España - Navarra

Aspirando a la perfección

Teresa Cascudo

martes, 26 de marzo de 2019
Pamplona, martes, 26 de febrero de 2019. Baluarte. Grigory Sokolov, piano. Ludwig van Beethoven: Sonata para piano núm. 3 en do mayor, Op.2 núm. 3; Once bagatelas, Op.119. Johannes Brahms: Seis piezas para piano, Op.118; Cuatro piezas para piano, Op.119.
Grigory Sokolov © Palau de la Música de Valencia, 2019

No hacen falta presentaciones. La reputación del pianista Grigory Sokolov empieza a presentar tintes de leyenda. Nacido en San Petersburgo en 1950, se formó en la muy sólida escuela pianística rusa y, hasta el colapso del comunismo, desarrolló su carrera al otro lado del telón de acero. Su manera de relacionarse con el arte tiene mucho que ver con esa doble experiencia rusa y soviética, un contexto que favorece un entendimiento de la música entendida como una experiencia trascendental, que bajo ningún concepto debería plegarse a las reglas del mercado o del espectáculo. Esto se corresponde con una actitud que va más allá de la aspiración expresada, por ejemplo, en la popular frase de Woody Alen en la película Annie Hall

You know how you're always trying to get things to come out perfect in art because it's real difficult in life. 

En el caso de Sokolov, su integridad artística, vehiculada a través de la simbiosis con el piano en el momento de cada recital, es sinónima de ese anhelo de perfección.

Por supuesto, uno de los aspectos esenciales del pianismo de Sokolov es su absoluto control de todos los elementos que forman parte esencial de la técnica pianística. Esto conlleva que, en su caso, da siempre la impresión de que todas y cada una de las notas que toca en cada recital han sido cuidadosamente sopesadas, pensadas y corporizadas por el músico. También los programas son tratados con el mismo cuidado, del que no está ausente alguna búsqueda de espontaneidad, que se traduce en su hábito de anunciarlos con poca antelación.

En lo que se refiere a esta temporada, Sokolov ha tocado en varias ciudades españolas una selección de piezas de Beethoven y Brahms que, tal como mostró en Pamplona, constituyen un díptico que se podría relacionar con las ideas de juventud y vejez. Sabemos que la Sonata op. 3 y las Bagatelas pertenecen, respectivamente, a esas dos fases de la vida de Beethoven. A su vez, esta sonata, en la que se detecta la influencia de Haydn, y este álbum que el compositor ofreció al público aficionado de su época presentan un cierto sabor juvenil, que contrasta con el carácter crepuscular de las piezas para piano op. 118 y 119 de Brahms. Así dicho, puede sonar a lugar común. Escuchado ese contraste en la sala de concierto, el resultado es extraordinario.

En la primera parte, Sokolov aplicó a la música de Beethoven la limpia articulación y la brilante sonoridad por la que sus interpretaciones de obras de compositores como Rameau o Bach al piano son unánimente aplaudidas. Esta caracterísitca también se manifestó en varias de las bagatelas, que, por otra parte, en otras de ellas, se transformaron en sus manos en imaginativos estudios de sonoridad pianística. Además, en ambos casos, otro de los rasgos que caracterizaron esta primera sección del recital, fue el perfecto equilibrio entre las partes y el todo, conseguido, no sólo mediante el adecuado orden del programa, sino con una sabia y efectiva distribución de los puntos de contraste y clímax. En la segunda parte, ofreció una aproximación serena a las piezas que forman parte de los opus. 117 y 118 de Brahms. Obras, como decía antes, crepusculares, se beneficiaron del talento de Sokolov para aclarar la intrincada textura brahmsiana, así como de su absoluto control de la digitación y la dinámica.

Como es habitual en sus recitales, hubo una tercera parte de bises en la que regaló a la audiencia seis piezas. Entre ellas, aparte de dos deslumbrantes incursiones en el catálogo de Rameau (Les Sauvages y Le rappel des oiseaux), me tocaron especialmente dos que extrajo del catálogo de Schubert: el cuarto impromptu del op. 90 y la Melodía húngara en si menor D. 817. Yo creo que imposible no escuchar el impromptu, que abrió la serie de bises, ignorando el efecto de la gravedad brahmsiana, lo cual acabó por poner de manifiesto el poder expresivo de su delicado cantabile y el cuidado con el que Sokolov construyó con ella una perfecta estructura en arco. En lo que se refiere a la nostálgica melodía húngara, Sokolov la tocó con la libertad rítmica y la sensualidad tímbrica que asociamos con el imaginario de la música popular.

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