Portugal

De claveles, música y revoluciones XVII

Paco Yáñez

miércoles, 8 de mayo de 2019
Oporto, domingo, 28 de abril de 2019. Casa da Música. Pierre-Laurent Aimard, piano. Aleš Klančar, trompeta. Remix Ensemble Casa da Música. Orquestra Sinfónica do Porto Casa da Música. Baldur Brönnimann y Emilio Pomàrico, directores. György Ligeti: Atmosphères; San Francisco Polyphony; Concert Românesc; Mysteries of the Macabre; Concierto para piano. Ocupación: 75%
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Segunda jornada del festival Música e Revolução, y segunda inmersión monográfica en la obra de György Ligeti (Dicsőszentmárton, 1923 - Viena, 2006), con una nueva entrega en Oporto de lo que, sin duda, quedará en los anales de Casa da Música como uno de los momentos más importantes de su historia, a la altura de lo que, como afirmaba Baldur Brönnimann el sábado 27 de abril, ha sido uno de los retos mayores de cuantos haya planteado (y no han sido pocos, ni de escasa envergadura) el auditorio portuense. 

Invirtiendo el orden de la primera jornada de Música e Revolução, en este segundo concierto escuchamos, en la primera parte, a la Orquestra Sinfónica do Porto Casa da Música, que de nuevo con su titular sobre el podio, Baldur Brönnimann, abordó una de las obras orquestales más (re)conocidas de Ligeti: Atmosphères (1961). Tal y como había sucedido un día antes, en las respectivas direcciones de Emilio Pomàrico y del propio Brönnimann, hemos asistido a una lección de control y cuidado en la construcción del sonido; diría, incluso, que en Atmosphères con el freno puesto, lo cual es una pena, porque a la OSPCM la he visto esta tarde capaz de ir más allá, si se hubiese soltado un poco en cuanto a intensidad en los pasajes más virulentos, como el de los abigarrados coros micropolifónicos de metales.

No obstante, esa falta de agresividad ha posibilitado, como el sábado 27 en Lontano (1967), escuchar la partitura con una total transparencia, favorecida por el tempo tan lento con el que Brönnimann ha dirigido Atmosphères; una lectura en la que, pese a la dificultad de escuchar a cada músico por la fragmentación tan enrevesada de la orquesta, dentro de los entramados texturales hilvanados por Ligeti, al menos sí han sonado los distintos bloques seccionales con una gran unidad y sentido plástico, volviéndonos a hacer ver en la memoria las grandes constelaciones astrales de una obra que tan difícil es ya separar en nuestra audición de Atmosphères como 2001: A Space Odyssey (1968); conformando ambas, la película de Stanley Kubrick y la partitura de György Ligeti, uno de los diálogos fílmico-musicales más logrados en la historia del arte. Como un día antes, los silencios que sucedieron a cada interpretación nos han vuelto a hablar de un público no sólo respetuoso, sino fascinado por cuanto escuchaba: unión de excelente música y tan notables interpretaciones. 

Ahora bien, la fascinación alcanzó un grado más en la siguiente partitura: la dificilísima San Francisco Polyphony (1973-74). No conocía esta obra más que a través del disco -en las respectivas grabaciones de Jonathan Nott (Teldec 8573-88261-2) y Péter Eötvös (BMC CD 166)-, si bien Baldur Brönnimann ya me había puesto sobre aviso de lo complejo que resultaba interpretar en vivo una obra que, reconocía, le imponía muchísimo respeto. Pues bien, ese respeto ha debido traducirse en un trabajo de ensayos especialmente concienzudo y que, quizás, haya sido superior al de otras obras tocadas este fin de semana, pues, a pesar de la complejidad de la partitura, los resultados ofrecidos por la OSPCM han alcanzado un nivel verdaderamente espectacular, en una pieza que, efectivamente, en directo alcanza toda su dimensión, por la heterogeneidad tímbrica y el manejo de la orquesta que lleva a cabo Ligeti, de un refinamiento armónico imposible de escuchar en disco compacto.

