España - Galicia

Nueva era para Resis

Paco Yáñez

lunes, 13 de mayo de 2019
A Coruña, sábado, 4 de mayo de 2019. Iglesia de las Capuchinas. Fukuda Rando: Tabibito no Uta. Satoko Maeda: Youyou. Repertorio Honkyoku. César Viana, shakuhachi. Luz Arcas, coreografía. Ocupación: 100%.
La Era Reiwa © Dominio público

Tras la gran acogida que el Festival de Música Contemporánea Resis obtuvo en la que fue su primera edición, en 2019 el equipo liderado por Hugo Gómez-Chao desde la dirección artística nos propone un salto de calidad en esta segunda entrega de Resis, con un ambicioso programa de actividades que, del 3 de mayo al 1 de junio, pondrá su foco en la música contemporánea y actual, emplazando sobre los atriles de un destacado grupo de instrumentistas especializados obras que van de clásicos como Pierre Boulez, Luigi Nono, o Gérard Grisey a estrenos de algunos de los compositores gallegos más interesantes del momento, como Hachè Costa, Jacobo Gaspar, o el propio Gómez-Chao.

Además del apartado puramente musical, Resis nos ofrece este año una serie de diálogos interdisciplinarios que comprenden las videoinstalaciones, la fotografía, la cocina, o la danza: disciplina, esta última, coprotagonista del primer concierto del festival, el que reunió en la Iglesia de las Capuchinas de A Coruña al flautista portugués César Viana y a la bailarina y coreógrafa malagueña Luz Arcas. Juntos, nos han presentado una intervención de una belleza tan inquietante como sobrecogedora, Ubume, término (según nos informan las notas al programa) proveniente de la mitología japonesa que nombra a un tipo de espíritu femenino (yōkai), una mujer muerta durante el parto que vaga por la tierra con su hijo vivo en brazos, mendigando para alimentarlo y suplicando que algún transeúnte se haga cargo de él.

Ha sido toda una coincidencia que el estreno absoluto de Ubume haya tenido lugar, precisamente, la semana en la que en Japón nacía, como en el propio Resis, una nueva era, la Reiwa (traducible, de forma tan afín a lo musical, como «hermosa armonía»), con la entronización, el pasado 1 de mayo, del 126º emperador en el Trono del Crisantemo, Naruhito. De este modo, quedarán para el recuerdo como últimos grandes conciertos de música japonesa en Galicia, en las postrimerías de la que fue Era Heisei (1989-2019, la del emperador Akihito), eventos como la residencia artística de Toshio Hosokawa en el festival son[UT]opías del año 2014; el programa de música y danza Six Japanese Gardens, ofrecido en varios puntos de nuestra comunidad por miembros del Conservatorio de Lugo en 2017; o el inolvidable recital dedicado a Tōru Takemitsu y Toshio Hosokawa, con caligrafía nipona en vivo de Aoi Yamaguchi, interpretado en Pontevedra por los pianistas David Durán y Haruna Takebe el 9 de junio de 2017. Entre dichos eventos, hemos de sumar, en la que fue primera edición de Resis, la presencia de Toshio Hosokawa, por medio de su cuarteto de cuerda Kalligraphie (2007, rev. 2009), tocado en el Aquarium Finisterrae herculino el 12 de mayo de 2018 por el Grupo Instrumental Siglo XX.

