España - Castilla-La Mancha

De la música como forma de entendimiento

Paco Yáñez

lunes, 29 de abril de 2019
Cuenca, jueves, 18 de abril de 2019. Capilla del Espíritu Santo de la Catedral de Cuenca. Teatro-Auditorio de Cuenca. Georg Friedrich Händel: Judas Maccabaeus HWV 63: 'March'; Suite para trompeta y orquesta en re mayor "Water Piece" HWV 341. Giambattista Martini: Toccata en re mayor. Johann Sebastian Bach: Arreglo del Concierto para clave en re mayor RV 230 de Antonio Vivaldi BWV 972. Georg Böhm: "Wer nur den lieben Gott lässt walten". Johann Adam Reincken: Fuga en sol menor. Leopold Mozart: Concierto para trompeta en re mayor. Dietrich Buxtehude: Preludio en sol menor BuxWV 163. Pablo Márquez Caraballo: Hunc praeclarum calicem. Antonio Caldara: Sinfonía Nº3 en fa menor "La Morte d'Abel"; Maddalena ai piedi di Cristo, aria de Amor Celeste: "De quel strale che stilla veleno". Alessandro Scarlatti: Cain Overo il Primo Omicidio, aria de Caín: "Perche mormora il ruscello". Antonio Vivaldi: Concierto para violín en re mayor RV 208; Introduzione al Miserere Filiae Maestae Jerusalem RV 638; Concierto para dos violines en do menor RV 510; Stabat Mater RV 621. Xavier Sabata, contratenor. Manuel Blanco, trompeta. Pablo Márquez Caraballo, órgano. Cappella Cracoviensis. Jorge Jiménez, director y violín. Ocupación: 100% y 75%.
Pablo Márquez Caraballo y Manuel Blanco © 2019 by Santiago Torralba

Como apuntamos en nuestra reseña del segundo concierto de la Kremerata Baltica en la 58 Semana de Música Religiosa, la exploración de los espacios acústicos de Cuenca es uno de los potenciales mayores de este festival, imantando las iglesias del casco histórico de forma especial al público foráneo de paso por la ciudad castellana durante su Semana Santa. Ello, además de facilitarnos el descubrir rincones habitualmente cerrados para los seglares, posibilitó en esta edición el primer lleno de la 58 SMR: el que vivió la Capilla del Espíritu Santo de la Catedral de Santa María y San Julián con el recital del trompetista manchego Manuel Blanco y del organista valenciano Pablo Márquez Caraballo (dúo, como señala el crítico conquense Manuel Millán de las Heras, tan poco habitual en la historia de la SMR). Titulado The Trumpet Shall Sound, si de algo no quedó duda en este recital, fue de que la trompeta de Manuel Blanco, uno de los mejores músicos en su instrumento de España, suena mucho y bien; en esta ocasión, con una trompeta piccolo en la bemol que Blanco tuvo que sudar para afinar al diapasón adecuado, pues reconocía, al final del concierto, que apenas lo había hecho a 408 Hz (y bajando, durante su recital), cuando el órgano de la capilla tiene un tono de la a 415 Hz a 18º, motivo por el cual (y para ajustarse a la tesitura de cada pieza) precisó alargar y acortar la extensión del tubo continuamente, luchando contra un frío matinal que condicionaba no sólo el sonido de la trompeta y del órgano, sino el que ambos músicos tuviesen que disponer de unos calefactores para que no se destemplaran ni sus propios cuerpos ni sus instrumentos...

