España - Castilla y León

Agitarse

Samuel González Casado

jueves, 28 de marzo de 2019
Valladolid, viernes, 22 de marzo de 2019. . Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Jukka-Pekka Saraste, director. Coreografía: Edurne Sanz. Bailarines: Rafa Alonso (Apolo), Clara Huber (Calíope), Oziel Satrústegui (Calíope), Laura Rubini (Polimnia), Blanca M. de Cossio (Polimnia), Sandra Navazo (Terpsícore), Sara Cubillo (Terpsícore). Ígor Stravinski: Apolo. Jean Sibelius: Sinfonía n.º 1 en mi menor, op. 39. Ocupación: 98 %.
Jukka-Pekka Saraste © 2013 by Jukka-Pekka Saraste

Buena iniciativa de la OSCyL la de ofrecer un ballet representado en un espacio escénico que, sin estar pensado para que el aspecto visual conviva con la orquesta, sí es cierto que tiene bastantes posibilidades al respecto, por ejemplo cuando el grupo de músicos es reducido. Así ocurre con el encantador ballet Apolo, de Stravinski, una obra para orquesta de cuerda repleta de guiños al pasado y de armonías poco agresivas que resultó ideal para que los alumnos de la Escuela Profesional de Danza de Castilla y León “Ana Laguna", con sede en Burgos, desplegaran su arte a través de buenas dosis de energía.

Eché algo en falta en la coreografía de Edurne Sanz un poco más de lirismo y diferenciación de ambientes, si bien la variedad en las figuras, movimiento y localizaciones —patio de butacas, plataforma en el escenario, butacas elevadas tras este— hicieron que el conjunto resultara realmente interesante. Fue bonito el concepto narrativo del espacio de Sanz, en el que el dios desciende desde las alturas (patio de butacas que habita el público) a ese escenario de la manifestación artística —donde se encuentra con las musas y se interrelaciona con ellas—, para terminar ascendiendo de nuevo hacia las butacas, pero en este caso más elevadas y verticales. El público como inductor y receptor de arte.

Como es normal destacó escénicamente el asturiano Rafael Cascón Alonso, un espectacular Apolo que sobresalió sobre todo en las escenas individuales (realmente bueno todo el comienzo); en las de conjunto a veces no aparecía como figura central, lo que suavizó algunos sesgos inherentes a una configuración coreográfica con estos personajes (es difícil que un dios se preste a ser primus inter pares, pero aquí se consiguió). Fantásticas también las desdobladas musas: las diferencias en sus personalidades aportaron algunos puntos contrastantes de interés e hicieron que el espectáculo transcurriera fluidamente.

Es una lástima, pero inevitable, que la atención quedara focalizada en la parte representada, porque la orquesta y Jukka-Pekka Saraste estuvieron espléndidos. Hubo un ligero cambio de color acústico por la presencia de la tarima posterior, lo que contribuyó a cierta calidez, potenciada por una dirección que no renunció al matiz pese a una elegante —apolínea— columna vertebral, con unos graves muy presentes pero insertos en un estudio de las proporciones exquisito. Meritoria las actuación del concertino Teimuraz Janikashvilli, muy querido por el público de este auditorio.

Saraste dirigió una versión de la Primera de Sibelius simplemente admirable. Lo que más llama la atención es la falta de complejos del director finlandés al enfocar la obra desde una suerte de agitación romántica perpetua, cuando en la sinfonía ya se encuentran buenas dosis del Sibelius que mira al futuro; y es que esa intensidad logra algo complicado: dar unidad a la obra, y a la vez captar la atención de un público que de repente parece descubrir una sinfonía a la que en otras ocasiones simplemente faltaba el convencimiento, el compromiso y la idea, el clic que hace que se muestre.

Saraste supo no dejar nada a medias, desató el volumen cuando convenía (memorable la presencia del timbal) y difuminó algunos momentos de forma inesperada y maravillosa (final encomendado a las maderas del primer tema del segundo movimiento). El brucknerianísimo scherzo sonó impecable, siempre con un punto de tormentosa impaciencia, pero sin ninguna ampulosidad. La orquesta mostró el entusiasmo de las grandes noches, y la plenitud alcanzada hace desear que este grandísimo director repita pronto, aunque supongo que no será fácil.

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