Artes visuales y exposiciones

De cómo el joven Pablo Ruiz devino en Picasso

Juan Carlos Tellechea

lunes, 15 de abril de 2019
Picasso: The Blue and Rose Periods © 2019 by Hatje Cantz Verlag

Miles de personas peregrinan a diario en estos meses a la helvética Fondation Beyeler de Riehen, en el cantón de la ciudad de Basilea, para admirar la extraordinaria exposición Der junge Picasso-blaue und rosa Periode (El joven Picasso-períodos azul y rosa), un verdadero imán de público, que se extiende desde el 3 de febrero hasta el 26 de mayo próximo. Acudieron a verla ya casi 200.000 visitantes.

La muestra se ha convertido en una auténtica fiesta del arte, con un presentación paralela titulada Beyeler Collection / Picasso Panorama, con 30 obras de los fondos de esta fundación, así como un amplio programa cultural que incluye también actuaciones de arte flamenco. El precioso catálogo de 300 páginas y 171 ilustraciones* fue publicado en tres idiomas (alemán, francés e inglés) por la editorial Hatje-Cantz de Berlín.

La exhibición comienza con esas primeras obras del joven Pablo Ruiz Picasso de 1901, creadas inicialmente en Madrid y después sobre todo las de su segunda estancia en París. Éstas, colgadas cronológicamente en las espléndidas salas, cumplen con lo que prometen: explicar cómo aquel talentoso veinteañero se convertiría en el gran Picasso. Las influencias de Vincent van Gogh, de Henri Toulouse-Lautrec y de Paul Gauguin se advierten en su exuberante colorido, combinado con esa forma personal de ver París y el elegante mundo de la Belle Epoque.

El dolor y la tristeza que le produjera el suicidio el 17 de febrero de 1901 de su amigo Carles Casagemas, a quien había conocido dos años antes en la cervecería barcelonesa Els Quatre Gats, bastión de la bohemia modernista, y con quien había viajado en 1900 por primera vez a la Ciudad Luz para ver la Exposición Universal, marcaría el comienzo de su melancólico período azul. Éste es precisamente el color que domina hasta 1904 la gama cromática de sus pinturas, con el cuadro alegórico El entierro de Casagemas como exponente principal de ese tránsito. La división del espacio del cuadro en dos partes, tierra y cielo, cuerpo y espíritu, evoca la del Entierro del Conde de Orgaz, de El Greco (1541-1614).

En 1904 conocerá al primer amor de su vida, Fernande Olivier, con quien permanecerá en relación libre hasta 1910. Después, en 1905 le sucederá el denominado período rosa, por la correspondiente tonalidad predominante en sus imágenes, verbigracia La familia de saltimbanquis. En consecuencia y siguiendo esta lógica, las primeras obras, anteriores a estas dos fases mencionadas, deberían ser llamadas las de su período colorido.

El joven Pablo Ruiz Picasso era un don nadie cuando con 19 años llegó por primera vez a Paris, pero no tenía dudas de que las cosas iban a cambiar a su favor y muy rápidamente. Yo, Picasso marca con su impronta el autorretrato (1901) en el que muestra su frente al espectador y también a los gigantes de la vanguardia de la época con espíritu alegre, pleno de color y seguro de su triunfo.

Picasso cambia de estilo de forma rápida y segura. Evita las españoladas, las pinturas folcloristas de género español, como se las esperaba en París de parte de un pintor venido de la provincia catalana. En su lugar, se lanza de lleno a la vida de la ciudad y se convierte en él mismo, fascinado por todo lo erótico, los bares, cabarets y burdeles de Montmartre. Las bebedoras, la mujer de alterne con enorme escote y senos prietos, y La (fantástica) Gomosa. con pechos flácidos y mirada brutal, no son las prostitutas extintas de Toulouse-Lautrec. Ellas también son profesionales, cansadas del deseo, aunque no han perdido su dignidad, su ira y su lujuria.

El público reaccionaba, sin embargo, con reserva. Aunque Picasso se vendía aquí y allá, no se cumplía su deseo de lograr un avance decisivo. Mas la muerte de Casagemas le significó una ruptura creativa, el comienzo del período azul. Las imágenes de esa época cuelgan de los muros de la sala más grande de la exposición. Las mujeres que beben se convierten en sufrientes madonas y en sus copas se desvanece el verde tósigo del licor de ajenjo. Desde otro autorretrato, pintado solo unos meses después del primero, un Picasso vulnerable e introvertido observa su entorno. Desde las imágenes de los hambrientos y abandonados, la sensualidad ha desaparecido con la coloración, dando paso a lo alegórico y formal. En este tiempo (1902) no podía comprar lienzo, y debía limitarse a dibujar.

Incluso cuando uno intuye que Picasso se ha movido no solo vigorosamente en la cazuelilla de color azul, sino también en el tambor de la comercialización del pintor melancólico, uno se da cuenta de que la vida se agita, y mucho bajo el azul azabache. La mujer con la bufanda, torcida en su celda, no está resignada, sino enojada; y el ojo blanquecino de La Célestina (Carlota Valdivia), la casamentera semiciega, persigue al espectador por unos metros. El color es sólo un envoltorio. Hay algo que está en ebullición detrás de todo esto. La vida (1903) es un cuadro emblemático de este período.