Como nos señala en sus notas (de nuevo, estupendas) el compositor Daniel Moreira, San Francisco Polyphony hace música las experiencias del que fue primer viaje de György Ligeti a los Estados Unidos, en 1972, invitado por una de las universidades norteamericanas más potentes en lo que a departamentos de composición se refiere, la de Stanford. Allí, Ligeti pudo aprender los avances en música electrónica desarrollados en California; pero, asimismo, sumergirse en la excitante vida de la ciudad de San Francisco, con su caleidoscopio racial y cultural, en las novedades del minimalismo norteamericano, o en la contemplación de las nieblas tamizando los patrones urbanísticos formados por las calles californianas, de naturaleza lineal tan distinta de aquélla a la que Ligeti estaba acostumbrado en la vieja Europa. Es por ello que, como también nos indica Moreira, estamos ante una obra tan hiperactiva como la ciudad que la nombra (en contraste con el plasmático extatismo de Atmosphères), algo que la OSPCM ha dejado patente esta tarde, con una febrilidad orquestal sin paragón este fin de semana a tal nivel de atomización, maravillándonos con una de esas lecturas que uno (como, creo, la mayor parte del público) hubiese deseado que no se terminara nunca.

Es imposible destacar aquí a ninguna sección de la OSPCM; y habría que decir que afortunadamente, pues de ello depende el buen resultado de este ejercicio de equilibrio extremo, en el que cada pieza sostiene al todo, lo implosiona y explosiona, haciendo que la orquesta se encoja sobre sí misma, atravesándose y desdoblándose, cual si una Alicia orquestal (qué personaje, el de Carroll, tan afín a lo ligetiano) atravesase sucesivos espejos detrás de cuyas superficies se encontrasen nuevos mundos (como los que este año tematizan la programación de Casa da Música) a la espera, ya no sólo de ser descubiertos, sino de mostrar nuevas leyes físicas del sonido, con sus ritmos, timbres, armonías, texturas, melodías y un tan largo etcétera como Ligeti reinventa en San Francisco Polyphony. Lo dicho: una experiencia verdaderamente reveladora, de ésas cuyo final se vive entre la tristeza y la incrédula fascinación por lo previamente escuchado. 

Cerró la primera parte del concierto un guiño al pasado, a la etapa postbartokiana y húngara de Ligeti, así como a sus raíces folclóricas: el Concert Românesc (1951), todo un viaje a los orígenes que muestra, asimismo, la tensión entre la voluntad de renovación estética ya inherente al Ligeti de los años cincuenta y los dictados de las autoridades de la Hungría comunista, con su retórica antiformalista, de la cual tan sangrantes ejemplos tenemos en numerosos compositores tanto de la Unión Soviética como de sus países-satélite. Es por ello, como indica Moreira, que el folclore rumano resulta la base temática de este Concert Românesc (tras el estudio realizado por Ligeti de esta música en Bucarest, en el año 1949), si bien una base temática no literal, pues ésta es estilizada -alla Bartók- en la partitura hoy escuchada. 

Aunque para interpretar el Concert Românesc la OSPCM presentaba una plantilla más reducida, en el primer movimiento, 'Andantino', ha primado el peso y la gravedad del sonido, presentando dichos temas folclóricos de forma casi caricaturesca, cual el paso de uno de los gerifaltes soviéticos (recordemos que, en una obra casi coetánea, como la Musica ricercata (1951-53), el propio Ligeti reconocía haber dejado mensajes sobre la opresión del comunismo en Hungría, y cómo ello había marcado su vida). Gran contraste, con el subsiguiente 'Allegro vivace': animadísimo esta tarde en todo momento, muy fluido y camerístico, con una mención especial para flautas, oboe, fagot y un James Dahlgren que, como concertino de la OSPCM, ha estado sobresaliente en ambos conciertos. Aquí, el folclore sí se ha hecho patente, con mayor vuelo y ligereza. Pero lo más interesante de esta interpretación portuense llegó a partir del tercer movimiento: un 'Adagio ma non troppo' en el que las trompas han estado soberbias en sus diálogos entre planos y distancias fuera de escena, así como en la tan particular afinación demandada por Ligeti para evocar no sólo las montañas, por ese juego de llamadas y respuestas en la lejanía, sino el sonido de la trompa alpina (sonoridad que el público de Oporto tiene en su memoria a raíz de la interpretación, el pasado 30 de junio, del Concerto Grosso Nº1 (2014), página para cuatro trompas alpinas y orquesta del compositor residente en Casa da Música en 2018, el austriaco Georg Friedrich Haas).

