España - Valencia

Tan como siempre

Rafael Díaz Gómez

miércoles, 3 de abril de 2019
Valencia, sábado, 9 de marzo de 2019. Palau de la Música, Sala Iturbi. Orquesta Sinfónica del Teatro Mariinski de San Petersburgo. Daniil Trifonov, piano. Valery Gergiev, director. Richard Wagner: Lohengrin (preludio). Sergei Rachmáninov: Concierto para piano nº 1 en fa sostenido menor, op. 1. Piotr Illich Chaicovsqui: Sinfonía nº 5 en mi menor, op. 64.

La orquesta del Mariinski suena a foso, que en este caso no quiere decir otra cosa que le cubre una pátina a la vez transparente y espesa de vocación teatral, un telón de boca arrebujado que en el preludio de Lohengrin van rasgando los instrumentos en un único y sucesivo aliento, con una una acuciante necesidad de contarnos, de tocarnos, necesidad física, dramáticamente sensual, envolvente, hasta que ya no hay pátina ni telón, sólo carnalidad sonora en infinitas texturas.

Esta experiencia ya es suficiente como para que haya merecido la pena la asistencia a la sala. Pero habrá que esperar a la segunda parte de la velada para recuperar la misma altura. Muestra mucha cintura Gergiev en el juvenil primer concierto de Rachmáninov. Maneja los tiempos con flexibilidad, controla los volúmenes y lustra los timbres. Hace que se aprecie en la obra una modernidad que encuentra su valor en sí misma, no en lo que tiene de embrionario para futuras evoluciones del lenguaje del compositor. Y la coordinación con la terrible parte solista es escrupulosa. Sin embargo, Trifonov, que parece que no se deja ni una tecla olvidada, no da la sensación de ofrecer mucho más que un puro mecanismo de agilidad. Sólo en la cadencia del primer movimiento se escuchan alternativas a la monotonía cromática de los ataques; sólo en el segundo la expresividad de los fraseos despierta cierto interés. Sin cambiar de compositor, tampoco el arreglo (desconozco cuál de ellos) de su Vocalise, escapa de un tedio no apto para diabéticos.

Tras el descanso, la Quinta de Chaikovsqui, partitura que la orquesta entera podría tocar con los ojos cerrados, simplemente escuchándose unos atriles a otros. Y si el público también los cierra (Iolanta se está ensayando en el vecino Palau y lo mismo extiende su influjo), así quizás crea que sucede. Lo que ya ocurriera en el preludio de Lohengrin se extiende a los cuatro movimientos de la sinfonía: están, con sus peculiaridades, tensados en el mismo arco. Hay encaje, hay opulencia, encontramos ese anhelo que raya en la codicia, el drama, el desamparo, el baile, el orgullo y la fiesta. Gergiev construye, moldea, oxigena, nos hace cantar. Resulta exigente y flexible. Todo esto lo sabemos. Él y su formación nos lo han demostrado muchas veces. Pero no deja de sorprendernos. Reina la empatía. Y la Berceuse y el Final de El pájaro de fuego cierran una velada suntuosa y feliz. Entre otras cosas porque creemos que de alguna forma similar el acontecimiento se repetirá y todos volveremos a estar ahí. Tan seguros. Tan como siempre.

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