...quizás más ateridos estuviésemos, incluso, quienes nos sentábamos en los bancos de la Capilla del Espíritu Santo, que recibimos la interpretación de Manuel Blanco y Pablo Márquez cual caída del cielo, pues ambos se emplazaron en la tribuna, resonando la trompeta con un poderío abrumador al proyectarse contra la bóveda. Se trata de un instrumento moderno de una potencia considerable, a la que se suma la pujanza del propio Manuel Blanco; de ahí, el que por momentos su instrumento pecase de unos rangos dinámicos exagerados, que tapaban algo a un hermoso órgano tardobarroco del año 1799, escaso de registros (seis, para la mano izquierda; siete, para la derecha) y de curiosa disposición contigua de sus dos teclados (con cuarenta y cinco notas en total), pero tan delicado y de tan particulares timbres como buena parte de los instrumentos construidos por el organero Francisco Molero (habiendo sido restaurado en 1994 por el taller de Frédéric Desmottes). La impresionante presencia de Manuel Blanco resultó más acusada en las partituras de Georg Friedrich Händel (Halle, 1685 - Londres, 1759), ya en la 'Marcha' del oratorio Judas Maccabaeus HWV 63 (1746), ya en la Suite para trompeta y orquesta en re mayor "Water Piece" HWV 341 (1733); especialmente, en esta última, con un sonido ideal de Blanco en su articulación y fraseo, tan barroco y luminoso, con todo el ímpetu händeliano resonando en la capilla conquense; algo que, asimismo, podemos extrapolar a la ceremonial Toccata en re mayor de Giambattista Martini (Bolonia, 1706-1784), obra cuya ejecución, como el resto del programa, visualizamos en primer plano a través de una pantalla emplazada en el presbiterio, si bien con una realización totalmente amateur, incapaz en muchos momentos de seguir al músico protagonista de cada pasaje; además de escatológica para la trompeta, pues no cesó de mostrarnos cómo Manuel Blanco vaciaba de saliva el tubo de su instrumento.

El arreglo del Concierto para clave en re mayor RV 230 de Antonio Vivaldi (1714) realizado por Johann Sebastian Bach (Eisenach, 1685 - Leipzig, 1750), BWV 972 del kantor, mostró, de nuevo, cierto desajuste en rangos dinámicos, con una trompeta un tanto desmedida, si bien de una digitación y de un virtuosismo endiablados, aunque un poco más de espíritu meridional se hubiese echado en falta, imponiendo Manuel Blanco un deje, de nuevo, fogosamente händeliano. Quizás por esta hercúlea saturación de la trompeta, resultó especialmente agradecida la audición de la partita coral para órgano "Wer nur den lieben Gott lässt walten", de Georg Böhm (Hohenkirchen, 1661 - Luneburgo, 1733), tan bella y delicada en el instrumento conquense. Diría, incluso, que Pablo Márquez ha estado más seguro y libre en su fraseo ya en solitario, ofreciéndonos un momento de descanso tras el agudo, masivo y decibélico melodismo de la trompeta piccolo. Análoga vivencia interpretativa la disfrutamos en la Fuga en sol menor de Johann Adam Reincken (Denventer, 1643 - Hamburgo, 1722), una pieza que, por tesitura y registro, se adecúa perfectamente a este órgano, mostrando Pablo Márquez un gran conocimiento del primer barroco, como evidenció su delicado fraseo y su sólida construcción de las estructuras fugadas.

En general, para quienes disfrutamos más de la arquitectura armónica de un órgano que de la línea melódica de una trompeta, las piezas tocadas a solo por Márquez resultaron más agradecidas durante este concierto, así como musicalmente más complejas. Un buen ejemplo de ello lo deparó el contraste entre el Concierto para trompeta en re mayor (1762) de Leopold Mozart (Augsburgo, 1719 - Salzburgo, 1787) y el Preludio en sol menor BuxWV 163 de Dietrich Buxtehude (Helsingborg, 1637 - Lübeck, 1707). En Mozart, Manuel Blanco volvió a apostar por una línea que diría händeliana, de gran brillo en su instrumento y un enorme énfasis dinámico, tan acusado en el 'Andante' como en el 'Allegro moderato', unificando ambos movimientos como un todo y rubricándolos con una acentuación que me ha vuelto a parecer exagerada en la trompeta, agravando la de por sí desigual presencia de un instrumento, el órgano, del siglo XVIII, y otro, la trompeta, moderno. Frente a tal alarde de músculo (en demasía repetido durante este recital por Blanco), el Preludio de Buxtehude conformó, en mi opinión, el momento más bello de este concierto matinal, con una complejidad en el pensamiento armónico muy superior a la mostrada por Leopold Mozart, así como dejándonos meridianamente clara la impronta de Buxtehude en Bach, con la rica polifonía y sólida estructura armónica de este Preludio en sol menor. Además, Pablo Márquez ha explotado aquí de forma más heterogénea los registros del órgano conquense, variándolos en función de cada sección del Preludio, para redondear uno de los momentos de más genuina belleza en esta 58 SMR, tanto por instrumento como por partitura e interpretación.