Al principio solo mostraba modestia. El simbolismo se va, y con él las personas genuinas regresan a los lienzos y cartones que Picasso, en ese momento sin dinero, pintaba como un obseso; era un trabajador incansable e incombustible. También le da la espalda a los hospitales y prisiones donde previamente había buscado a sus súbditos, y ahora pinta a Madeleine, su amante, que aparecerá en varios dibujos y pinturas como La mujer del acróbata (hoy propiedad del Instituto de Are de Chicago) e inspirará el tema de La famila Arlequín (1905), los personajes del circo.

La paleta también se ilumina, pero el delicado color rosa, que ahora está amaneciendo y le da nombre a este nuevo período, no es necesariamente signo de un nuevo entusiasmo por la vida. Por el contrario, héte aquí que el contraste entre el cuerpo agraciado y sensual  y el rostro repelente y duro de la Femme en chemise es brutal.

Difíciles son los hijos de los arlequines. En el gouache Comédien et enfant (1905), el padre pone sus manos sobre su hijo con infinita ternura. Sin emargo, ambos con cara seria miran en diferentes direcciones, como si no tuvieran nada que ver el uno con el otro. Ningún otro grupo, antes o después, ha sido tan sobrecogedor como éste que tiene un poder psicológico y una belleza tan conmovedora como las imágenes que aparecieron alrededor de 1905.

Del 25 de febrero al 6 de marzo de 1905 Picasso expuso en la Galería Sérurier sus primeras telas rosas. La crítica habló del anuncio de una transformación luminosa de su talento; tras el dramatismo de la época azul, Apollinaire describió las obras del período rosa en la Revue immoraliste: Bajo los oropeles destellantes de sus saltimbanquis, se siente verdaderamente la piedad de las gentes del pueblo, versátiles, astutos, mañosos, pobres y mentirosos.

Picasso parecía amar aquello para lo que no estaba hecho, aquello que era diferente a él: los gitanos, las corridas de toros, los cabarés turbios, los payasos y el mundo del circo; amaba y se sumergía con delicia en todo aquello que tenía un color local violento, relataría tiempo después Fernande Olivier.

En la primavera del mismo año pintaría una de sus principales obras de ese año, La familia de saltimbanquis, una clara evolución hacia la época rosa; un paisaje desnudo y desdibujado en el que se enmarcan aisladas las figuras tan bien dibujadas y estilizadas de los titiriteros, personajes marginales cuya vida solitaria impresionaba a Picasso.

El legendario comerciante de arte parisino Ambroise Vollard (1865-1939) debió haberlo visto y comprar hasta dejar vacío el estudio de Picasso. Una tarde, tras abandonar el Cirque Médrano con su amigo el poeta Max Jacob, Picasso decidió modelar su cabeza en barro, y conforme trabajaba la pieza en los siguientes días, añadió el sombrero y cascabeles de un bufón, al estilo de los personajes circenses. La pieza fue llamada El loco (cabeza de arlequín) (Museo Picasso, París) que Vollard consiguió que fuera fundida en bronce.

Picasso viajaría a España, inspirado por el dinero, el reconocimiento y su nueva amante. Primero estuvo con Fernande en Tiana, en la provincia (al noreste) de Barcelona, donde la presentó a amigos y parientes; y en el verano en Gósol (Lérida). Allí en la simplicidad de ese pueblo pirenáico sucedió lo que marcaría su vida hasta el final: descubriría el cuerpo y se daría cuenta de que no necesita la ropa, los tejidos, los temas y las historias para pintar. Solo necesitaba la carne al desnudo.

Todo el dolor, toda la dureza desaparecieron repentinamente de las figuras; las mejillas y brazos aún delgados son más redondos y proporcionados. Es como si Picasso bombeara sangre a sus organismos. Las mujeres y los hombres en rosa tienen un aspecto sano, puro e inocente. Como podemos ver Picasso, tras una larga búsqueda, terminaría por encontrar su punto cero, su material básico en el arte: el cuerpo.

Ahora tendrá que explorarlo, lo estirará y lo comprimirá, lo desarmará y lo volverá a ensamblar, lo diseccionará en movimiento y, como el cuerpo es infinito en su plenitud, pinta, modela y dibuja desde muchos lados al mismo tiempo. Así pasará al protocubismo y se convertirá en Picasso, cuyo ímpetu evolutivo convertiría al pintor en un artista innovador.

La nómina de sus cuadros y de quienes los han cedido para esta exposición se leen como las alineaciones de los grandes del fútbol mundial (Real Madrid, Barça, Bayern Múnich, Paris Saint-Germain). Uno o dos Picassos cuestan tanto como un Neymar da Silva Santos Júnior (1992), solo que sus cuadros son más estables y eternos. Valga mencionar la impresionante suma asegurada para esta exposición de la Fondation Beyeler que asciende a unos 4.000 millones de francos suizos, equivalentes a la misma cifra en euros.

Notas

Picasso: Blaue und Rosa Periode. Hrsg. Fondation Beyeler, Raphaël Bouvier, Texte von Claire Bernardi, Raphaël Bouvier, Laurent Le Bon, Marilyn McCully, Stéphanie Molins, Emilia Philippot, Gestaltung von Silke Fahnert, Uwe Koch. Deutsch: ISBN 978-3-7757-4504-8. Englisch: ISBN 978-3-7757-4505-5. 2019. 300 Seiten, 171 Abb. Gebunden: 27,40 x 31,00 cm. 60,00 EUR

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