España - Cataluña

Endless Pleasures ...

Jorge Binaghi

miércoles, 1 de mayo de 2019
Barcelona, miércoles, 24 de abril de 2019. Palau de la Música Catalanao. Semele (Londres, 10 de febrero de 1744), libreto de W. Congreve y música de Georg F. Haendel. Dirección escénica: Thomas Guthrie. Iluminación: Rick Fisher. Vestuario: Patricia Hofstede. Intépretes: Louise Alder (Semele), Hugo Hymas (Jupiter), Lucile Richardot (Ino/ (Juno), Gianluca Buratto (Cadmus/Somnus), Carlo Vistoli (Athamas), Emily Owens (Iris), Angela Hicks (Cupid), Peter Davoren (Apollo), y otros. Monteverdi Choir y English Baroque Soloists. Director: Sir John Eliot Gardiner.
Carlo Vistoli y Louise Alder © 2019 by Antonio Bofill

El título es el inicio del coro final del primer acto de esta joya haendeliana (que el astuto compositor pasó como ‘oratorio dramático’ cuando el tema es profano y algo licencioso, y en realidad se trata de una ópera con todas las de la ley, como se viene reconociendo desde el siglo pasado). Resume perfectamente lo que se tuvo permanentemente en esta versión ‘de concierto-escenificada’ como suelen ser las de Gardiner y sus huestes cuando van de gira con una obra barroca de dimensiones notables (la última vez fue con un memorable Ritorno di Ulisse para celebrar los 450 años de Monteverdi hace dos años –véase la reseña que se publicó aquí en su momento-).

El placer infinito ( o los placeres infinitos) fue de todos, artistas y público por igual. Ni un momento de fatiga, de vacilación (y si hubo esfuerzo apenas se registró en un caso), un entusiasmo en la ejecución que quisieran orquestas y coros de teatros líricos, una implicación de los cantantes en canto y acción que ídem, y unos resultados musicales elevadísimos. La forma en que el maestro consigue con un mínimo gesto de manos u ojos un sonido de las cuerdas , o de los otros instrumentos, de una luminosidad increíble, unos contrastes con relativamente leves alteraciones en tiempos y dinámica es algo que merece verse además de oírse.

El coro Monteverdi es sensacional, pero no sólo por su nivel, como el de la orquesta, sino porque se mueven como actores profesionales, y un simple movimiento de sillas vale por la más complicada acción escénica; además, algunos de ellos se hacen cargo de las partes episódicas (o ‘menores’, salvo que, por ejemplo Iris y Cupido, no cantarán mucho pero lo que tienen que hacer, en especial el segundo, es bien difícil).

Y ya que estamos, la parte escénica. También como la vez pasada luces y vestuario fueron de los mismos responsables y estuvieron perfectamente a tono con la historia, pero esta vez figuraba como responsable de la escena Guthrie y aunque tiene cantantes-actores ( y cantantas-actrices/actoras para que nadie me acuse de machismo) de gran nivel sus ideas fueron pocas y eficacísimas (vamos, que este tipo de ‘representación’ vale mucho más que las tonterías complicadas y costosas que nos cuelan los teatros). Y pasemos a la parte vocal, que para Haendel es de primerísima importancia.

La protagonista de Louise Alder permitió confirmar la impresión causada hace poco tiempo en Madrid como la Calisto en la ópera homónima de Cavalli. Es una líricoligera con excelente agudo, pero también un correcto grave, sobreagudos estratosféricos y buenas notas filadas. Buena intérprete consiguió dar también el lado ‘negativo’ de una jovencita orgullosa, ambiciosa y superficial. Su aria del segundo acto fue el primer aplauso que interrumpió la continuidad musical (“With fond desiring’) y fue justicia porque resultó excepcional.

