España - Castilla-La Mancha

En balsa de piedra, hacia 'la incantable'

Paco Yáñez

viernes, 26 de abril de 2019
Cuenca, miércoles, 17 de abril de 2019. Teatro-Auditorio de Cuenca. Ludwig van Beethoven: Missa Solemnis opus 123. Miren Urbieta-Vega, soprano. Lorena Valero, mezzosoprano. Mati Turi, tenor. André Henriques, bajo-barítono. Coro RTVE. Orquestra Metropolitana de Lisboa. Pedro Amaral, director. Ocupación: 80%.
Ludwig van Beethoven © Caspar Clemens von Zumbusch

El tercer concierto de la 58 Semana de Música Religiosa de Cuenca nos embarcó en lo que José Saramago decía «balsa de piedra» que conforman España y Portugal como naciones de la Península Ibérica, en singladura interpretativamente conjunta hoy hacia ese continente vocal que, en sí mismo, es la Missa Solemnis opus 123 (1819-23) de Ludwig van Beethoven (Bonn, 1770-Viena, 1827): verdadera Atlántida musical, por cuanto, como me decía un crítico experto en voces, horas antes del concierto, se trata de una obra prácticamente 'incantable'. Días más tarde, era un compositor gallego, al relatarle los conciertos de esta 58 SMR, quien me hablaba de la Missa Solemnis como de una obra, asimismo, prácticamente ideal, por el tipo de estructuras que Beethoven plantea en ella al coro, más propias -según este compositor- de las arquitecturas de los que serían últimos cuartetos de cuerda del genio alemán. Bien conocidas son las dificultades, por tanto, de una de las partituras corales más particulares del siglo XIX, con sus exigencias para una voz de naturaleza, así pues, cuasi instrumental.

Es por ello que, para que los resultados al interpretar la Missa Solemnis sean óptimos, se precisa un gran equilibrio entre coro y orquesta, así como un alto grado de excelencia en ambos: algo que se ha echado en falta en este tercer concierto de la 'Semana de Pasión', pues no podría hablar de la Orquestra Metropolitana de Lisboa como de una formación sinfónica, ni mucho menos, de primer orden europeo; como tampoco creo que la dirección de Pedro Amaral haya acabado de dar con el balance idóneo entre cuarteto solista, coro y orquesta, acusando desajustes propios ya no sólo del estilo interpretativo adoptado, sino de un estudio insuficiente de la tan directa y fácilmente saturable acústica del Teatro-Auditorio de Cuenca. Vayamos, a continuación, por partes.

Por lo que al cuarteto vocal se refiere, el punto más bajo del mismo lo ha marcado el bajo-barítono portugués André Henriques, carente de proyección, registro y presencia, incluso en las partes de la Missa Solemnis en las que su voz se presenta con mayor protagonismo, como un comienzo de 'Agnus Dei' nefasto que nos habla de un cantante aún inmaduro para presentarse en un festival de este nivel y con semejante partitura de por medio. Mientras, el estonio Mati Turi se incorporó in extremis a este concierto, por indisposición del tenor inicialmente anunciado, Fabián Lara. Ello no ha sido un obstáculo para que, prácticamente sin ensayar, Turi nos haya dejado muestras de su solvencia y profesionalidad, con un canto de voz bien timbrada y una más que notable expresividad, sirviendo, con sus evidentes tablas (incluso en presencia escénica y dramatización del gesto), para compactar en lo posible a un cuarteto muy desigual, tanto en calidad de voces como en estilo y expresividad. En este último aspecto, destacó Lorena Valero, mezzo que diría soprano reconvertida, pues si bien podría ahondar algo más en la gravedad del registro, su canto es técnicamente irreprochable y muy notable a nivel emotivo y espiritual, siendo su parte solista en el 'Agnus Dei' (especialmente, en contraste con la tan pobre de André Henriques) de una belleza subyugante, beneficiándose aquí para desgranar sus delicados matices expresivos, junto con la orquesta, de la ausencia de un coro que ha sido tan invasivo, ya para el cuarteto vocal, ya para los instrumentistas lusos. Por último, la soprano Miren Urbieta-Vega presenta la voz con más potencial en bruto, de registro cristalino y una enorme proyección; pero, técnica y expresivamente, tal alarde de instrumento ha de ser más trabajado para, como Lorena Valero, ahondar en el sentido espiritual de la partitura, exponiendo aquí Urbieta-Vega un canto más operístico y verdiano que litúrgico y germánico.

