España - Castilla y León

Homenaje a la calidad

Samuel González Casado

jueves, 25 de abril de 2019
Valladolid, viernes, 12 de abril de 2019. Centro Cultural Miguel Delibes. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Andrew Gourlay, director. Wagner: Lohengrin: Preludio al Acto III. Verdi: La forza del destino: Obertura. Rossini: Guillermo Tell: Obertura. Chaicovski: Sinfonía n.º 6 en si menor, “Patética”, op. 74. Ocupación: 97 %.
Andrew Gourlay © by Tommaso Tuzj

El concierto n.º 14 de la temporada de la OSCyL fue el conocido como “Homenaje al abonado”, en el que el público elige con sus votos las obras que quiere escuchar, en dos apartados: obras breves para la primera parte y otra extensa para la segunda. Como es normal, suelen elegirse piezas populares, y la combinación de estas no suele tener mucho sentido, aunque sí constituye una muestra fiable de los gustos de un determinado público.

Esta vez las obras pertenecían a repertorios muy variados. El Preludio al Acto III de Lohengrin sonó con un exceso de proteínas en metales y percusión, lo que provocó que la cuerda a veces pareciera escondida, aunque la versión en términos generales transmitió entusiasmo. La obertura de La forza del destino, por su parte, tuvo algunos detalles más interesantes, como un fraseo entrecortado de la cuerda y una agitación en general que por supuesto le iba de maravilla. Me sorprendió este Verdi de Gourlay —aunque ya hubiera demostrado con la Misa de réquiem que no se le da mal—, porque tiene muy bien asimilado todo ese ambiente tan especial que transmite La forza, al margen de que varios detalles pudieran pulirse. Sería interesante saber qué es capaz de hacer con alguna ópera de Verdi en versión de concierto, por ejemplo.

Para terminar la primera parte, la gran obertura de Guillermo Tell se caracterizó por sus buenas intervenciones camerísticas al comienzo, una tormenta algo desestructurada, estupendas maderas en Ranz des vaches y suficiente precisión de los primeros violines en el galop, todo un tour de force para esta sección.

Pese a lo apreciable de todo lo anterior, cualquiera que haya asistido a este concierto pudo comprobar que la segunda parte fue otro mundo, donde el director puso todos sus conocimientos y su trabajo, y la orquesta certificó un nivel cercano al mejor (y eso que la cuerda no llegó a sonar perfectamente empastada). Gourlay certificó aquí los evidentes avances en su estilo, ya que empezó su andadura en la OSCyL caracterizado por cierta contención en todos los sentidos; y también que cuando está realmente motivado es capaz de mantener su estupenda capacidad organizativa y a la vez olvidarse de las medias tintas.

Esta Patética fue brillante y por momentos sobrecogedora. Destacó ante todo la claridad de ideas para formar un discurso unitario, repleto de información pero musicalmente intachable, sin concesiones a la excentricidad. Todo partía de la misma música, y la sobresaliente planificación dinámica definió la tensión con verdadero magisterio. Si todos los crescendi avanzaron como máquinas perfectas (y empáticas), el monstruoso del tercer movimiento fue simplemente antológico. Este Allegro molto e vivace, además, es el alma de la sinfonía y, dentro de esta obra, es donde un gran director deja su verdadera huella.

El discurso fue duro en general, lo que curiosamente se acentuó con una perfecta pintura de ambientes en colores vivos, contrastados, incluso en los más amables: una especie de relato psicológico muy trabajado, extremo pero sin tremendismo. Esto permitió la concentración en lo que se quería decir y la perfecta “abducción” del público, cuya actitud mientras y después dejó claro que había acertado con su elección.

No sé si Gourlay se inspiraría en el propio Chaicovski para armar su versión (podría no haberlo hecho), pero la tristeza, el desamparo y la rabia que logró transmitir son muy sinceros, y sus herramientas técnicas le permiten conseguirlo. Por otra parte, no puede olvidarse que sin algunas memorables intervenciones de las familias orquestales (de nuevo las maderas, con excepcionales solos de Angelo Montanaro al clarinete) el asunto podría haberse desdibujado; pero no fue así. De hecho, toda esta segunda parte del concierto explicó cuál es el mejor a homenaje al abonado, y el que este más aprecia: el de la calidad.

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