Ópera y Teatro musical

Salir del gineceo

Joan Matabosch

martes, 16 de abril de 2019

Coincidiendo con la presentación de la nueva temporada 2019-20 del Teatro Real, su Director Artístico, Joan Matabosch, ha publicado este artículo sobre la nueva temporada, que reproducimos por cortesía del Teatro Real de Madrid. 

De alguna manera, el dilema del personaje de Aquiles en Achille in Sciro, de Francesco Corselli -obra maestra del barroco español que se recuperará en una nueva producción del Teatro Real-, se extiende a toda la temporada 2019-2020: “el dilema que todo hombre experimenta en cierto momento de su vida y que implica elegir entre perseverar en su propio ser (apartado, autosuficiente, estéril para la comunidad) o integrarse en la polis ejecutando una acción útil”, como escribe el filósofo Javier Gomá. Este es el dilema de Aquiles, que tiene que decidir entre ser un dios inmortal en Esciros o el mejor de los mortales en Troya; es decir, entre prolongar la adolescencia apartado en su gineceo o compartir el destino común de los hombres, responsable, heroico y mortal. 

Éste es también el tema de La flauta mágica, de Wolfgang Amadeus Mozart, cuando Tamino se debate ante el reto de asumir su propia responsabilidad como hombre adulto. Es decir, entre seguir siendo alguien que se limita a reaccionar ante los impulsos primarios de comer, beber y reproducirse, como Papageno; o dar el paso de conocer y de asumir principios y sentimientos espirituales. Como Aquiles, Tamino acaba aprendiendo a entender el sentido del mundo que habita y, en este proceso, se convierte plenamente en un hombre. El individuo abandonado al instinto -Papageno- no es maligno, pero no es todavía plenamente un hombre. Papageno es solo astuto, Tamino es sabio; Papageno tiene el instinto de aparejarse y reproducirse, Tamino además, ama. A lo largo de los ritos iniciáticos de La flauta mágica, el hombre “natural” se va a convertir en un hombre espiritual, en el cual la razón, el amor, el coraje y la lealtad van a sustituir al instinto, al miedo, a la tiranía y a la sumisión. “¿Qué es la Ilustración?”, se preguntaba Immanuel Kant en 1786. Y ésta era su respuesta: “La Ilustración es la salida del ser humano de su minoría de edad”. 

Otro personaje que, siendo originariamente una semidiosa inmortal, va a afrontar su propio viaje iniciático y finalmente va a tomar la decisión de unirse a los hombres, es Brünnhilde, en La valquiria. Como decía Anja Silja, una de sus grandes intérpretes, “Brünnhilde está entre los dioses y los hombres. Finalmente optará por unirse a los hombres, compartir sus emociones. Deja de ser una herramienta del dios Wotan para, a través de su propia experiencia, convertirse en un personaje que padece, por amor, por aburrimiento, por venganza”. Opta por ser humana y por ser mortal, como Aquiles al abandonar el gineceo, diciendo adiós a la adolescencia y uniéndose a los griegos que van a luchar contra los troyanos. 

Éste es también el tema nuclear de Lear de Aribert Reimann. En su caso se trata de un soberano que ha vivido encerrado en una especie de gineceo, ajeno a la realidad y poseído por el orgullo irresponsable de un adolescente que se niega a crecer. Será la imprudencia de exigir la adulación de sus dos hijas mayores y de actuar en función de las vácuas lisonjas que le profesan, lo que llevará al rey Lear a darse de bruces con la realidad, con la verdadera cara del destino humano, ya abandonado ese gineceo de la irresponsabilidad que pueden permitirse los adolescentes y los poderosos: un mundo sin corazón, de una ambición desmedida, presidido por el egoísmo y la traición. A pesar de que ese trágico conocimiento del mundo le vaya a suponer pagar el precio de una inmensa desilusión, la clarividencia que le otorga su nueva situación le permitirá encontrar finalmente la redención, la paz y el reposo. También para Lear ha valido la pena el esfuerzo doloroso y traumático de salir del gineceo. El rey Lear es, en la ópera de Reimann, más aún que en texto original de Shakespeare, un personaje abrumado por su error culpable que ya solo aspira al reposo, a un reposo que se dilata a través de la acción dramática hasta la escena final. 

Decía Sigmund Freud sobre el personaje del rey Lear que se trata de un hombre agonizante ante quien su hija menor, Cordelia, la única que le ha sido fiel, se le asemeja a una diosa de la Muerte, a una valquiria que -escribe Freud- “aconseja al anciano a renunciar al amor, escoger la muerte, familiarizarse con la necesidad de morir”. Por eso, en su relación con Brünnhilde, el Wotan de la Tetralogía recuerda en tantos aspectos al rey Lear. De la misma manera que Lear exilia lejos de él a Cordelia, su hija más querida, que no se ha plegado a sus deseos, Wotan se separa de su hija más querida que también le ha desobedecido. Y tanto en el caso de Cordelia como en el de Brünnhilde, esta ruptura del padre con la hija, profundamente dolorosa, está acompañada de la unión subsiguiente de la hija con un hombre: el rey de Francia, en el caso de Cordelia, y Siegfried, en el caso de Brünnhilde. Y en ambos casos la ruptura precede a la condena del padre a errar por la tierra, a perder toda capacidad de influencia directa sobre el mundo, pese a haber sido antaño un rey o un dios; y todo acaba en el desastre final de la tragedia de Shakespeare y en el crepúsculo de los dioses en Wagner. Tanto Wotan como Lear han alterado el equilibrio interno del sistema arcaico y han dado paso al caos: a la inversión de los valores, a las luchas fratricidas, al imperio del odio, la codicia y el despotismo; a la vulneración de las antiguas leyes divinas, humanas o naturales, y a la destrucción del mundo. Dice Calixto Bieito que “Lear es un padre tirano que reina sobre un sistema basado en el miedo”. Por eso explota el sistema cuando el tirano se desprende del poder. 

Incluso la protagonista de La pasajera, de Mieczysław Weinberg, Liese, merece formar parte de la misma lista. También ella se ha instalado cómodamente en un gineceo para intentar evitar tener que asumir su propia responsabilidad en las atrocidades en las que ha participado durante el holocausto. 

En definitiva, Aquiles (Achille in Sciro, de Corselli), Tamino (La flauta mágica, de Mozart), Brünnhilde (La valquiria, de Wagner), Lear (Lear, de Reimann,) y Liese (La pasajera, de Weinberg) nos acaban explicando lo mismo: a pesar de tener que sufrir y que morir, vale la pena salir del gineceo y asumir la responsabilidad de ser un hombre o una mujer. Dejar atrás el caparazón protector frente al mundo y enfrentarse a él, atreverse a mirar al mundo a la cara con sentido del deber, es decir, renunciar a la protección de la condición divina y optar por lo humano. Trascender la tranquila existencia de lo material y aspirar a lo espiritual. 

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