Como acabo de adelantar, la presencia del Coro RTVE fue generalmente desmedida, en línea con lo sucedido en la SMR del año 2017, con su entonces elefantiásico y apocalíptico Ein Deutsches Requiem opus 45 (1854-68) bajo la dirección de Miguel Ángel Gómez Martínez. El Teatro-Auditorio de Cuenca es una sala de conciertos pequeña, con una caja escénica muy reverberante, apoyada la proyección del coro en una pared trasera de madera que (si bien con buen criterio la organización ha cubierto con una tela) multiplica la presencia y los decibelios de una masa coral de más de sesenta voces cuyas dinámicas habría que estudiar y modelar de forma más refinada; pues, de lo contrario, literalmente se comen a orquesta y solistas.

Y esto es lo que ha vuelto a suceder en 2019; máxime, cuando la Orquestra Metropolitana de Lisboa presentaba sobre el escenario del Teatro-Auditorio una plantilla reducida, con cuerda a ocho en primeros violines y cuatro contrabajos. Por otra parte, el estilo coral resulta demasiado recargado y poco sutil, y aunque las voces y la dicción del Coro RTVE son notables, una página como ésta hay que estudiarla más en profundidad para que sus fugas resulten más vívidas y arquitectónicas en diálogo con la orquesta (dentro de lo posible, en línea con ese carácter 'ideal' que al comienzo de esta reseña apuntábamos con respecto a esta 'incantable').  

La tradición interpretativa de esta partitura nos ofrece ejemplos de renovación tan interesantes, para quien estas líneas firma, como los de Philippe Herreweghe o John Eliot Gardiner, en sus respectivas grabaciones para Harmonia Mundi (HMC 901557) y Archiv (429 779-2): dos propuestas que muy lejos quedan, en orfebrería vocal, de lo escuchado en Cuenca, y que, sin embargo, han de ser una referencia para quienes en el siglo XXI miren a la Missa Solemnis (a la espera de que, previsiblemente, un día llegue Teodor Currentzis a cambiarlo todo). Pero no sólo los coros resultan ejemplares, por calibración y estilo, en dichos registros fonográficos; lo son, asimismo, las orquestas, y aquí el punto, quizás (junto con André Henriques), más bajo de esta versión conquense.

La Orquestra Metropolitana de Lisboa es una formación con una bajísima edad media, prácticamente una plantilla juvenil, pero dista mucho de ser una orquesta de raigambre y sonido beethovenianos, aunque, por número de efectivos, se hayan intentado acercar a un planteamiento historicista, algo que choca con la sonoridad de unos instrumentos, como los trombones, en Cuenca realmente flojos en este opus 123, ya desde el 'Kyrie' inicial: bajo nivel de los metales que reaparecería en distintos momentos; también forzados, cierto es, por los rangos dinámicos tan acusados que les obligaba a atacar la desmedida presencia del coro.

Este desequilibrio ha presidido toda la interpretación de la Missa Solemnis, dejando momentos totalmente desdibujados, como un 'Gloria' de continuos solapamientos y falta de entendimiento entre coro y orquesta; diría que, incluso, más pendiente Pedro Amaral de la dirección de las voces españolas que de dar fuelle y presencia al edificio orquestal que las soportaba. Algunos pasajes, como los centrales del 'Credo', han resultado más logrados y fluidos en la orquesta, si bien el pulso y el fraseo distan de lo que hoy consideraría un Beethoven ideal (más cercano a los de los directores antes mencionados), a pesar de que Pedro Amaral ha insistido en insuflar firmeza y una dirección casi metronómica (de marcado gesto, por otra parte, bouleziano: típico de un director más interesante en el repertorio contemporáneo y actual que en el clásico-romántico).