Jupiter fue lo menos interesante del reparto. Hymas tiene una voz algo escasa en potencia aunque conozca el estilo y tenga una buena técnica y su color no se caracteriza por la peculiaridad o la belleza; siendo un correcto actor, también fue el menos interesante en ese aspecto. El otro aplauso de la noche lo recibió, también con justicia, Vistoli, hacia el final de la noche en ‘Dispair no more shall wound me’, que ya había cantado su primera aria de forma superlativa (con un trino impresionante), un contratenor que ya había sido apreciado en la obra de Monteverdi, pero que aquí lució más en todos los aspectos: voz bonita, extensión y homogeneidad, buen inglés (pensando que en el reparto sólo los dos personajes mencionados y los menores eran de lengua materna este ha sido otro logro no menor).

Lucile Richardot, la recordada Penelope monteverdiana, volvió a poner de manifiesto su poderío y sabiduría vocal de verdadera mezzo y su capacidad histriónica, en la que resultó la más relevante al encarnar a dos personajes tan opuestos como la dulce hermana de Semele, Ino, y la furibunda diosa Juno. Yo destacaría en particular la intensidad y calidad de los recitativos y su empleo de las ‘r’ para marcar su ira.

También el bajo Gianluca Buratto era conocido de entonces, pero esta vez se lució plenamente como Cadmus, padre de las dos muchachas, y sobre todo en un espectacular Somnus en su gran y divertida escena del acto tercero y en el que su grave –al contrario de lo que había yo anotado en su momento- sonó tan impactante y sonoro como los demás registros. (De paso , no es posible que en el programa de sala se hayan deslizado errores de bulto en la transcripción de su nombre y en el de la protagonista en distintas páginas).

Los demás papeles estuvieron, como queda dicho, a cargo de miembros del coro. El más extenso y bello fue el del dios del amor en el segundo acto, en particular en su deliciosa y extensa aria ‘Come, Zephyrus, come’ que permitió lucirse a la soprano Angela Hicks. En teoría es más importante el papel de Iris, que aquí apareció en bicicleta desde el fondo de la platea a toda velocidad, y fue bien interpretada (en lo vocal le falta algo de precisión en los adornos y menos fijeza en los agudos) por la soprano Emily Owens. Peter Davoren (tenor) fue un pletórico Apolo, buen cantante pero al parecer –no se puede juzgar realmente- algo limitado.Estos nombres los he sacado no del programa sino del pequeño folleto en inglés que se encontraba, si uno quería, junto a él, pero que en las prisas podía entenderse como una mera publicidad.

No sé, en cambio, a quiénes oí en los restantes papeles porque se ofrecían dos nombres alternativos para la soprano que cantó en el primer acto ‘Endless pleasures’ y tres para el bajo (excelente) que cantó la parte de Gran Sacerdote.

Y volviendo al título, si las llamas de amor queman, el final, además de ser feliz para todos menos para la pulverizada Semele, nos canta del hijo que ha concebido –no entraré ahora a explicar cómo pudo gestarse con su madre en cenizas, pero vale la pena irse a leer algo de mitología- y que traerá, él sí, la felicidad a todo el mundo (‘Happy, happy shall we be’ canta el coro en su alabanza final): Baco, el dios del vino. De una forma u otro los placeres siguen siendo infinitos, aunque a uno le quede la duda de si entonces es mejor beber que enamorarse. El pequeño folleto contiene unas palabras de Sir John sobre estas características peculiares de una obra que nos habla a todos ‘salvo a la descontenta audiciencia de su tiempo o, más tarde, a los santurrones victorianos…’ (Chapeau).

“Aun más que cuando la dirigí y grabé por primera vez hace casi cuarenta años, siento que ha llegado finalmente el momento de Semele.” Si se la hace así y la podemos recibir como se la recibió aquí tal vez no esté todo perdido. La enorme sala estaba repleta, atenta (curioso que siendo –en buena parte- la misma audiencia que la que acude al Liceu aquí no se oyeran móviles y los malditos caramelos y comadreos fueran por suerte reducidos) y acogió con calor la presentación de los intérpretes (incluidos coro y orquesta) al inicio, pero al final fueron auténticas ovaciones para todos, justificadísimas.

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.