España - Madrid

Doña Francisquita: cuando el libreto acompleja

Germán García Tomás

miércoles, 22 de mayo de 2019
Madrid, martes, 14 de mayo de 2019. Teatro de la Zarzuela. Doña Francisquita. Comedia lírica en tres actos. Música: Amadeo Vives. Libreto: Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw. Dirección musical: Óliver Díaz. Dirección de escena y adaptación del texto: Lluís Pasqual. Escenografía y vestuario: Alejandro Andújar. Iluminación: Pascal Mérat. Coreografía: Nuria Castejón. Diseño audiovisual: Celeste Carrasco. Reparto: Sabina Puértolas (Francisquita), Ismael Jordi (Fernando), Ana Ibarra (Aurora la Beltrana), Vicenç Esteve (Cardona), María José Suárez (Doña Francisca), Santos Ariño (Don Matías), Antonio Torres (Lorenzo Pérez). Con la colaboración especial de Lucero Tena y Gonzalo de Castro. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Coro del Teatro de la Zarzuela. Director: Antonio Fauró. Rondalla Lírica de Madrid “Manuel Gil”. Director: Enrique García Requena. Ocupación: 99%.
Doña Francisquita © 2019 by Teatro de la Zarzuela

De un tiempo a esta parte, se viene imponiendo a pasos agigantados por una parte de los directores de escena de este país lo que podría llamarse la renovación de argumentos o creación de dramaturgias alternativas en relación con los grandes títulos de nuestro teatro lírico. De esta práctica se desprende que los registas consideran en su fuero interno y en la materialización externa de sus ideas que, carentes de validez y adecuación a los tiempos actuales, los textos originales de las zarzuelas tienen que ser necesariamente readaptados o replanteados desde visiones contemporáneas, en muchas ocasiones con el pretendido objetivo, convertido ya en obsesiva excusa, de acercar el género a nuevos públicos. Y es el Teatro de la Zarzuela, coliseo lírico nacional por derecho propio, el que en las últimas décadas ha venido auspiciando voluntariosamente y sin ningún pudor esta nueva manera de poner en escena el género de la zarzuela, una actitud prejuiciosa que provoca la desnaturalización o tergiversación de títulos señeros de la lírica hispana como es el caso del que aquí nos ocupa, Doña Francisquita de Amadeo Vives.

A lo dicho, hay que añadir el hecho constatado con reiteración de que, por lo general, el anuncio promocional de las zarzuelas en cartel puede llevar completamente a equívoco a un potencial espectador desprevenido e ingenuo. Que se anuncie esta Doña Francisquita sin ningún tipo de indicación adicional de lo que el espectáculo encierra y pretende en sí mismo lleva aparejada la consideración de estafa o engaño respecto a lo que realmente es. Y es que aquí nos encontramos con algo que no se adecua de ningún modo a la realidad de este título, siendo por contra un producto de nueva creación. Esa “adaptación del texto” primigenio de la obra por parte del responsable de la dirección de escena de esta producción, Lluís Pasqual, debería haberse denominado “experimento teatral”, “en torno a Doña Francisquita”, o cuando menos “versión libre”, pues a la hora de adaptar un texto se tiene en cuenta el propio texto, y esta no ha sido la praxis actual.

Pasqual, en un acto lleno de complejos hacia la zarzuela como género, demuestra sin sonrojo que no le es válido el libreto original de los señores Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw, el cual elaboraron a partir del clásico La discreta enamorada de Lope de Vega, y por ello mutila todas las partes habladas, obviándolas e ideando en su lugar una nueva dramaturgia de saltos temporales, partiendo de 1934 en el primer acto, situado en un estudio de grabación mientras se registra la obra, avanzando hasta 1964 en el segundo, en un plató de televisión durante su representación con el vestuario original, y llegando hasta el año actual en el tercero, durante una sesión de ensayo de la zarzuela de Vives, en donde asistimos a un aséptico coro de enamorados bajo una iluminación de Pascal Mérat que carece del ensueño y el embrujo nocturno, y que además opta por mostrarnos en un panel secuencias de la histórica película Doña Francisquita de Hans Behrendt de 1934. Las manidas referencias políticas a la II República y al régimen franquista no se hacen esperar, lugares comunes muy del gusto actual.

El nexo de unión es la figura de un productor, encarnado por un desbordado Gonzalo de Castro, que justifica por activa y por pasiva los cortes del texto hablado ante unos personajes que pretenden recitarlo y no entienden tal atropello al argumento de la obra, calificado cuanto menos de estupidez por parte del productor. El caos y el desconcierto escénicos son mayúsculos ante una nueva historia imposible que sirve de encaje a la comedia lírica original, con unos personajes desprovistos de su contexto mientras se hilvanan uno tras otro todos los números musicales, en el primer acto como si estuviéramos en una versión de concierto, con los cantantes en primer término y el coro al fondo, todo aderezado aquí y allá de comentarios, unos más ramplones que otros, sobre detalles del argumento de la obra y recurriendo marginalmente, casi como anécdota, a ciertos diálogos o frases del texto de Romero y Fernández-Shaw. En suma, una Doña Francisquita desnaturalizada e indescifrable de la que no ha quedado ni rastro de la trama inicial, imposible de comprender y que a ciertos espectadores, neófitos en esto de la zarzuela, les será necesario venírsela aprendida de casa.