A mayores, recordemos que la OSPCM incorporaba en este concierto, como primer trompa, al solista del Ensemble Modern de Fráncfort, Saar Berger, un músico fuera de serie en estos repertorios, por lo que la excelencia interpretativa queda al margen de toda duda, adentrándonos en el que quizás es movimiento más moderno y texturalmente complejo de este Concert Românesc. Pero no sólo las trompas han estado estupendas esta tarde; igualmente lo ha estado el corno inglés, tan expresivo, conduciéndonos al corolario, por la modernidad expuesta por Brönnimann en Oporto, de que este Ligeti estaba ya más cercano a los desarrollos que en la siguiente década efectuaría en su lenguaje (ya en Alemania), que a la retórica formalista húngara (de hecho, como también nos recuerda Daniel Moreira, el Concert Românesc fue censurado en Hungría y prohibida su radiodifusión). Otro de los aspectos que me ha interesado especialmente de esta interpretación portuense, ha sido cómo Brönnimann estilizó esos motivos (pseudo)folclóricos de forma tan moderna en ritmos y color, trascendiéndolos, algo que no podría decir que hubiese escuchado en interpretaciones previas de esta página en vivo, en las que normalmente se acusaba de forma exagerada su lado popular (de un modo populista, más bien).

Es por ello, de nuevo, la importancia de una inmersión como la que Música e Revolução ha posibilitado, pues pone en contexto(s) a cada pieza, mostrando sus vínculos, diálogos y pasos en la escalera del estilo. Análoga modernidad mostró el 'Molto vivace', ya desde su comienzo, con unas cuerdas que, además de vivísimas rítmicamente, han profundizado en un denso colorido. A partir de dicha base, James Dahlgren ha dado toda una lección en el final de este cuarto movimiento, con una cuidadísima afinación y el despliegue de unos armónicos que nos hablan de cómo desde la estilización de un folclore imaginado surgen las texturas del que sería Ligeti de los años sesenta, aunando lo bartokiano y aquello que habría de trascenderlo (integrándolo, sin duda, como se vería en el Ligeti de los años ochenta). Ya los contrabajos, ya el propio James Dahlgren, con su extremo cuidado sonoro, han mostrado, así pues, cómo la melodía y la armonía son tímidamente sublimadas en pos de la textura, de esas masas que, aquí todavía muy puntualmente, habrían de definir al Ligeti que sería, y del cual hoy en Casa da Música -cosas de este tiempo líquido y reversible- veníamos. Como era previsible, con un final tan luminoso y pegadizo como el de este Concert Românesc (partitura que parece tocar especialmente a regiones con un lenguaje folclórico tan enraizado como el norte de Portugal), la ovación fue, de nuevo, enorme. 

De forma muy acertada, no quiso el director artístico de Casa da Música, António Jorge Pacheco, finalizar estas dos primeras jornadas de Música e Revolução con el Concert Românesc, pues, aunque así tocado enfatiza la modernidad de esta página, no supone, ni mucho menos, un sumatorio del lenguaje ligetiano como el que sí nos ofrece la partitura que cerraría esta velada del domingo 28: el genial Concierto para piano (1985-88).

Pero antes de adentrarnos en el Concierto para piano, escuchamos otra página de total maestría y dominio técnico, Mysteries of the Macabre (1974-77/1991), ya con el Remix Ensemble sobre el escenario, conducido de nuevo soberbiamente por Emilio Pomàrico, director que entró a la Sala Suggia portando la trompeta de quien sería esta noche solista, el esloveno Aleš Klančar (músico del propio Remix). A la entrada de Klančar (ataviado de negro, brazalete y corte cuasi militar, con una camiseta que dejaba entrever una gran calavera propia de un Damien Hirst), los primeros rifirrafes entre trompetista y director por la posesión del instrumento dieron lugar a la prolija teatralización que suponen estos Misterios del Macabro en correlación con la ópera desde la que se desgajan, Le Grand Macabre (1974-77, rev. 1996). El gran problema esta tarde fue el hecho de que un día antes, en esta misma sala, el público había podido disfrutar de seis escenas de la ópera original, con una interpretación dramatúrgica y vocalmente estratosférica de la soprano sueca Susanna Andersson (así como, en lo instrumental, de la OSPCM), por lo que estos Misterios sonaron un tanto descafeinados frente al deslumbrante espectáculo del sábado 27.