Así pues, un año y una era más tarde, Ubume nos ha propuesto un diálogo entre la flauta japonesa tradicional, el shakuhachi, y la danza contemporánea experimental: un diálogo «despojado y desprotegido» (nos dicen las notas al programa) en el que el shakuhachi ha puesto lo más oriental, meditativo y sereno del concierto; mientras que la coreografía, lo más europeo, virulento y dramático. El flautista, compositor, director y musicólogo César Viana es uno de los mayores expertos europeos en shakuhachi: flauta de bambú que ha estudiado durante sus numerosas estancias en Japón, y sobre la que nos ha instruido en A Coruña, charlando con el público tras el concierto. Entre sus enseñanzas, aprendimos de Viana el hecho de que el arte del shakuhachi estuvo prohibido en Japón desde el siglo XIX (a partir de 1868, en el marco de la Restauración Meiji), quedando recluida su práctica a los templos, donde esta flauta sirvió como alternativa al Zazen (zen sentado), por medio del Suizen (zen soplado). Con anterioridad a la prohibición de este repertorio, en el siglo XVIII el monje Kinko Kurosawa recogió las 36 piezas del Honkyoku: repertorio tradicional de shakuhachi compuesto en su mayoría durante el Período Edo (1603-1868) que ha servido de base para el concierto del 4 de mayo en A Coruña, incluyendo César Viana en su programa las piezas Choshi ("Preparación"), Matsukaze ("El viento en los pinares"), Tamuke ("Manos puestas en oración"), Sashi ("La muerte de Buda") y Kyorei ("La campana vacía").

Con dos bellos shakuhachis modernos (con el interior del tubo ya lacado), uno del siglo XIX y otro de mediados del siglo XX, Viana nos mostró en directo una sonoridad tan poco habitual en Galicia, con su rugosidad y carácter arcaico, tan esencial y despojada, convocando ecos de la naturaleza y del viento, así como exigiendo una depurada técnica; muy especialmente, en lo que a embocadura y articulación del aire se refiere, algo que pudimos ver de primera mano gracias a la proximidad física de un Viana que deambuló entre los bancos de la iglesia, cual la Canción del viajero que explicita Tabibito no Uta (1946): obra de Fukuda Rando (Chikusei, 1905-1976), y una de las dos piezas modernas tocadas por el flautista portugués junto con el repertorio Honkyoku; además de Youyou ("De lejos") (2018), de Satoko Maeda (1956), compositora que, con su presencia en este programa, reafirma otra de las líneas estratégicas expresadas por Hugo Gómez-Chao para Resis en 2019: la visibilización de la mujer en el arte y en la música contemporánea, algo de lo cual los dos primeros eventos del festival han sido un perfecto ejemplo, pues, además de la breve partitura de Satoko Maeda, hemos de sumar la intervención coreográfica de Luz Arcas, así como, un día antes, la videoinstalación Cosmos, de Begoña M. Santiago (participaciones que, en sucesivos conciertos, se verán ampliadas por partituras de compositoras como Kaija Saariaho, Agata Zubel, o Lula Romero; así como por la instalación A pantasma dun xesto, de la artista argentina Romina Casile, en la Normal).

 

Sin embargo, y a pesar de la mucho más reciente composición de las piezas (por cierto, toda una obra pictórica, la partitura de cada una de ellas) de Fukuda Rando y Satoko Maeda, no podría decir, en absoluto, que éstas sonasen con mayor modernidad, resultando piezas como Matsukaze más contemporáneas por su manejo de la rugosidad del aire en la articulación del shakuhachi. Asimismo, en Sashi pudimos escuchar un muy bello diálogo entre la flauta de bambú y el tam-tam, este último tocado por Luz Arcas, en sutil correspondencia con lo que sonaba en el instrumento de César Viana; de ahí, que la bailarina percutiera el disco en distintos puntos del mismo con mayor o menor intensidad, intentando empastar con el tono y la dinámica de Viana al acercarse éste a los pasajes de silencio que intermediaba en su shakuhachi. Y es que, como conocemos por la obra de compositores como los citados Tōru Takemitsu y Toshio Hosokawa, la música japonesa habilita amplios lapsos de silencio en cada una de las partituras hoy escuchadas; silencios tomados para efectuar una respiración que es, al tiempo, ejercicio de meditación y respiración del yo con el mundo (cual el Suizen de los monjes mendicantes que crearon el Honkyoku, los komusō). Además, tal y como sucede en la caligrafía japonesa (aspecto, éste, que hemos sacado a colación en numerosas reseñas dedicadas a Hosokawa), se produce un recorrido en la articulación del shakuhachi que hace explícitos esos lienzos de silencio, cual en la escritura nipona el momento de elevación de la pluma y búsqueda de la disposición espiritual necesaria para el subsiguiente ataque: lo que en el arte del shodō se conoce como konton kaiki. Esos silencios, a modo de vaciamiento antes de un nuevo soplido al shakuhachi, han sido los que Luz Arcas ha explorado de forma tan bella en Sashi, con el tan pertinente timbre que en un recital de naturaleza oriental introduce el tam-tam: un sonido cuya reverberación en distintas duraciones, según el rango dinámico de los ataques de Arcas, ha aportado otra luz y una textura instrumental muy bella frente a lo que es línea más vinculada a lo melódico en la flauta.

