España - Andalucía

Madurez y clase

Pedro Coco

lunes, 1 de abril de 2019
Sevilla, sábado, 2 de marzo de 2019. Teatro de la Maestranza. Ramón Vargas (tenor), Mzia Bachtouridze (piano). Canciones y arias de Liszt, Chaicovski, Rachmáninov, Tosti, Denza, Mascagni, Respighi, Rossini, etc.
Ramón Vargas © by Iberkonzert

Cantaba por primera vez en el Teatro de la Maestranza una de las figuras indiscutibles del panorama tenoril de finales del siglo XX y comienzos del XXI, que con gran inteligencia y una casi siempre adecuada elección de roles ha sabido mantenerse en las tablas durante más de treinta años. Sin duda, una de las máximas de su carrera ha sido siempre la paciencia; nunca ordenar nada a su voz, sino seguirla naturalmente en su evolución, lo que le ha permitido ampliar el repertorio de manera escalonada sin perder jamás flexibilidad o extensión, algo que demostró en 2006 con un espléndido Idomeneo tras haber ya encarnado a Don Carlo o Rodolfo de Luisa Miller.

A diferencia de otros colegas de cuerda con los que comparte repertorio, Ramón Vargas se permite, quizás por su especial sensibilidad musical, configurar programas donde la ópera cede protagonismo al intimismo de la canción y, desde sus inicios, sus recitales están salpicados de composiciones de cámara sin perder de vista los roles que mayores satisfacciones le han proporcionado en escena.

En este caso, no se rompía la tradición y se comenzaba el recital con los Sonetos de Petrarca de Liszt, obra de considerable extensión nada fácil de defender y que requiere una gran variedad de acentos; el tenor supo imprimirlos desde la primera frase, además de demostrar un control de la respiración de todo respeto.

Sin problemas de proyección, aunque ciertos lunares en las medias voces, emocionó posteriormente con un Lenski de Eugene Onegin cuya tragedia adquiere en su cálida voz mayor dimensión. Tras esta, dos breves, populares y expresivas canciones de Rachmáninov, que el mismo Vargas se encargó de presentar iniciando un cercano diálogo con el público para, principalmente, justificar la configuración del variado programa.

La segunda parte estuvo íntegramente dedicada al repertorio italiano, con acentos más extrovertidos en general y una línea de canto más sólida y segura. Principalmente fueron obras de finales del XIX y principios del siglo XX y pasó con maestría del intimismo de “À vucchella” a la pasión arrebatadora de “L’alba separa dalla luce l’ombra”, siempre con gran seguridad en el registro agudo, donde se reconoce al pletórico Vargas de siempre, y una musicalidad que desarma.

En las propinas, una de las más redondas interpretaciones de la noche: el “Lamento di Federico” de L’Arlesiana, con una estudiada progresión dramática, que dio paso a la música mexicana de Ponce y Grever que todos esperaban como despedida.

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.