No posee Aleš Klančar, además, la elocuencia comunicativa de Andersson, ni despliega semejante plétora de efectos guturales y fonéticos, por lo que, como me sucede con las versiones discográficas de la obra que conozco, las de los trompetistas Sava Stoianov (Ensemble Modern Medien EMCD-008), Peter Masseurs (Teldec 8573-83953-2) y Marco Blaauw (NEOS 11013), me ha vuelto a parecer que en este instrumento el Macabro pierde enteros; especialmente, si pensamos que realizaciones del mismo con soprano, como las de Sibylle Ehlert (Sony SK 62311) y Barbara Hannigan (Accentus ACC 20327), resultan mucho más afines al sentido de la ópera.

Y es que Le Grand Macabre es una ópera de excesos que resultan demasiado comprimidos en su implosión camerística; máxime, si se pueden contrastar ambos formatos en tan poco tiempo; por lo que, quizás, yo hubiese optado por otra partitura en este segundo concierto, como Ramifications (1968-69), Melodien (1971), alguno de los restantes conciertos de Ligeti (aunque pudiese ser reiterativo el programar dos en una sola parte), Aventures & Nouvelles Aventures (1962-65), o Clocks and Clouds (1973), dando entrada, en esta última, al Coro Casa da Música (lo cual, cierto es, multiplicaría el de por sí elevado presupuesto y la complejidad interpretativa de un cita como ésta; pero ya se sabe que, a veces, y como nos recordaba Cernuda, se confunden la realidad y el deseo).

Sea como fuere, y aunque con la luminosa sombra de lo escuchado el sábado 27 pesando sobre estos Misterios dominicales, el Remix volvió a demostrar que su calidad en este repertorio es enorme, con una definición tímbrica, instrumento por instrumento, fantástica, especialmente lograda (y más teatral) en la escena final de las compendiadas en Mysteries of the Macabre: página un tanto de transición, así pues, hacia lo que sería otro de los triunfos de Música e Revolução en 2019... 

...y es que lo escuchado en el Concierto para piano esta noche fue una maravilla, con un Pierre-Laurent Aimard en estado de gracia, a la altura de lo que le conocemos en sus registros fonográficos de los años 1992, con Pierre Boulez y el Ensemble intercontemporain (Deutsche Grammophon 439 808-2), y 2000, con Reinbert de Leeuw y el Asko Ensemble (Teldec 8573-83953-2). La sonoridad creada por Emilio Pomàrico y el Remix está más cercana ahora a la del conjunto holandés, uno de los grupos con los que Ligeti más estrechamente colaboró en sus últimos años de vida. Precisamente, el propio Reinbert de Leeuw había dirigido la última interpretación del Concierto para piano que recuerdo en Casa da Música, la que tuvo como solista a Nicolas Hodges el 28 de junio de 2008 (por cierto, en los primeros tiempos del auditorio portuense, cuando la asistencia había sido, aquel tórrido día, de tan sólo el 20% del aforo y António Jorge Pacheco, con una fe visionaria, me decía que ya acudiría el público a la Sala Suggia, que la habría de llenar en muchas ocasiones para escuchar música contemporánea, como, al cabo de los años, así ha sido).

Precisamente, aquel 28 de junio de 2008 había entrevistado a Reinbert de Leeuw; una entrevista en la que el director holandés dejó algunos comentarios sobre la música de Ligeti y sobre este Concierto para piano que creo pertinentes rescatar:

Con Ligeti siempre tenías que ir al filo, al mismo límite de las cosas; si hablamos de virtuosismo, está al límite de lo tocable, pero lo mismo en lo referido a la expresividad, a las dinámicas, en todo debías llegar tan lejos como pudieras. Él era capaz de escribir ffffffff y después pedirte un multicrescendo, y además que todo sonara con una limpieza perfecta; y aunque era muy moderno, a menudo te podía pedir un sonido de tipo romántico, incluso en Lontano, que te lo relacionaba con Chaicovski o con Beethoven y aún más, pidiendo más vibrato, más arco y todo eso. Es por ello que el temperamento en su música es, muy a menudo, muy distinto al carácter tan intelectual de sus composiciones. Ligeti era un hombre de una intelectualidad increíble, y si analizas su música te das cuenta de cuán intelectual es; y es que él lo quería todo en su música: el intelecto, el temperamento, los extremos, el carácter, etc.

