España - Cataluña

Los pescadores de perlas, el desafío

Jorge Binaghi

lunes, 20 de mayo de 2019
Barcelona, lunes, 13 de mayo de 2019. Gran Teatre del Liceu. Les Pêcheurs de perles (París, Théâtre Lyrique, 29 de octubre de 1887), libreto y música de G. Bizet. Puesta en escena: Lotte de Beer (repositora, Dorike van Genderen). Escenografía: Marouscha Levy. Vestuario: Jorine van Beek. Luces: Alex Brok. Video: Finn Ross. Intérpretes: Ekaterina Bakanova/Olga Kulchynska (Leïla), John Osborn/Dmitry Korchak (Nadir), Michael Adams/Borja Quiza (Zurga), y Fernando Radó/Federico De Michelis (Nourabad). Orquesta y coro (director: Conxita García) del Teatro. Dirección de orquesta: Yves Abel
de Beer: Les Pêcheurs de perles © A. Bofill, 2019

El título de esta reseña retoma el nombre del ‘reality’ (sin famosos españoles) televisivo en que se ha querido convertir esta ópera aparentemente como denuncia de las precariedades éticas de organizadores, participantes y públicos. Estaría bien que se utilizara una ópera escrita ad hoc antes que deformar de modo irreconocible una ya existente, que tendrá un libreto tonto, pero una música extraordinaria (que algunos encuentran un tanto insípida, pero no es mi caso). La perla (aunque aparecen algunas al final del primer acto en uno de esos números de 'semiballet kitsch' típicos, pero que aquí antes que denuncia parece simple regodeo en la zafiedad) se la lleva Nourabad, convertido en presentador televisivo neurótico (y tal vez, por algunos tics reconocibles también en ciertos políticos del Estado, algo afecto a colocarse).

Cualquier intento de conexión con el texto y la música queda desarticulado, asimismo, por la colocación del coro (disparate musical donde los haya) en ‘ventanas’ o ‘palcos’ al fondo del escenario, en representación de variopinto público (las tan cacareadas prostitutas resultaron bastante castas y modosas, y como detalle local alguien llevaba una camiseta del Barça). Fue difícil la coordinación, máxime cuando en un ‘box’ hay dos cantantes femeninas de distinta cuerda y tres masculinos igualmente mezclados, y el resultado fue que el coro resultó más pasivo todavía que en el original y musicalmente hubo accidentes lógicos. Por fortuna para las arias se dejó bastante tranquilos a los cantantes sentados frente a una cámera y sin los dislates de ruido y personas dando vueltas que aquejaron a otros momentos.

Una parte del público (numeroso, pero no hasta el punto de agotar localidades, bastante poco expansivo en sus manifestaciones, y tibiamente interesado) abucheó al salir a saludar los responsables. No sé si un bostezo habría sido mejor: más que algo ‘subversivo’ parecía más bien una tontería (y viniendo del An der Wien supongo que hubo que acomodarlo al escenario más amplio del Liceu). Y del desafío del título como si una de esas películas en serie se tratara, sobre los que pedían muerte o absolución, poco o nada pese a un ridículo video exhibido como breve pausa entre los actos segundo y tercero con entrevistas a locales (miembros del equipo del Teatro muchos de ellos) en riguroso catalán y uno en castellano -ahí no hubo subtítulos- sobre si ‘muerte’ o ‘perdón’. Si la obra ha totalizado 41 representaciones hasta la última en 1964 ahora se han programado diez (¡!) con dos repartos vocales totalmente distintos (Nourabad incluido, que no parecería tan necesario, digo yo). 

La dirección de Yves Abel fue buena en ambas representaciones (13 y 14 de mayo), con tendencia a sonar demasiado -en particular en el primer acto- y hubo algún pequeño fallo de la orquesta. El coro, seguramente por sus problemas de ubicación tan atrás y no demasiado numeroso, ofreció su colaboración más débil de los últimos tiempos con vistosos ataques vacilantes. Lo importante fue escuchar por primera vez la versión original del gran dúo de tenor y barítono del primer acto y el final del día del estreno absoluto sin el trío (lástima).

Ekaterina Bakanova fue la más aplaudida y la que mejor lo hizo con una voz grata, extensa, de volumen mediano o pequeño pero bien proyectado y con unos trinos como hace tiempo no oía. Es también una intérprete voluntariosa capaz de plegarse a lo que le indican y convertir su primer aria en una lección completa de yoga. En esto la igualó Kulchinska, pero no vocalmente, casi sin trinos ni medias voces y con un agudo bueno pero estridente por momentos, y tal vez más volumen pero color neutro. 

Osborn no tuvo su mejor noche (es un cantante al que desde su primer Arnoldo del Tell rossiniano con Pappano en Roma los nervios o la condición física le pueden) y ‘rozó’ la peligrosa nota final de su aria que cantó con gran estilo y mucha delicadeza aunque algún iluminado de lozana edad detrás de mí reprochara que fuera un contratenor sin matices y constantemente en falsete. Fue ejemplar su canción del segundo acto (entre bambalinas) y su capacidad y clase de colorear -justamente lo contrario del reproche- se apreció en muchos momentos pero nunca como en ‘parfumée’ en el dúo del segundo acto.  En volumen pareció disminuido. Korchak estuvo muy bien, en particular en el registro agudo (en los otros reapareció la nasalidad de otras veces y consecuentemente un color distinto y velado, poco grato) y mostró mucha seguridad y buen volumen.

No sé a quién se le ocurrió contratar a Adams, a menos que se haya tratado de conseguir un ejemplar masculino de notable presencia física. Vocalmente fue el monumento al canto engolado, sin proyección, con afinación errática y un timbre sin mayor importancia (el aria del último acto fue sencillamente atroz). Quiza salió -era difícil lo contrario- bien parado de la comparación, pero aparte de que tuvo también algunos problemas (el más vistoso casi al final de la ópera, pero ya antes había mostrado las limitaciones de su registro agudo, aunque lo peor fue el gran recitativo inicial del último acto) por su canto monocorde y exasperantemente fuerte y abierto y con un color nada bello más una dicción execrable. Artista mucho más entregado que Adams, también. 

Radó cantó un excelente Nourabad (aunque tardé en reconocerlo) y no sé por qué se hace presentar como bajobarítono cuando es un bajo cantante. Actuó muy bien su exasperante presentador. De Michelis, su compatriota, tiene la voz un punto más clara (el sí podría llamarse bajobarítono), pero también lo hizo bien.

El segundo día el público era menos numeroso pero más caluroso que el de la primera función aunque también hubo abandonos en la pausa y fuga de una buena parte en cuanto se encendieron las luces (también alguno aprovechó la proyección del dichoso video para proclamar sus deseos respecto de algún juez español: cosa natural porque si se proyectan tonterías uno se expone a que las contesten y con dosis doble). 

Una última cosa: casi contemporáneamente se ofrece la misma ópera en Bilbao con un elenco muy atractivo, pero uno solo como es lo sensato (y por lo que hace al barítono y en parte al tenor, mejor sobre el papel que estos de aquí) y el año que viene está programada en Oviedo también con la Bakanova como Leïla. ¿Es que me he perdido algo sobre el renacimiento del título para esta superabundancia insólita o es sólo una casualidad de programación?

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