En todo caso, un recital de este tipo exige del oyente occidental abrir su mente y adentrarse en la espiritualidad que el arte del shakuhachi supone; pues, de lo contrario, la propia audición, desgajada de tal ejercicio de meditación (respirada, para el propio Viana; escuchada, para quienes fuimos oyentes), se vacía y pierde sentido. Pero ello no nos exime de profundizar, como tan amablemente lo hizo César Viana con el público tras su interpretación, en aspectos técnicos y musicológicos del shakuhachi en sus distintas vertientes históricas, algo que este concierto en Coruña posibilitó, al incluir piezas más propiamente japonesas, de carácter que Viana decía más desestructurado (y moderno, exteriormente, con una mayor tensión y rugosidad), frente a otras que, como Kyorei, nos remiten a los orígenes del arte del shakuhachi en la antigua China, con una estructura, paradójicamente, más cercana al pensamiento melódico europeo, así como con frases de mayor direccionalidad, que se ligaban sucesivamente arrastrando y variando materiales musicales. En tal sentido, resulta fundamental que la ejecución de este repertorio japonés, tanto el antiguo como el moderno a él referenciado (como en Ubume ha sido el caso), sea realizada por un músico que conozca en profundidad dichas fuentes históricas y sus prácticas interpretativas, algo en lo que Viana ha estado soberbio, aunando su conocimiento de la tradición Honkyoku a su larga experiencia como intérprete, desde música medieval a contemporánea, dando forma en su shakuhachi al concepto japonés del sawari, con su refinadísima mezcla de melodía y rugosidad armónica por la vibración resonante del aire. Y es que, incluso con un mismo instrumento oriental de por medio, el uso que de estos se realiza cambia totalmente si se referencia a la tradición nipona ancestral o si se enfoca desde un pensamiento occidental. Es algo que pude comprobar de primera mano en junio de 2013, cuando el Atlas Ensemble (agrupación formada por instrumentos asiáticos) desarrolló, en Santiago de Compostela, su residencia artística en el festival de encuentro entre culturas son[UT]opías, ocasión en la que le había preguntado a la intérprete de shō (órgano de boca japonés) Naomi Sato por las diferencias que encontraba entre la utilización de este instrumento en la tradición de su país y en compositores europeos y norteamericanos que, como John Cage, en piezas como Two3 (1991), o Helmut Lachenmann, en Das Mädchen mit den Schwefelhölzern (1990-96, rev. 2000), habían hecho uso del mismo; siendo categórica Sato al afirmar que lo realizado por los occidentales distaba todo un universo técnico y estético de la no linealidad en las escalas del shō tradicional japonés, con su arcaica coreografía digital.