[El Concierto para piano] Es una pieza que está llena de un ritmo increíble, con una escritura maravillosa y mucho swing en el piano, verdadero swing. Hay dos cosas muy típicas del carácter de Ligeti en este concierto; la primera de ellas es el segundo movimiento, el 'Deserto', que comienza con ese piccolo en registro grave y un fagot muy agudo, que son realmente tristes, y que nos remiten a cosas que ya hizo en el Trío con trompa (1982) o en el Concierto para violín (1990, rev. 1992), y que es un verdadero lamento. Y es algo tan personal que, con sólo escuchar la primera nota del piccolo, ya puedes decir: "Esto es Ligeti", ya que es una cosa con una personalidad extremadamente fuerte. Por otra parte, el cuarto movimiento es tan humorístico, y, más, en medio del caos que crea... De forma que aquí se juntan los dos lados de Ligeti: el humorístico y el del lamento, pero ambos con una fuerte personalidad. 

En aquella misma entrevista, Reinbert de Leeuw afirmaba sobre el Remix que, con una partitura tan compleja de por medio como el Concierto para piano de Ligeti, ellos no tienen problemas con las dificultades de la obra, ya que ellos hablan el lenguaje, tienen la experiencia para hacer esto. Son realmente muy buenos. Pues bien, once años más tarde, no sólo parece que las dificultades se hayan vuelto a solventar, sino que la madurez aquilatada por el Remix en este lapso de tiempo les haya dado un plus de excelencia, pues la lectura del 28 de abril de 2019 ha superado con creces a la de aquel 28 de junio, en cuya reseña ponía varias pegas al Remix que hoy no podría repetir.

De este modo, el primer movimiento, 'Vivace molto ritmico e preciso', resultó simplemente perfecto en ritmos, colores y capas de relieves instrumentales. Otro aspecto que ha cambiado radicalmente con respecto a 2008 ha sido el sonido del piano, pues en los días previos a este concierto un técnico de confianza de Pierre-Laurent Aimard prácticamente ha desmontado el Steinway & Sons de Casa da Música para remontarlo según los criterios especificados por el pianista francés, de forma que la sonoridad fuese la más propiamente ligetiana, algo que se nota desde su primera entrada; así que creo, sinceramente, que no se puede decir que se haya escuchado en realidad este Concierto para piano a no ser que se haya hecho por el propio Aimard y con este ajuste, en concreto, del instrumento. Y es que ni siquiera el sonido de las notas es el mismo, con un deje entre el piano mecánico y un piano vertical, así como con una afinación que incorpora un resquicio cuasi microtonal que convoca muchos más ecos del mundo en la lectura de Aimard, pues esta tarde en Oporto el Concierto para piano ha vuelto a ser ágora de la interculturalidad, tal y como lo es el último Ligeti, refrendando un primer movimiento hipnótico y febril, cual caleidoscopio de técnicas, ecos y reverberaciones. 

La transición al soberbio y doloroso 'Lento e deserto' resultó modélica, con el cavernoso contrabajo de António A. Aguiar: perfecto; y una Stephanie Wagner no menos excelente en un flautín que ha sonado cual aquí se requiere: como un sonido lejano, entrevisto en la distancia. El continuo de Aguiar acompañó todo el comienzo de este segundo movimiento perfectamente ligado y sin vibrato, asentando una textura muy sólida. También clarinete, fagot y flauta de émbolo (tocada por el percusionista Mário Teixeira) han contribuido de forma sobresaliente a dibujar ese paisaje tan amenazante, estratificado e hipnótico sobre el que entra Aimard igualmente como en lontananza, agazapado, con un control de las dinámicas impresionante.

Los sucesivos cambios de color y textura en este segundo movimiento, como los efectuados por António A. Aguiar en sus armónicos sul ponticello, han resultado tan certeros como constructivos, engastándose en una estructuración polifónica deslumbrante, tan clara y definida como habíamos escuchado al Remix ayer, pero, si me apuran, con un punto extra de intensidad expresiva, algo esperable con Pierre-Laurent Aimard al teclado; un Aimard cuyo comienzo del 'Vivace cantabile' nos remite, por su digitación, mecanismo y colorido, a esos Études (1985-2001) en los que, dos días después, el martes 30 de abril, el francés volvió a sentar cátedra en Casa da Música. Esa vivacidad la transmite Aimard a un Remix que parece concentrar aquí las densidades rítmicas y los brutales contrastes de la propia San Francisco Polyphony, volviendo a interconectar, una vez más, las distintas piezas hoy tocadas en Oporto. Tal volumen e intensidad alcanzó la lectura de este movimiento, que el Remix parecía otro con respecto a los Misterios del Macabro, convirtiéndose el ensemble en todo un piano que extendía lo que Ligeti ha concentrado en sus Études: ensemble-piano filtrado, en todo momento, por el pensamiento musical de un Aimard que, no tengo duda, ha marcado sobremanera la concepción artística de esta lectura portuense. 

