyster Perpetual Day Just 41 para no llegar tarde a la cita con Elisabetta en San Justo.

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