De forma que no se lo puso fácil el propio Pablo Márquez (Valencia, 1984) a sí mismo, pues a continuación del Preludio en sol menor de Buxtehude se programó el estreno absoluto de la partitura para trompeta y órgano barroco español Hunc praeclarum calicem (2019), obra compuesta ex profeso para esta 58 Semana de Música Religiosa de Cuenca. Según nos cuenta Márquez en sus notas al programa, Hunc praeclarum calicem toma su título de la primera mención en la liturgia romana al cáliz utilizado por Jesús en la Última Cena, remitiéndose en su texto a los poderes mágicos atribuidos al Grial, desde el ciclo artúrico a «las aventuras de Indiana Jones» (sic). Más allá de dichas referencias (de tan desigual calado), Pablo Márquez intenta reflejar en su dúo las luces y las sombras que el cáliz divino encierra (las del amor y el sacrificio, la fragilidad y la fortaleza, la justicia y la misericordia, la muerte y la vida), por medio de acusados contrastes, si bien el motivo conductor a modo de continuum será el himno gregoriano Ubi caritas (que, como Márquez señala, se suele interpretar el primer día del Triduo Pascual), utilizado aquí como motivo generador que subyace a toda la partitura y que se explicita de forma más evidente en unos u otros momentos a través de diferentes efectos de trompeta y órgano. Asimismo, reconoce el compositor valenciano que la Pasión vertebra dramatúrgicamente su partitura, con las estaciones de la misma y su visión a través de la literatura musical; especialmente, de la barroca, ya no sólo por el hecho de que Hunc praeclarum calicem haya sido compuesta para un órgano del siglo XVIII, sino por la utilización de los motivos en cruz tan recurrentes en las pasiones bachianas...

...de este modo, lo antiguo y lo moderno se dan la mano en una partitura cuyo comienzo me ha parecido lo más interesante de la misma, tan cercano a Olivier Messiaen, ya en la trompeta, que parecía remedar la 'Appel interstellaire', sexto número de Des canyons aux étoiles... (1971-74), ya en un órgano sobre el cual la impronta del francés gravita de forma más que evidente, siendo una influencia que el propio Márquez reconocía al finalizar el concierto. Es por ello que el tratamiento del cromatismo resulta, por momentos, puro Messiaen, con un tejido armónico hoy más parco y concentrado, pues no es el órgano de la Capilla del Espíritu Santo, precisamente, el de la Sainte-Trinité parisina. A ello podemos sumar otras influencias de enjundia en la primera sección de Hunc praeclarum calicem, como la del Ligeti de Volumina (1961-62, rev. 1966), por sus tonos sostenidos, apurando en ellos la vibración del mecanismo del órgano, su respiración del color. Frente a esta primera parte tan cromática y textural (sin duda, lo mejor de la obra), la segunda comienza a (de)caer en lugares comunes y en la aparición de una melodía en la trompeta (posible impronta prosódica del himno que articula a esta página) más esquemática y marcada por lo vocal, resultando únicamente interesantes los compases en los que el diálogo se establece entre una trompeta cual solista frente a los registros del órgano barroco de timbres, a su vez, más cercanos a la trompetería ibérica. Pero estas secciones más orquestales y polifónicas conforman apenas un brillo efímero, encaminándose la partitura hacia una tercera parte más híbrida y sincrética, en la que, junto a cada vez más lejanos ecos de Messiaen, podríamos pensar hasta en (el flamante Premio Fronteras del Conocimiento) John Adams, con lo cual la obra se hace más heterogénea (pero menos sólida) a través de una profusión de materiales compartidos por trompeta y órgano. Sin embargo, todo resulta más simple y rebajado en hondura, conduciéndose Hunc praeclarum calicem hacia un final de pura traca, tan semejante a los de las partituras de Händel y Leopold Mozart, que resulta hasta frustrante comprobar que tres siglos más tarde seguimos a las anda(na)das, pues tras un comienzo tan bien trabajado, la obra acaba entregada a un virtuosismo efectista. No menos efectista fue el programar como bis el Ave Maria (1825) de Franz Schubert, aunque hemos de reconocer que la interpretación mostró una enorme belleza, ya con una trompeta de más grave registro, lo cual se agradeció tras habernos saturado de un tan musculoso y agudo piccolo durante buena parte de un recital que recibió unas efusivas ovaciones que lo han convertido en uno de los éxitos de la 58 SMR, así como en una nueva demostración de la importancia que tiene el programar en los espacios eclesiásticos de Cuenca durante este festival.

