Reino Unido

Covent Garden: Con el fantasma de Haendel en el sótano

Agustín Blanco Bazán

miércoles, 10 de abril de 2019
Londres, viernes, 29 de marzo de 2019. Royal Opera House (ROH) en el Linbury Studio Theatre. Berenice. Ópera en tres actos con libretto de Antonio Salvi y música de George Frideric Haendel. Regisseur: Adele Thomas. Escena: Hannah Clark. Adaptación: Selma Dimitrijevic. Iluminación: D.M. Wood. Director de movimientos: Emma Woods. Berenice: Claire Booth. Selene : Rachael Lloyd. Alessandro : Jacquelyn Stucker. Demetrio: James Laing. Arsace: Patrick Terry. Fabio: Alessandro Fisher. Aristobolo: William Berger. London Haendel Orchestra bajo la dirección de Laurence Cummings.
Claire Booth © 2019 by Clive Barda

Justo antes de dirigir el estreno de su Berenice en el Covent Garden Haendel tuvo un infarto, pero la administración del teatro decidió presentar de cualquier manera este regocijante y negro vaudeville político donde Berenice (reina de Egipto) y su hermana Selene no dejan intriga sin tejer en su disputa por los favores de un tal Demetrio, que ama a Selene y no sabe como sacarse de encima a Berenice. Después aparece el nobilísimo y recto príncipe romano Alejandro, que Berenice desprecia, pero con el cual termina casándose, admirada por su rectitud y temperancia. Selene se queda finalmente con Demetrio y quien termina perdiendo es Arsace un desopilante príncipe medio bobo que Berenice quiere encajar a su hermana. Y También hay dos geniales cortesanos: Aristobolo, consejero de Berenice y Fabio, un enviado de Roma.

Estos personajes poblaron la primera sala del Covent Garden por solo tres funciones en 1737. Después Berenice desapareció de este teatro para siempre, o por lo menos hasta su exhumación este marzo del 2019. Sólo que este acontecimiento no tuvo lugar en la sala principal, la tercera desde tiempos de Haendel, sino en un moderno auditorio en las profundidades del predio.

El Linbury, cuyo techo está a la altura del primer subsuelo del Covent Garden, fue construido durante la gran renovación del teatro y sus foyer realizada a fines del siglo pasado, y para llegar a la platea hay que bajar dos pisos más de localidades. Las luchas contra las napas de agua que permitieron la construcción de esta maravilla ya son leyenda.

Y el nombre no es un acertijo de cábala, sino un amalgama del apellido de Lord Sainsbury y su esposa Anya Linden, dos ricachones ante los cuales se inclina todo el Reino Unido y que obviamente gozan al ver su nombre por todos lados. La National Gallery, por ejemplo, tiene un Sainsbury Wing, y los que no se interesan por las artes se encuentran con Sainsburys en la cadena de supermercados que lleva su nombre.

Cuando en el 2014 se decidió una nueva gran renovación del Covent Garden para elevarlo de mero teatro de ópera a centro cultural, la necesidad de rehacer el Linbury pasó a ser prioridad, porque este study theatre o sala experimental, era…demasiado experimental. Todo parecía suspendido de un andamio, y las plateas eran simplemente una tribuna frente a un tablado. La nueva reforma ha resultado en una originalísima sala de herradura en madera y con asientos mucho más cómodos frente a una escena que sigue siendo un tablado: sin telón y con todas las tramoyas a la vista.

El resultado arquitectónico es de gran sugestión: es como si una sala tradicional se abriera a una escena de negrura mítica, que para la exhumación de Berenice hizo de contraste a una puesta tan simple como vistosa consistente en un gran semicírculo de sillones verdes con personajes en calidoscópicos vestuarios de inspiración barroca. ¿Puesta tradicional, entonces? No, porque los personajes no se consumieron en manierismos bobalicones sino que actuaron la música al extremo, veces con ternuras o abandonos de cómica exageración (hasta llegaron a franelear y montarse sobre dos esfinges en los extremos de la hilera del sillón) pero sin perder algo ínsito en cualquier Haendel a saber: la contención y la parsimonia. También gesticularon los acordes abruptos como si fueran muñecos avivados con un botón, para desaparecer como saltimbanquis detrás de los sillones cada vez que la partitura les indicaba, con típica resolución haendeliana que su aria o sus gorgoritos había terminado. Pero todo esto con parsimonia.

La vital actualidad teatral de esta producción fue realzada por una perceptiva filosofía transgenérica: como en tiempos de Haendel, los productores expusieron a los caracteres resaltando una masculinidad-feminidad sin afiliación sexual determinada. Es así que la feroz masculinidad de Berenice y Selene contrastó con la pasividad de un Demetrio que, como tan frecuentemente ocurre con la realeza es un macho bobo traído de un lado a otro por mujeronas con autoridad. Y por encima de todos se destacó el amaneramiento del pobre Arsace, irreprimiblemente cómico en su actitud de obsecuencia al poder y siempre tratando de seducir o agradar a todo el mundo con mímica reminiscente de Marcel Marceau.

La excelencia de ejecución orquestal y calidad de canto fueron como sólo en Londres cuando se hace Haendel en serio. Pareciera que el espíritu teatral del compositor siguiera vagando como un fantasma en las profundidades del teatro que habitó durante tanto tiempo. Al frente de la incisiva London Haendel Orchestra Laurence Cummings exploró la articulación y el color de la partitura con similar percepción a lo que hizo Claire Booth con las posibilidades expresivas de cada frase, en un papel protagónico que cantó sin dejar trino o coloratura sin cincelar en una partitura admirable, de las mejores escritas por el compositor. Y las mismas virtudes van para el resto. ¿Para qué nombrarlos aquí si ya lo he hecho en la ficha técnica? Sería desmerecerlos el no volverlos a mencionar a todos.

Salvo, tal vez, en el caso del Arsace de Patrick Terry, un alumno del programa de estudios Jette Parker para artistas jóvenes, que supo responder con insuperable desparpajo a las instrucciones de la regisseur para el desopilante Arsace. Una alumna del Jette Parker, Jacqueline Stucker, interpretó con firme voz lírica el único personaje que la regisseur quiso presentar como serio, el virtuoso Alejandro. Sólo que esta seriedad se descubrió como un truco que solo saltó al final de esta caja de sorpresas. Una vez acabada la obra, y en una sala totalmente a oscuras, una inscripción sobre el telón negro de fondo anunció lo que seguramente el público de la época de Haendel sabía bien: Alejandro mandó a matar a Berenice después de dieciocho días de matrimonio.

Y enseguida volvieron las luces para mostrar, en cuadro vivo, a todos los personajes inmóviles y con las mandíbulas desencajadas por esta novedad.

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