Alemania

Una velada de marcados contrastes

Juan Carlos Tellechea

lunes, 6 de mayo de 2019
Düsseldorf, lunes, 11 de marzo de 2019. Gran sala auditorio de la Tonhalle de Düsseldorf. Claude Debussy (1862 – 1918), Jeux y Poème dansé. Wolfgang Amadé Mozart (1756 – 1791), Concierto para piano número 23 en la mayor KV 488. Igor Stravinski  (1882 – 1971), La consagración de la primavera, cuadros de una Rusia pagana. Solista Rafal Blechacz (piano). Orchestre Symphonique de Montréal. Director Kent Nagano. Organizador Heinersdorff-Konzerte. 100% del aforo
Kent Nagano © Heinersdorff Konzerte

Una velada plena de marcados contrastes con su batuta logró el director Kent Nagano al frente de la Orchestre Symphonique de Montréal (OSM) y Rafal Blechacz como solista este lunes 11 de marzo en la gran sala auditorio de la Tonhalle de Düsseldorf. Valiéndonos en parte de la terminología de la historia del arte, en el programa de este concierto de Heinersdorff , apoyado por el Conseil des arts et des lettres du Québec, Canadá. surgieron primero las imágenes onírico-impresionistas de Claude Debussy (Jeux, Poème dansé), antes de replegarnos luego al clasicismo puro de Wolfgang Amadé Mozart (Concierto para piano número 23 en la mayor), para dar por último un gran salto hacia adelante hasta llegar al Big-Bang de la modernidad expresionista con Igor Stravinski (La consagración de la primavera). 

Es esta la última gira europea del maestro Nagano (Berkeley/California, 1951) con la OSM, cuya dirección musical deja en 2020, tras 15 años de labor, para concentrarse en sus actuales funciones como director general musical de la Staatsoper Hamburg y de la Philharmonische Staatsorchester Hamburg. Espiritualmente, el director estadounidense de origen japonés sigue sientiéndose un quebequés, según sus propias declaraciones a la prensa canadiense antes de emprender esta tournée que continuará en la primera quincena de octubre venidero por Iberoamérica (Brasil, Argentina, Chile y México). 

En todo momento, Nagano ha dado siempre, y sigue dando, muestras de una enorme precisión en su forma de dirigir, muy puntualizada y clara, sin estridencias, en la marcacion del ritmo y de los compases de cada obra que ejecuta, y esta tarde no fue una excepción. El director empuja con sus manos literalmente a cada sección del colectivo musical animando con su magnetismo y poder de persuasión a los instrumentistas a una ejecución por demás elegante y majestuosa, sin sacrificar ni la vitalidad ni la exuberancia. 

El último ballet de Debussy (inspirado en una escena con un hombre y dos chicas jóvenes en un partido de tenis), escrito para los Ballets Russes de Serguéi Diáguilev (dicho sea de paso, con coreografía del gran Vaslav Nijinsky) sonaba así grandioso, fresco, para nada apelmazado, con gran soltura durante los 20 minutos de duracion. Cobraba enorme cuerpo con las cuerdas (violonchelos especialmente) y los metales/vientos a medida que iba avanzando. Imperaba el refinamiento en la administración de los brillantes recursos que posee la orquesta. implementados con una visión serena, equilibrada, por momentos extática e intrínsicamente virtuosa. Resulta hoy inexplicable que la obra no haya tenido tan buena acogida, tras su estreno el 15 de mayo de 1913 en el Théâtre des Champs-Élysées; pronto sería eclipsada por el escándalo que desataría casi inmediatamente después Le Sacre  du Printemps, de Stravinski (coreografiada asimismo por Nijinsky). 

La alegría chispeante de esta velada vendría pocos minutos después con el Concierto para piano de Mozart, interpretado por el maravilloso solista polaco Rafal Blechacz, con excelente técnica y ganador del Concurso Chopin de Varsovia 2005. Toda la pieza (25 minutos) se oye divertida, positiva, muy movida, con algunas pinceladas melancólicas (Allegro); algo más reflexiva, circunspecta, pero suave y apasionada al mismo tiempo (Adagio); y de nuevo juguetona en el rondó (Allegro assai) que parece haber sido influido de alguna manera por el trabajo simultáneo de Mozart aquel marzo de 1786 con Las bodas de Fígaro estrenada el 1 de mayo de ese mismo año en el Burgtheater de Viena bajo la dirección musical del propio compositor. El arte intrpretativo de Blechacz es sobrio, ágil, cálido y colorido. Las ovaciones fueron grandiosas y el solista las agradeció, siguiendo la misma tónica, con el segundo movimiento Lebhaft, marschmässig (Vivaz, marchando.) Vivace alla marcia de la Sonata para piano número 28 en la mayor opus 101 de Ludwig van Beethoven (1770 -1827), de un dinamismo sobresaliente. 

El clímax final llegó con La consagración de la primavera, y su concepto central, según su subtítulo: las Imágenes de la Rusia pagana, de Igor Stravinski. La Orchestre Symphonique de Montréal, en refinada ebullición y siguiendo a pie juntillas las prolijas instrucciones de Nagano, fue tejiendo una hermosa e innovadora alfombra en la Adoración de la tierra y en El sacrificio final que dejó fascinado al público. La exquisita sensibilidad psicológica y la irradiación zen del maestro lograron el resto. 

No hubo caballos desbocados, no estuvimos ante una arcaica bacanal descontrolada o una confrontación hostil entre salvajes, sino en un acercamiento espiritual profundo y civilizado. Le Sacre, cuya influencia vanguardista en el siglo XX fue innegable, introdujo esos experimentos en la tonalidad, en la métrica, en el ritmo, en la acentuación y en la disonancia que hasta cierto punto siguen siendo hasta hoy, como clásico moderno, un dechado de creatividad. Todos sus pasajes hechizaron a la platea, desde el Lento. Più mosso introductorio inicial, pasando por el Jeu du rapt (Presto) y el Jeux de cités rivales (Molto allegro), hasta llegar a la Danse de la terre (prestissimo), la Glorification de l'Elue (Vivo) y la Danse sacrale  (L'Elue) de cierre. 

Las ovaciones del público, de pie, no se hicieron esperar y Nagano, conocedor a fondo del público por estos lares, correspondió con un magnífico bis (un pequeño vals, anunció desde el podio) que dejó a todos embelesados; nada más ni nada menos que La Valse, de Maurice Ravel (1875 - 1937), la mítica obra encargada en 1919 por Diáguilev y rechazada por éste un año después, tras escucharla junto con Stravinski, Francis Poulenc y otros por considerar que no era un ballet, sino el retrato de un ballet. Pasarían otros ocho años hasta que sería llevada a la danza, primero por Bronislava Nijinska, en una pieza en un acto para Ida Rubinstein, y más tarde por George Balanchine (1951) y Frederick Ashton (1958). Un vals elegíaco, de una gracia y de una elegancia supremas, tocado maravillosamente por la Orquesta Sinfónica de Montreal, como si lo estuviera grabando de nuevo en un estudio (hay versiones históricas con Charles Dutoit) y esta vez expresamente con Nagano.

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