Ya en horario de tarde (y tras una nueva conferencia de las que en la SMR han profundizado en los diversos conciertos que hemos podido escuchar en la sede principal del festival; en esta ocasión, a cargo del musicólogo conquense Marco Antonio de la Ossa), este Jueves de Pasión nos condujo al Teatro-Auditorio de Cuenca, donde el contratenor Xavier Sabata y la Cappella Cracoviensis abordaron, con Jorge Jiménez como director y violín solista, un programa titulado Quando corpus morietur. Agonía y Oración en la música italiana del S. XVIII, evento que convocó a tres cuartas partes del aforo para asistir a un concierto muy aplaudido que fue creciendo de menos a más, comenzando con Antonio Caldara (Venecia, 1670 - Viena, 1736) y su Sinfonía Nº3 en fa menor "La Morte d'Abel" (1732), una partitura en la que se agradece el sonido de los violines barrocos, pero que mostró cierto distanciamiento técnico y expresivo entre una muy circunspecta (y roma) Cappella Cracoviensis y un Jorge Jiménez mucho más meridional y articulado en estilo, así como más extrovertido durante toda la velada.

En una alternancia entre páginas puramente instrumentales y partituras para voz y ensemble que habría de presidir todo el concierto, pasamos a continuación a Alessandro Scarlatti (Palermo, 1660 - Nápoles, 1725), de quien escuchamos el aria de Caín "Perche mormora il ruscello", parte de la ópera Cain Overo il Primo Omicidio (1706-07). No era ésta la pieza más adecuada para la tesitura del contratenor catalán Xavier Sabata, algo escaso de agudo y coloratura en la primera parte del programa, tanto en Scarlatti como en "De quel strale che stilla veleno", aria de Amor Celeste perteneciente al oratorio Maddalena ai piedi di Cristo (c. 1697) de Antonio Caldara. Volviendo a reafirmar esa sensación de cierto distanciamiento entre ensemble polaco y director (con Aaron Zapico, órgano y clave, y Pablo Zapico, archilaúd, en perfecta circunspección en el continuo), la única página de Antonio Vivaldi (Venecia, 1678 - Viena, 1741) incluida en la primera parte del programa, el Concierto para violín en re mayor RV 208 (c. 1717), nos dejó algo fríos; y es que, con tanto Vivaldi en nuestra memoria auditiva a cargo de grupos como Il Giardino Armonico o Europa Galante, lo ofrecido en Cuenca por la Cappella Cracoviensis suena con una parquedad excesiva, sin color ni alegría, pareciendo, más bien, una página en tono menor, sin vuelo alguno ni la inventiva tímbrica y rítmica de los citados conjuntos italianos. Ello nos demuestra que, aunque el instrumento sea de época y la interpretación 'históricamente informada', hay dimensiones que trascienden a tales criterios, como la musicalidad, el estilo y la expresividad, y de todo ello ha estado escaso este primer Vivaldi, sin acabar de despegar; especialmente, la orquesta, aunque tampoco creo que Jorge Jiménez encontrase una digitación y un canto para su violín a la altura de lo esperado en un grupo historicista, con problemas conjuntos de afinación y ataque; de forma señalada, en un registro agudo un tanto alicaído para tratarse de Vivaldi.

