Artes visuales y exposiciones

Mark Rothko, la utopía del absoluto pictórico

Juan Carlos Tellechea

lunes, 1 de abril de 2019
Mark Rothko © 2019 by Hatje Cantz Verlag

Mark Rothko (1903-1970), uno de los artistas plásticos más importantes del siglo XX, pionero de la pintura de los campos de color, es objeto en estos meses (del 12 de marzo al 30 de junio) de una muy interesante retrospectiva en el Kunsthistorisches Museum de Viena.

La muestra, la primera de este tipo en Austria, ha reunido más de 40 obras destacadas del artista, nacido en Letonia y muerto por suicidio en Estados Unidos, donde vivió y trabajó la mayor parte de su vida. El catálogo de 185 páginas de la editorial Hatje Cantz de Berlín fue preparado por los comisarios de la exhibición, los historiadores de arte Sabine Haag y Jasper Sharp.

Rothko, pintor y grabador, ha sido asociado muchas veces con el movimiento contemporáneo del expresionismo abstracto, pese a que en varias ocasiones rechazó esta categorización por considerarla alienante. Inició su carrera en 1925 más o menos como autodidacta en Nueva York. En la década siguiente, las adaptaciones figurativas de la pintura europea, de Eduard Manet, Henri Matisse, Pablo Picasso, de los surrealistas y también de los pintores de la Antigüedad, marcaron su siguiente evolución.

Con el transcurso del tiempo, y de forma paulatina, se pudo ver en su obra un enfoque temático, al centrar cada vez más su interés en el espacio detrás de las figuras. También la paisajística romántica fue importante para Rothko, como por ejemplo la de Caspar David Friedrich. Dividía muchas veces el fondo de la imagen en áreas abstractas, mientras que en otras oportunidades lo profundizaba con colores oscuros y brillantes en un infinito espacial.

En torno a 1940 realizaba una pintura muy similar a la de Barnett Newman y Adolph Gottlieb, próxima al surrealismo y plagada de formas biomórficas. A mediados de esa década, comenzó el desarrollo decisivo de Rothko: el primer plano también se convirtió en un campo de color abstracto de modo que éste y el fondo alcanzaban iguales niveles de percepción.

Desde 1947 los formatos fueron cada vez más grandes, y las áreas con capas finas de color distribuídas en ellos brindaban al espectador la experiencia de un espacio cromático escalonado que en particular debía trascender también el ámbito situado frente a las imágenes.

Con el paso de los años, la mayoría de sus composiciones tomaron la forma de dos rectángulos confrontados y con bordes desdibujados por veladuras. La retrospectiva de Viena exhibe obras abstractas importantes, así como las primeras pinturas figurativas del artista.

Fueron frecuentes esos grandes formatos que envolvían al espectador, con la finalidad de hacerle partícipe de una experiencia mística, ya que Rothko daba un sentido religioso a su pintura.

Al final de su vida sus cuadros son de tonalidades oscuras, con abundancia de marrones, violetas, granates y, sobre todo, negros. Corresponde a esta época la Capilla Rothko de la familia De Menil, en Houston, un espacio de oración donde catorce cuadros rodean un recinto octogonal dedicado a la meditación.

Especialmente para trabajos comisionados para ciertos lugares, como el conjunto de los Murales de Seagram, que fueron diseñados para un restaurante, resultaba especialmente muy sugerente el alcance fuera de los campos de color en el espacio real. Como si fueran los pilares de un templo, los campos de color de un resplandor oscuro parecían abrirse en un fondo casi negro y atraer la mirada del observador.

Los comisarios hicieron todo lo posible aquí por acercarse a la idea de Rothko sobre el efecto sugestivo de sus pinturas: las luces tenues de los pasillos o la presentación de imágenes individuales en nichos similares a capillas para mantener la mirada lejos de cualquier distracción.

Como Rothko se mostraba siempre reacio a hablar sobre su labor, y el silencio fue de todos modos el mejor comentario sobre ella, los comisarios Sabine Haag y Jasper Sharp optaron por prescindir de textos informativos sobre las paredes para que las obras pudieran ser contempladas y admiradas sin el influjo de esas descripciones.

El Kunsthistorisches Museum de la capital austríaca reune en sus fondos 5.000 años de creación artística de la Humanidad, desde el Antiguo Egipto hasta el Barroco del siglo XVIII. Desde hace poco la institución muestra también obras del siglo XX en sus salas.

La exhibición de Rothko, quien pasó toda su vida estudiando el arte antiguo (comenzando por las colecciones del Metropolitan Museum de Nueva York) y visitándolo una y otra vez en largos viajes por Europa (París, Londres, Venecia, Arezzo, Siena, Roma, Pompeya y Florencia; nunca estuvo el Kunsthistorisches Museum de Viena), encaja como con un guante de seda dentro de este nuevo concepto de sus organizadores por profundizar en su creación y al mismo tiempo por atraer a un gran número de visitantes, asegurándose así una buena fuente de ingresos.

La impresionante penumbra áurica que rodea los cuadros preserva al público de cuestiones críticas de otro tipo con las que Rothko siempre se vió confrontado en vida. Se sentía permanentemente molesto por la preocupación de que su pintura, supuestamente absoluta, que resumiría toda la historia del arte, era considerada por muchos críticos como simplemente ilustrativa o decorativa. La difuminación de las superficies de color con pintura muy diluida sobre los lienzos era objeto de burla por parte de algunos especialistas que la tildaban de teñido de textiles. Esto último le causaba gran desazón. Al parecer, un episodio de depresión, derivado de esa pesadumbre e inquietud, combinado con el abuso del alcohol y de antidepresivos, llevaron a su repentina muerte el 25 de febrero de 1970 en Nueva York a la edad de 66 años.

La pintura de Rothko se ha nutrido invariablemente de esa tensión por mantenerse levitando entre lo objetivamente reconocible y lo subjetivamente experimentable con el fin de eludir así cualquier interpretación más o menos profunda sobre ella. Contribuyeron a esa aureóla los increíbles precios que alcanzaron algunas veces en las subastas los cuadros de este pintor, convirtiéndolo en uno de los más caros del siglo XX. Sin embargo, el Kunsthistorisches Museum de Viena ni siquiera en el catálogo tienta una evaluación distanciada de esta obra y de su recepción, cosa que ocurre ya desde hace largo tiempo en los museos de arte moderno de todo el mundo.

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