Pero si un movimiento ha mostrado trasvases de El gran Macabro, éste ha sido el tercero, un 'Allegro risoluto, molto ritmico' de comienzo súper teatral (más, incluso, que la partitura previa). Y es que Aimard transmuta aquí el concierto, dándole una enorme expresividad, con una perfección apabullante y un dominio de las formas históricas sublimadas que supone toda una lección de cómo comprende la sabiduría del propio Ligeti con respecto a la tradición musical (europea y no europea). En este sentido hemos de entender cómo desarrolla el pianista francés (y el propio Remix, por extensión) una melodía plenamente redescubierta a través de su construcción por los distintos músicos del ensemble: verdadero puzle sonoro que ha resultado en Casa da Música una virguería, así como ha procedido a un trabajo de deconstrucción y síntesis de los elementos musicales de obras como el propio Macabro o San Francisco Polyphony; por lo que, de nuevo, el Concierto para piano se convierte en ese sumatorio y síntesis ligetiana que ya conocíamos por las lecturas discográficas de Pierre-Laurent Aimard.

De este modo, ya sea en el pizzicato Bartók, en la percusión, en el staccato de las maderas, o en el piano, todo el ensemble ha dado cuenta de un pulso tan heterogéneo como unitariamente construido que no puedo calificar más que de deslumbrante; siendo increíble que una agrupación tan reducida pueda generar un sonido así de grande, algo que volveríamos a escuchar en un 'Presto luminoso, fluido, constante, sempre molto ritmico' impactante por su intricado mecanismo, haciendo vibrar Aimard y Pomàrico a cada pieza del Remix. El final de la partitura sonó con gran brillo, en línea con la belleza tímbrica de toda la lectura, así como con su irrefrenable énfasis rítmico, rubricando una interpretación excelente que ha mejorado con creces, tanto por solista como por ensemble, la del año 2008, mostrándonos, ahora sí, a un Remix a la altura de lo mejor en este repertorio, algo que el público portuense (en un número muy superior al de aquella tarde de hace once años) supo premiar con una cerradísima ovación, especialmente intensa para un Pierre-Laurent Aimard que recibió el aplauso más caluroso de la tarde. 

Concluían, así, los dos primeros conciertos de Música e Revolução en 2019, dos conciertos caracterizados por su altísimo nivel interpretativo y por la profundización en la obra de quien fue uno de los compositores más geniales del siglo XX: un György Ligeti de cuya vida en lucha contra los totalitarismos de todo signo, ya fueran políticos, culturales, o estéticos, no dejamos de aprender importantes lecciones. Baldur Brönnimann, un director siempre atento a la defensa de las libertades y de los derechos civiles, es un buen conocedor de la trayectoria humana de Ligeti, de cómo el húngaro fue, en tantos momentos de su vida, un emigrante que, precisamente por ese recorrer con la mirada atenta el mundo, supo que es en diálogo entre las culturas cómo éstas se enriquecen y comprenden mutuamente. Es por ello que, en vilo la noche del domingo por la amenaza en España de la ultraderecha carpetovetónica, cobran mayor valor y sentido, tras lo escuchado en Música e Revolução, las palabras que Brönnimann colgaba en sus redes sociales en dicha fecha:

Yo crecí en las afueras de Basilea. En mi barrio en los años 70 había muchas familias portuguesas y españolas, buscando trabajo, buscando mejor futuro y huyendo de la represión política en sus países. Ahora soy yo el inmigrante en su país, la España que se construyó después de la dictadura. Pero hay gente que quiere volver atrás, con un discurso de odio, de xenofobia y de un nacionalismo mal entendido. Por eso, amigos, mañana HAY QUE IR A VOTAR! Para defender nuestros derechos, para defender la cultura y para una sociedad inclusiva, justa y libre.

Todo un ejemplo de dignidad ligetiana (que, tras las elecciones del 28 de abril, podemos leer algo más aliviados, aunque sin bajar la guardia).

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