Pero, más allá de códigos culturales, de procedimientos técnicos, o de rasgos estilísticos diferenciados a ambos lados del mundo, es obvio que el entendimiento entre Europa y Japón es posible a través del pulso musical que César Viana ha respirado la tarde del sábado 3 de mayo en la Iglesia de las Capuchinas, y de ello es un buen ejemplo la coreografía de Luz Arcas: indisociable del shakuhachi de Viana, ya en la pieza en la que han acabado conformando un dúo instrumental (la ya citada Sashi), ya en la propia percusión que Arcas activaba con su cuerpo, así como con éste contra el suelo, con golpeos de los pies, de las manos y fricciones al arrastrarse por él. La subyugante danza de Luz Arcas ha sido coreografiada por la andaluza a partir de una grabación realizada por Viana de las piezas hoy escuchadas; de ahí, la perfecta adecuación del baile a lo musical, ya no sólo en lo que a ritmo, intensidades y pulsos se refiere, sino en lo que concierne a la propia dramaturgia planteada por Ubume. Es por ello que Arcas ha desplegado una gestualidad explícitamente referida a ese espíritu femenino de la mitología japonesa: a su gravidez, a su muerte, a su súplica, a su humillación..., con todo un abanico coreográfico de una enorme potencia expresiva, por más que perturbadora, como no podría ser de otro modo, teniendo en cuenta cuanto el propio yōkai convoca. Junto con estas referencias tan explícitas y comprensibles por cualquier mirada occidental a la ternura, al horror, a la sexualidad, a la autolesión y a todo un despliegue de un gran expresionismo, en el que diría se incluye la sorpresa de la madre muerta por su no corporeidad (que intenta explorar con ahínco, mostrando el rostro de Luz Arcas la tragedia del no-encuentro), se han incorporado gestos que nos remiten a la cultura japonesa y al teatro Nō, a las posturas de meditación, a los elementos naturales, al espíritu que se desmaterializa en el aire, al pájaro: todo un vocabulario que resulta tan pertinente y bien traído, como aterrador, pues desde el rostro de Luz Arcas hasta sus extremidades hemos visto en ella la tensión dramática de una forma descarnada, en sus sucesivos desplazamientos, como los de César Viana, por el espacio escénico conformado entre los bancos de la iglesia.

El tercer elemento que, junto con el shakuhachi y la danza, articula a Ubume es la luz: convertida en verdadera instalación escenográfica, pues la iluminación de Octavio Más ha creado un nebuloso túnel que han atravesado César Viana y Luz Arcas: un pasaje entre la luz y la oscuridad, entre un espacio del yin y otro del yang; como complementarios han sido lo japonés, en la flauta, y lo europeo, en la danza, sumándose y fundiéndose en un mensaje de entendimiento que habremos de rescatar de este concierto como invitación a una escucha mutua entre culturas. Eso, al menos, parecimos comprender quienes disfrutamos de Ubume, pues al concluir el concierto el público pudo dialogar con los artistas, profundizando en los arcanos del shakuhachi. Se ha ido conformando, así, y por segunda jornada consecutiva en Resis, un agradable ambiente de festival que, sin duda, se reforzará en los próximos eventos con cita gastronómica tras el concierto: ágora tan necesaria para el diálogo y el encuentro en/desde el arte.

Unos minutos más tarde, al abandonar, con tan gratas impresiones, la Iglesia de las Capuchinas en dirección a la playa del Orzán, otra dramaturgia de la luz nos aguardaba, con una radiante puesta de sol sobre las aguas del Atlántico. Así, desde la música del país del sol naciente emergimos al ocaso en este país del sol poniente que es Galicia, con un sol cuyos últimos rayos en dirección a Coruña iluminaban, precisamente, una edificación con firma nipona: una Domus que nos llamaba, con los últimos brillos de su vela de pizarra, al que sería siguiente concierto de Resis, el sábado 11 de mayo: primera entrega del ciclo Gran Torso bajo la dirección musical de Hugo Gómez-Chao y concierto que se celebrará, precisamente, en esa Casa del Hombre diseñada por el japonés Arata Isozaki, conectando sucesivas citas de Resis entre sí, pues siete días más tarde, el sábado 18, será la música de un buen amigo de Isozaki, Toshio Hosokawa (que calificaba en entrevista para Mundoclasico.com al arquitecto japonés como su «mentor»), la que dé comienzo al que será tercer concierto de Resis en 2019: un festival que, sin duda, ha entrado en una nueva era.

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