Alemania

Talento contra espacio

Esteban Hernández

lunes, 13 de mayo de 2019
Múnich, lunes, 6 de mayo de 2019. Herkulessaal. Benjamin Grosvenor, piano. Obras de Schumann, Janáček, Prokofiev y Liszt. Ocupación: 25 
Benjamin Grosvenor © Ptrick Allen/ Opera Omnia

El paso por Múnich de Benjamin Grosvenor se enmarcaba dentro del arranque una gira internacional con idéntico programa que verá pasar al pianista londinense por Reino Unido, España (Barcelona 20/05 y Zaragoza, 21/05), Italia y Francia.

Nada queda ya por descifrar en la biografía de este precoz prodigio británico– el más joven en participar en el concierto inaugural de los Proms –, y la única incógnita entorno a la larga carrera que le queda por delante es atisbar el límite de su talento. Si hay algo que, independientemente del repertorio, se puede valorar en primera instancia es el trabajo analítico que se esconde tras cada una de sus interpretaciones. Nos puede convencer más o menos el resultado, quizás solo carente de más expresividad física – que poco o nada aporta – pero lo que no deja lugar a ninguna duda es que Grosvenor es sumamente consciente de los quiebros armónicos, rítmicos, tímbricos y melódicos del repertorio que afronta, e intenta extraerles el mayor jugo a través de versiones que bailarán, según su arbitrio, entre la corrección, el desafío y la ostentación, cualidades que de forma gradual y ordenada el propio programa nos desvela.

De la corrección dio buena cuenta su visión de la de Schumann (Blumenstück y Kreisleriana), las piezas con las que abrió el recital, muestras ambas que sirvieron al espectador para reconocer ipso facto las intenciones con las que Grosvenor afronta sus interpretaciones, las cuales, amén de técnicamente impolutas, revelan una extraordinaria atención a los elementos discursivos.

Su mayor capacidad expresiva se mostró a través de la Sonata 1.X.1905 de Janáček, dedicada a Franfisek Pavlik, un trabajador muerto durante una manifestación a favor de la apertura de una universidad cerca de Brno en la fecha que rememora el propio título. La obra, cual tributo, confeccionada entorno a un ambiente de lúgubre tristeza, despliega el característico trabajo del compositor checho con las dinámicas, modulaciones y cambios de tempo, y estas cualidades sirvieron para mostrar como el pianista no deja ningún de estos parámetros a la voluntad del destino.

Nada más lejos del impresionismo que por lo general el público menos entendido parece atisbar en el título que Prokofiev le confirió a su op. 22. Esta especie de tableaux no esconden ningún intento evocativo o descriptivo, y se alejan intencionadamente de los halos románticos con los que Grosvenor abrió la velada, para profundizar en la sensibilidad de un discurso confeccionado nota a nota, al que el intérprete respondió con una inusitada atención en el detalle.

Las Réminiscences de Norma hicieron por último gala de la ostentación a la que aludí en un primer momento, el patente virtuosísimo de este tributo belliniano no estuvo por ello exento de la sutileza en la lectura, y la búsqueda de un equilibrio tímbrico que desmenuzó la variada paleta que Liszt puso sobre la mesa al virtuoso que se prestase.

Grosvenor solo tuvo una penalización, que no fue otra que la propia sala, una Herkulessaal de acústica idílica, pequeña para albergar su talento, pero excesivamente grande para un concierto que hubiese agradecido una atmósfera más intima, sin la compañía de cerca de mil butacas vacías que poco podían aportar, pero que, todo sea dicho, tampoco implicaron una falta de entrega por parte del intérprete.

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.