Sin embargo, la Missa Solemnis exige muchos más matices que esta dirección tan seca (un buen ejemplo de batuta sutil y refinada, a la par que arquitectónicamente constructiva, lo tendríamos tan sólo dos días después en esta misma 58 SMR, con Andoni Sierra al frente de la Markus-Passion (1731, rev. 1744) bachiana), por lo que, en conjunto, el desequilibrio no se ha solventado desde el podio, a pesar de puntuales momentos de una más audible estructura coral-instrumental, como el final del 'Benedictus': pasaje de un 'Sanctus' a lo largo del cual el solo de violín resultó justo, sin mayores alardes, aunque lejos de la verosimilitud escuchada en Cuenca estos días en los diversos conciertos y recitales con violines barrocos (en todo caso, bastante más bello sonó este pasaje solista de la concertino Ana Pereira que el final de la Missa Solemnis, tan apagado y mortecino, fuera de indicación de tempo y del asertivo espíritu beethoveniano que rúbrica el 'Agnus Dei' -aunque los aplausos fueran atronadores, con una sala que, por fin, presentaba una buena entrada-).

No soy de los que piensan que las orquestas modernas no deban abordar el repertorio antiguo (como lo es la Missa Solemnis, con sus más de doscientos años), pues el Clasicismo y el Romanticismo (con el barroco tengo ya serias dudas) son dos magníficas escuelas de estilo, lenguaje y compactación para una orquesta, pero creo que en festivales que se suponen de primer nivel (al menos, en España), como la Semana de Música Religiosa de Cuenca, se ha de ofrecer lo más aquilatado en la interpretación del repertorio, y en estos momentos la Orquestra Metropolitana de Lisboa y Pedro Amaral distan mucho de serlo en Beethoven, como para defenderlo en una 'Semana de Pasión'.

Cristóbal Soler debería, además, saberlo, pues ha trabajado con la orquesta lisboeta y, paralelamente, sé que es un confeso admirador de directores como los citados Gardiner, Herreweghe y Currentzis en el repertorio clásico-romántico; así que habrá que entender este tercer concierto de la 58 SMR en el Teatro-Auditorio como uno de los muchos ajustes a los que Soler se ha visto obligado para ir, progresivamente, reduciendo la deuda con la que se encontró al acceder a la dirección artística de este festival, en enero de 2017.

A lo largo de estas tres ediciones al frente de la SMR, Cristóbal Soler y su equipo, con la aportación de las instituciones públicas y de nuevos patrocinadores privados que Soler ha ganado para la causa, han conseguido prácticamente liquidar la pesada deuda que arrastraba la SMR, dejándola en una cantidad residual por debajo del diez por ciento del montante inicial (que cualquier festival puede manejar en sus arqueos contables a la espera de los abonos y de las subvenciones correspondientes a cada ejercicio). Ello explica que, paralelamente, en ciudades como Oviedo apenas dos semanas más tarde sí puedan disfrutar de una Missa Solemnis que, por intérpretes (RIAS Kammerchor, Freiburger Barockorchester y René Jacobs), depara un interés mucho mayor, y que debiera ser el que ofreciese la SMR; al menos, en su 'Semana de Pasión'.

Otra cosa son los ciclos paralelos a la principal semana conquense; y ahí sí me parece que estamos llamados a que esta «balsa de piedra» navegue más unida que como habitualmente lo hace: colaboración entre España y Portugal a la que hemos apelado desde años en Mundoclasico.com, pero que ha de realizarse en la SMR a un nivel mayor de excelencia que el ofrecido en Beethoven por la Orquestra Metropolitana de Lisboa, algo que, en Portugal, ahora mismo sí deparan, a la altura de una SMR, agrupaciones como el Remix Ensemble o la Orquestra Barroca Casa da Música. Formaciones como éstas (que, además, comparativamente resultan más económicas que las grandes referencias europeas, permitiéndonos apostar por nuestros propios músicos), y conjuntos como el Conductus Ensemble (que, tras su enorme éxito en 2018, regresaba en 2019 a Cuenca), han de ser los que conformen las presencias ibéricas de verdadera solvencia en la Semana de Música Religiosa, si no queremos que nuestra «balsa de piedra» encalle, en lo musical, en las arduas costas beethovenianas, en su singladura hacia la Missa Solemnis.

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