En las notas al programa se nos dice que las representaciones de esta producción, en colaboración con el Liceo de Barcelona y la Ópera de Lausanne, están dedicadas al tenor Alfredo Kraus en el vigésimo aniversario de su fallecimiento, cantante que defendió el título con valor y seguridad en las tablas de este mismo teatro. Cierto es que, al margen del desaguisado escénico, la versión musical que aquí se nos plantea es lo más digno y aprovechable de todo el montaje. Son los cantantes los que levantaron la función de un estreno que ayudó a dignificar la aparición estelar de Lucero Tena, demostrando su genuino arte de cómo tocar las castañuelas en el célebre Fandango instrumental que hace caer el teatro, antes de que el ballet tome el testigo de la emblemática artista para ofrecer la misma pieza en la deslumbrante coreografía de Nuria Castejón.

El personaje titular encuentra en la soprano Sabina Puértolas, de timbre grácil y ligero, aunque de ciertas veladuras, toda la exigencia técnica que éste requiere, especialmente en la famosa Canción del ruiseñor, donde la cantante despliega toda su facilidad para la coloratura. Por su parte, el tenor Ismael Jordi como Fernando, cuyo ascenso es imparable en los teatros españoles, exhibe unos medios canoros de gran vigor, a lo que ayuda su medido fraseo y unas muy refinadas medias voces, subrayadas a conciencia y de forma muy personal en la línea de canto, pese a ciertos cambios de color en la zona aguda. La Aurora la Beltrana de la soprano Ana Ibarra es muy solvente en su registro grave, acusando algún que otro vibrato excesivo pero en general defendiendo con especial holgura dramática su extrovertido personaje. El desenvuelto Cardona del tenor Vicenç Esteve abusa de cierta sobreactuación pero la voz responde con fluidez. A ellos se unen la siempre bien administrada vis cómica de María José Suárez y el carácter un tanto reservado de Santos Ariño como Don Matías, de los más damnificados en la decisión de abortar los diálogos. Las voces del Coro del Teatro de la Zarzuela demuestran su poderoso valer en un empaste y dicción magníficas, con muy destacadas participaciones solistas como las de los tenores Francisco José Pardo como el lañador y Francisco Javier Alonso en el sereno, timbradísimos ambos. Mención especial de nuevo para esa espléndida Rondalla Lírica de Madrid “Manuel Gil”, cuyo ritmo le sirve a Gonzalo de Castro para sus estúpidos bailes por el escenario, que no hacen más que redundar en esa postura de burla y menosprecio hacia el madrileñismo que atesora la música. Algo que al menos desde el foso consuela que se aprecie, pues Óliver Díaz lo subraya y potencia, sabiendo extraer toda la riqueza de la partitura de Vives en una lectura luminosa y mesurada, supeditada a las voces y repleta de colorido instrumental.

Ante todo lo expuesto, y para concluir, se plantean varias reflexiones que nos duele manifestar. En primer lugar, uno no acierta a explicarse esta clase de comportamientos escénicos, el por qué de esta encomienda y la razón de esta manera de proceder con una obra tan taquillera y querida por el público cuya historia de amor ambientada en el Carnaval de 1840 triunfa por sí misma sin necesidad de retoques, revisiones ni readaptaciones. Y mucho menos de una alternativa argumental infumable e inadmisible desde todos los ángulos. En segundo lugar, a uno le sobreviene la duda de por qué razón comprensible el género se encuentra actualmente a nivel escénico en las peores manos posibles, las que actúan sobre él con actitud irrespetuosa y desprecio absoluto a lo que representa la verdadera esencia del teatro lírico. La zarzuela, teatro hablado y cantado, es, sigue siendo, por si algunos aún no se habían dado cuenta y conviene recordárselo, un género que se compone de una idiosincrasia y unos elementos muy precisos que si se alteran, modifican, o, como es el caso, se neutralizan, echan por la borda la línea de flotación del propio género, además de poner en serio riesgo su inteligibilidad, su adecuada comprensión y disfrute por parte del público. Y por encima de todo su dignidad y categoría.

La zarzuela necesita, se merece, más bien, que quienes se acerquen a ella lo hagan desde el respeto reverencial y el conocimiento pleno de las características que lo definen. No se trata de una cuestión de ser nostálgico o no serlo, de ser purista o no, se trata de dignificarlo y preservarlo con la mejor de las garantías posibles, máxime desde un teatro sufragado con fondos públicos que debería de poner especial cuidado en saber muy bien a quién encarga estos proyectos, como lamentablemente se abstiene de hacer, o simplemente hace la vista gorda, perdiéndose por ello toda confianza esperable en su labor como coliseo dedicado a la promoción y expansión de nuestra zarzuela. Y es que, parafraseando a Don Matías en Doña Francisquita, la cortesía (que estamos teniendo con ciertas propuestas) ya es enfadosa. Y una cosa queda meridianamente clara: si los gestores del Teatro de la Zarzuela prosiguen por estos derroteros, muy pronto podremos empezar a certificar la defunción de la zarzuela como género musical.

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