España - Madrid

Lamparilla apretó a todo correr

Germán García Tomás

miércoles, 17 de abril de 2019
Madrid, miércoles, 3 de abril de 2019. Teatro de la Zarzuela. El barberillo de Lavapiés. Zarzuela en tres actos. Música: Francisco Asenjo Barbieri. Libreto: Luis Mariano de Larra. Dirección de escena y adaptación del texto: Alfredo Sanzol. Escenografía y vestuario: Alejandro Andújar. Iluminación: Pedro Yagüe. Coreografía: Antonio Ruz. Reparto: Borja Quiza (Lamparilla), Cristina Faus (Paloma), María Miró (Marquesita del Bierzo), Javier Tomé (Don Luis de Haro), David Sánchez (Don Juan de Peralta), Abel García (Don Pedro de Monforte). Coro del Teatro de la Zarzuela (director: Antonio Fauró). Rondalla Lírica de Madrid “Manuel Gil” (director: Enrique García Requena). Orquesta de la Comunidad de Madrid. Dirección musical: José Miguel Pérez-Sierra. Ocupación: 95%
El barberillo de Lavapiés © Teatro de la Zarzuela, 2019

Siempre es todo un acontecimiento el retorno de uno de los títulos más señeros y representativos de nuestra lírica como El barberillo de Lavapiés al escenario en que vio la luz en diciembre de 1874. Tras más de una década desde el transgresor y discutido montaje firmado por Calixto Bieito, que dividió a puristas y aperturistas, el Teatro de la Zarzuela en esta nueva producción ha apostado por lo seguro, por la discreción de lo tradicional, en un planteamiento que vuelve a resucitar la más pura esencia del casticismo madrileño que define a la obra original de Francisco Asenjo Barbieri, zarzuela de género grande con la que el compositor consiguió liberar finalmente a la lírica española del fuerte yugo de la influencia operística italiana para decantarse por un modelo de zarzuela netamente hispánica, con el sustrato de la música popular por bandera, y que enriquece por doquier la partitura. Una música cuyas retentivas y fáciles melodías conectan inmediatamente con el público a través de toda su frescura, elegancia y refinamiento, perfecto engranaje para la fuerte carga política del libreto del genial Luis Mariano de Larra, que, por otro lado, no ha perdido ni un sólo ápice de actualidad.

La propuesta llega de la mano del director de escena Alfredo Sanzol, que sitúa a los personajes en su época histórica, apoyándose en la magnífica colaboración de Alejandro Andújar, que los viste con unos coloridos ropajes goyescos del siglo XVIII, y que firma también una sobria escenografía que permite hacer volar la imaginación del espectador a la hora de evocar ese Madrid conspirador de Carlos III, cuya estética minimalista se vale de oscuros paneles que personajes y figurantes van moviendo y oscilando en diferentes distribuciones espaciales según avanza la trepidante acción del libreto. Un texto recortado levemente con el fin de aligerarlo al espectador actual y que el cuidado del regista consigue que no se note en absoluto. El acierto pleno de la producción se acentúa en el movimiento y la distribución actoral, espléndidamente coordinados en su faceta de conspiradores, guardia Walona y pueblo llano, cuyo dinamismo e imaginativos detalles contribuyen a realzar la sensación de trama de enredo político en un clima de entusiasmo general que define a todo el espectáculo. Además, la perfecta conjunción de los artistas en escena se complementa con unas estilizadas coreografías de Antonio Ruz, que son un deleite visual. 

Aun así, caracteriza al espectáculo una sensación general de apresuramiento y premura en el trabajo conjunto. De un lado, el de la batuta de José Miguel Pérez-Sierra, que dota a las chispeantes melodías de Barbieri de un ritmo de una agilidad desbordante, logrando por encima de todo hacer lucir el brillo de la maravillosa orquestación. De otra parte, de los cantantes actores, a la hora de recitar el jugoso verso.

En el primero de los dos repartos, el trabajo llevado a cabo por la pareja protagonista merece el mayor de los elogios, ya que su sensacional prestación es capaz de mantener la función a un nivel muy alto de interés y disfrute, pudiéndose hablar sin exagerar de tándem perfecto. El barítono Borja Quiza (que viene de triunfar en el Mercurio, rol también bufo, de La Calisto de Cavalli), es un Lamparilla de una vis cómica fuera de toda duda, moviéndose con entera soltura en un personaje que ha hecho completamente suyo en el decir y matizar el texto, y cuya elevada tesitura le resulta muy cómoda para sus dotados medios. A su lado, la mezzosoprano Cristina Faus compone una Paloma igual de deliciosa y desenvuelta ayudada por sus dotes de espléndida actriz, una extroversión a la que une su atractivo vocal de tonalidad oscura. 

Más discreta se muestra en escena la soprano María Miró, debutante en este teatro, pero cuya digna Marquesita se define por un lírico, distinguido y bien proyectado canto. Como su enamorado, el tenor Javier Tomé no es un lírico de gran belleza tímbrica pero pone intención teatral a su Don Luis de Haro. Demasiado rígido vocalmente se percibe el Don Juan de Peralta del bajo David Sánchez y más interesante como actor que como cantante resulta Abel García como Don Pedro de Monforte.

Una vez más, el siempre empastado Coro del Teatro de la Zarzuela vuelve a demostrar sus enormes credenciales, destacando igualmente la colaboración de la Rondalla Lírica de Madrid “Manuel Gil”. 

En suma, con este Barberillo el coliseo de la Calle Jovellanos salva los muebles, se apunta un tanto a favor y reconduce el timón de nuestro género lírico. Ya esperamos con ansiedad que siga esta senda con la próxima Doña Francisquita de Amadeo Vives. 

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