Afortunadamente, la segunda parte del concierto, íntegramente dedicada al prete rosso, mejoró muchos enteros, ya desde su primera página, la Introduzione al Miserere Filiae Maestae Jerusalem RV 638 (c. 1715), con un Sabata más entonado, de hermoso timbre y color, que nos dejó en su aria 'Sileant zephyri' un momento de intensa belleza, tanto en fraseo como en tempo, tan bien respirado con un ensemble que, por fin, parecía empatizar con su director. Igualmente, el recitativo 'Sed tenebris diffusis' sonó arrebatador, conformando el punto más destacado de este Miserere, con su espiritualidad en voz y cuerdas. A continuación, el Concierto para dos violines en do menor RV 510 nos mostró esa mejoría con respecto al RV 208 en la primera parte, con una mayor sintonía entre Jorge Jiménez y Robert Bachara, solista de la Cappella Cracoviensis que acompañó al director y violinista catalán con más convencimiento y complicidad, aunque sin mayores alardes expresivos. Destacar, en el 'Largo' de este RV 510, así como en el bajo continuo durante todo el concierto, al violonchelista Konrad Górka, estupendo en sobriedad y color, así como a Pablo Zapico, que en el archilaúd ofreció otra sólida base para puntear el continuo del concierto.

Como punto álgido de esta segunda parte, disfrutamos de un Stabat Mater RV 621 (1712) de Vivaldi, en líneas generales, muy bello y sentido en la voz de Xavier Sabata, así como en la dirección de un Jorge Jiménez que, por fin, dio con el punto expresivo, un tanto sombrío y pesante, que había caracterizado a las cuerdas del ensemble polaco a lo largo de casi todo el concierto: un punto ligeramente mortecino que resulta idóneo, aquí, para una página tan luctuosa como ésta. En ella, destacar un 'Eja Mater, fons amoris' que me ha parecido uno de los momentos más recogidos y trascendentes de la 58 SMR en su conjunto, tan bien paladeado y sentido, aquí sí la cuerda de la Cappella Cracoviensis perfectamente articulada, ahondando en el registro grave y en los contrastes para ofrecer unos planos de color, en cuanto a oscuridad, muy pasados de largo durante el resto del concierto. Desde tal base armónica, Sabata lanza una voz que empasta especialmente bien con tal cromatismo, más severo y opaco; algo que contrastó con un 'Amen' final en el que al contratenor catalán le faltó registro agudo y ornamentación; si bien, en conjunto, su Stabat Mater convenció tanto a la crítica como al público, ya fuere a nivel técnico, ya expresivo y espiritual.

Cerró el concierto, circularmente con respecto a lo que fuera comienzo de Jueves de Pasión en la Capilla del Espíritu Santo, Georg Friedrich Händel, de quien escuchamos, como propina, el aria "O Lord, whose mercies numberless", trigésimo segundo número del oratorio Saul HMV 53 (1738) magníficamente cantado por un Xavier Sabata aquí en su medio por tono y color; de ahí, la cerrada ovación del público reunido en el Teatro-Auditorio, lo que propició un segundo bis, aunque de esos que poco aportan (y diría que carecen de sentido dramatúrgico alguno), al repetir el 'Eja Mater, fons amoris' del Stabat Mater, con los mismos niveles de excelencia vocal-instrumental mostrados pocos minutos antes; dejándonos, finalmente, con buen sabor de boca en un concierto que comenzó un tanto destemplado, y en el que costó encontrar un entendimiento adecuado entre los músicos hasta casi llegado el final; aquí ya no por cuestiones de calidad de los instrumentos (como había sucedido en la Catedral), sino por estilo, espíritu y expresividad.

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