España - Castilla y León

Pogorelich y el mundo

Samuel González Casado

martes, 21 de mayo de 2019
Valladolid, viernes, 17 de mayo de 2019. Centro Cultural Miguel Delibes. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Eliahu Inbal, director. Ivo Pogorelich, piano. Belén Alonso, soprano. Chopin: Concerto para piano y orquesta n.º 2 en fa menor, op. 21. Mahler: Sinfonía n.º 4 en sol mayor. Ocupación: 98 %.
Belén Alonso © Orquesta Sinfónica de Castilla y León

Potente sesión sinfónica la que se preveía para el número 16 del ciclo de abono de la OSCyL; por varios motivos, entre otros qué podría dar de sí el encuentro Pogorelich-Inbal, dos grandes personalidades del panorama musical de nuestros tiempos y puede que no tan nuestros, en un Concierto n.º 2 de Chopin que todo el mundo temía por las excentricidades del pianista de Belgrado.

No hubo choque de trenes, y en este sentido me parece de justicia hacer mención al increíble acompañamiento orquestal que Inbal y la OSCyL fueron capaces de brindar al solista. Se trata de un concierto ya muy difícil de acompañar; pero, con alguien tan radicalmente personal en cuanto a tempi, rubato, volúmenes, etc., el que la orquesta las pillara todas, sin descomponerse, con semejante transparencia y delicadeza, merece un encendido elogio. La experiencia de Inbal se impone, y desde luego hay que alabar su disposición para alcanzar semejante grado de profesionalidad y respeto al conjunto.

Esta colaboración se dio, eso sí, en un nivel en el que todo estaba subordinado a lo que tenía de especial el concepto del pianista. En el escenario hay una clara línea entre él y el resto, pero, como digo, afortunadamente en este caso el resto siempre se encontró dentro de sus límites, no sé si integrado exactamente o más bien sometido. La versión de Pogorelich fue muy lenta, y la incidencia en las medias voces exigía mucha discreción a su alrededor. En sí misma, tuvo de todo: desde fraseos simplemente maravillosos hasta decisiones que realmente no se entienden dentro de estos y que podían llevar a romperlos de forma abrupta, trabándolos. Algún sorprendente error en partes cantabiles contribuyó a cierta tensión en la escucha, así como un impredecible rubato que rompió la línea sin ningún tipo de complejo.

Claro, todo lo anterior apareció entre grandes fogonazos de calidad, de capacidad para amortiguar, para matizar, para crear, que se convertían en una especie de demostración extrema de todas esas posibilidades que brinda la más absoluta dotación artística a un músico. Claramente no está en sus mejores tiempos (a veces hay dificultades, por ejemplo, en la distribución del peso del cuerpo), y precisamente por ello ha acentuado lo que conserva. Pese a la morosidad, era bastante difícil aburrirse, y en el fondo lo que Pogorelich ofrece es un cóctel inteligente: siempre deja constancia de su calidad dentro de un marco en el que es imposible que pase desapercibido.

Mahler e Inbal son una asociación brutal cuyos frutos parecen estar por encima de criterios ordinarios, no ya por el resultado que siempre ha obtenido en el CCMD, con la OSCyL o sin ella, sino por su cúmulo de grabaciones y el tremendo nivel alcanzado en ellas. Todos conocemos su concepto: ácido, magníficamente estructurado, bien ligado cuando le interesa (en la Séptima le encanta el collage, como hacía Ančerl en la Primera), y siempre bajo un saber hacer expertísimo que añade continuamente riqueza de acentos, de líneas y arcos expresivos, de absoluta capacidad para construir, que se hacen notar continuamente pero que nunca sobrepasan ciertos tonos. Su personalidad, y a veces radicalidad, está en la suma de muchas pequeñas cosas.

Esta Cuarta ha sido muy probablemente el momento álgido de lo que se lleva de temporada, no ya solo porque la versión del director, repleta de información, dé sentido a la obra desde unos criterios tan justificados como excitantes, sino por el increíble aprovechamiento que una motivadísima orquesta hizo de ellos: como en el caso de Chopin, su especial transparencia tuvo algo de exquisito, y la precisión en todos los sentidos de cada una de las familias provocó una fluidez, una capacidad para matizar las voces y para crear un conjunto en perpetua transformación que realmente rebasa lo acostumbrado. De hecho, es muy difícil ensalzar momentos concretos, porque todo sonó tan pulido, tan luminoso y a la vez tan interiorizado que el conjunto se impuso sobre cualquier punto destacable, lo que en el fondo es el verdadero objetivo de Inbal. Por supuesto, hubo elaboraciones realmente impresionantes, desde todo lo que tiene que ver con la planificación hacia los forti, de manual, hasta la increíble contribución de los violonchelos en el tercer movimiento.

Debe mencionarse también a la más que prometedora soprano burgalesa Belén Alonso, que brilló por una prestación tan discreta como trabajada, desde una capacidad para afrontar el lied como género que a mí no puede resultarme menos que emocionante, y que tanto se echa en falta en este recinto. Pese a la gran velocidad de Inbal, que obligó a la soprano a tomar decisiones en cuanto a la respiración, supo dejar su impronta gracias a un centro realmente flexible, intachable relación texto-color y en general un sonido realmente útil que puede ser grande sin forzar y a la vez replegarse de una manera que en ella siempre se justifica concienzudamente. Hay un trabajo muy serio de formación para poder afrontar Das himmlische Leben así, que puede dar la sensación de ser una cancioncilla pero que de fácil no tiene ni media nota; y, para todos los que amamos el lied, encontrarnos de repente con estas características y estos resultados es una auténtica fiesta.

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