España - Galicia

Sí pero no, pero sí, pero…

Alfredo López-Vivié Palencia

martes, 14 de mayo de 2019
Santiago de Compostela, viernes, 10 de mayo de 2019. Auditorio de Galicia. Real Filharmonía de Galicia. Wayne Marshall, piano y dirección. George Gershwin: Obertura de Strike up the Band!, Concierto para piano en Fa mayor; York Bowen: Sinfonía nº 1 en Sol mayor, op. 4. Asistencia: 80%.
Wayne Marshall © 2017 by WDR/Detlef Overmann & Ed Brambis.

Dicen que hay que tener cuidado con lo que uno desea, porque a veces se puede cumplir. Hace apenas tres meses, tras una espléndida interpretación de Funny Face con Paul Daniel, expresé aquí mi deseo de que la Real Filharmonía profundice en George Gershwin. Mira por dónde esta noche me sirven dos tazas, encima al mando de un artista tan afamado en este repertorio –y a quien nunca había podido ver en directo- como el británico Wayne Marshall (Oldham, 1961), y por si fuera poco el concierto de esta semana cae en viernes –que uno siempre está de mejor humor-. De manera que entré en el Auditorio frotándome las manos.

Frotarlas, frotémelas; pero menos de lo que hubiese querido. Escuchar la obertura de Strike up the Band! en tan expertas manos provoca inevitablemente –y felizmente- que el espectador no pueda estarse quieto en su butaca, tal es el contagio de su brillantez rítmica y melódica. Y desde luego en el aspecto rítmico sólo puedo escribir todos los adjetivos laudatorios posibles. No así en el melódico: dije hace tres meses que estas cosas han de tocarse como si se cantasen, estirándolas pero sin romperlas; ese sutil arrastre viene a valer en el fraseo de Gershwin lo que el rubato en el del vals vienés; y ahí Marshall no acabó de acertar, haciéndolas un tanto cuadriculadas.

También dije entonces que la Real Filharmonía me sonó demasiado grande. Algo que esta noche se vio acentuado, no sólo por el amplio elenco que pide la partitura para la percusión y el metal, sino sobre todo porque Marshall así lo quiso. Y el caso es que en el Concierto en Fa hay demasiadas sutilezas –sobre todo en el primer movimiento- como para taparlas con semejante estruendo. En el otro lado de la balanza hay que poner la hipnosis que provoca Marshall cuando toca el piano (aunque sea con el pie pegado al pedal derecho), por la limpieza de la ejecución y por el concepto libérrimo –siempre dentro del buen gusto- con el que concibe una obra que se sabe del revés. Por no hablar del milagro que supone dirigirla desde el piano y con tiempos vertiginosos, levantándose y sentándose continuamente, sin perder comba ni en el teclado ni en la orquesta.

Párrafo aparte merecen las intervenciones solistas, que en esta pieza las hay por doquier. Las maderas sonaron sosas; la trompeta, que atinó con la calidez de su blues, sin embargo padeció un par de “patos” en los momentos más inoportunos; y el concertino, a quien se debe reconocer el gran trabajo de liderazgo que conlleva tener un director con las manos en el piano, tocó su parte como un Capricho de Paganini… siendo el único norteamericano en el escenario. Todo ello no impidió que el público estallase en aplausos; pero no hubo propina, porque Marshall ya se había extendido (en mi opinión de forma desproporcionada) en la improvisación introducida en mitad del Adagio.

La sorpresa de la noche llegó en la segunda parte del concierto. ¿Les suena a ustedes el nombre del compositor, pianista, organista, violista, trompista y profesor londinense York Bowen (1884-1961)? A mí no, desde luego. Pero me encantó lo que de su prolífica obra escuché esta noche, porque la Primera Sinfonía –escrita sin haber cumplido el autor los veinte años- resultó un magnífico acierto de programación y de interpretación. En tres movimientos, se trata de una obra de media hora de duración, de orquestación transparente, y de lenguaje (y plantilla instrumental) clásico-romántico que pone su mirada en una curiosa mezcla de Mendelssohn y Schubert con perfume de lavanda inglesa en forma de solemnidad latente.

La versión de Marshall me pareció impecable en frescura –la pieza tiene un carácter decididamente optimista- y en claridad –todo estuvo en su sitio, las dinámicas y los tiempos me parecieron juiciosos, las texturas sonoras cuidadas, y Marshall demostró que conoce el paño, sin cometer ninguna de las exageraciones habidas en la primera parte-. Y en este caso hay que resaltar, para bien, la intervención de la clarinetista Beatriz López en el precioso solo que abre el segundo movimiento. Vaya todo ello –con mi aplauso y el del resto del público- para recordar una vez más el amplísimo repertorio que hay por ahí acumulando moho en las estanterías, y que le sienta como un guante a la Real Filharmonía de Galicia. 

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