España - Galicia

Mayoría de edad a ambos lados del escenario

Alfredo López-Vivié Palencia

martes, 7 de mayo de 2019
Santiago de Compostela, jueves, 2 de mayo de 2019. Auditorio de Galicia. Okka von der Damerau, mezzosoprano. Orquesta Sinfónica de Galicia. Eliahu Inbal, director. Gustav Mahler: Kindertotenlieder; Anton Bruckner: Sinfonía nº 7 en Mi mayor. Ocupación: 80%.
Eliahu Inbal ensayando con la OSG © 2019 by OSG

No es habitual que Mahler y Bruckner suenen en un mismo concierto, sea por la extensión de sus obras, sea por lo dispar de su carácter, o sea por los sentimientos y emociones incompatibles que puedan provocar en el oyente. Pero en el caso de esta noche dos conjunciones permitieron obrar la rareza, y obrarla con éxito: por una parte, la brevedad de la pieza mahleriana; por otra, la sabiduría de Eliahu Inbal (Jerusalén, 1936), uno de los pocos maestros vivos igualmente experto en unas y otras lides.

El Mahler de Inbal se caracteriza por sacar a relucir sobre todo la transparencia de la orquestación del autor, por encima de lecturas psicoanalíticas o de visiones apocalípticas. Tanto más si se trata de una obra esencialmente intimista como los Kindertotenlieder, en la que el texto de los poemas de Rückert ya es lo bastante truculento como para encima añadirle ingredientes orquestales sísmicos. Por eso su versión se centró en un acompañamiento sosegado y limpio, consiguiendo de la Sinfónica de Galicia unos muy sutiles efectos tímbricos (el arpa, la madera, la percusión) aprovechando además la excelente acústica del Auditorio de Galicia.

La mezzosoprano hamburguesa Okka von der Damerau se presentaba en Santiago avalada por su sólida carrera wagneriana en Munich –de cuyo elenco estable forma parte desde hace casi diez años- y en Bayreuth. Sólida carrera y sólida voz, cálida, bien proyectada y con armónicos generosos, con un timbre adecuadamente oscuro. Defendió su parte con un fraseo elegante, transmitiendo esa seguridad que le predispone a uno a escucharla sin temor a sustos. Tal vez le faltó una pizca de emoción, pero el espectador avezado lo suplió con el conocimiento previo de la letra de las canciones: no hace falta cantar “In diesem Wetter” de manera atormentada para trasladar al oyente la inquietud de cualquier madre por el bienestar de sus hijos.

Y el Bruckner de Inbal se caracteriza porque va al tuétano de sus sinfonías, en versiones que se sitúan en la equidistancia entre el fervor religioso y las cogitaciones filosóficas. Aquí no hay más –ni menos- que la familiaridad de muchos años con estas obras, concebidas no como “catedrales sinfónicas” sino como piezas del repertorio habitual, cuya excepcionalidad no reside en su mera programación, sino en una interpretación que sabe desde el principio hacia dónde va. Es decir, en mi opinión el Bruckner que hace Inbal es el auténtico; o al menos se le acerca mucho.

En el gigantesco movimiento inicial Inbal hizo cantar a tubas y violonchelos el tema principal aunque sin convertirlo en un himno, y todos los desarrollos se sucedieron con naturalidad. Cierto es que las transiciones se dicen sin excesiva tensión, pero sí con la claridad suficiente como para poder diferenciar los bloques sonoros. Los crescendi se construyeron de manera ejemplar y evitando coronarlos con estridencias, controlando la potencia de los quince metales (estupenda, por cierto, la intervención del timbalero en su kilométrico redoble sobre el que se apoya toda la conclusión de este tiempo).

Sin pausa ni para pasar la hoja de la partitura, Inbal se sumergió en el maravilloso Adagio, meditado a tiempo más bien ligero, pero con gran elocuencia y con un pulso incansable, hasta alcanzar el clímax -con platillo y triángulo, faltaría más- que no es una culminación, sino un hito más en el camino (en el que previamente hubo un conato de descalabro general, salvado por el concertino Massimo Spadano en un gesto que vale el salario de un año). El Scherzo salió nervioso, tan impecable como implacable. Además, Inbal hizo comprensible el Finale (un movimiento que a mí me suele resultar difícil de masticar) gracias al mantenimiento de la coherencia con todo lo que vino antes, mirando hacia el frente y sin regodearse en los corales.

Si el concepto me pareció acertado, más todavía la ejecución. Mi admiración por la longevidad de los buenos maestros no tiene límites, y ahí estuvo Inbal, quien a sus 83 años dirigió de pie, con su gesto claro y enérgico (y sus acostumbradas contribuciones guturales), sus tiempos nada premiosos y su sonoridad nada pesada, atento al detalle y con el timón fijo en el rumbo; igual que mi respeto por la Sinfónica de Galicia -primera orquesta bruckneriana de España-, que respondió como un solo hombre en empaste y en articulación (qué importa si hubo un par de vicepatinazos en las trompas; en cambio sí me importó que no hubiera una tarima para los contrabajos, a fin de ganar ese poco más de presencia que les faltó).

Naturalmente aplaudí con ganas al final del concierto, junto con el resto del público. Y parte de mi aplauso va precisamente para ese público, quien con su silencio y su concentración demostró que Bruckner ha dejado de ser –al suroeste de los Pirineos- ese plúmbeo compositor de sinfonías interminables.

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.