Discos

Cantos de sirena

Raúl González Arévalo

martes, 28 de mayo de 2019
Daniel-François-Esprit Aubert: La Sirène, opéra-comique en tres actos con libreto de Augustin-Eugène Scribe (1844). Jeanne Croussand (Zerlina), Dorothée Lorthiois (Mathéa), Xavier Flabat (Scopetto), Jean-Noël Teyssier (Scipion), Jean-Fernand Setti (Duque de Popoli), Benjamin Mayenobe (Nicolaio Bolbaya). Les Métaboles Orchestre des Frivolites Parisiennes. David Reiland, director. Dos CDs (DDD) de 69 minutos de duración. Grabados en el Théâtre Impérial de Compiègne (Francia) el 16 de enero de 2018. NAXOS 8.660436. Distribución en España: Música Directa.

En pleno siglo XXI la popularidad de los compositores franceses de ópera del XIX sigue ligada a tres nombres: Gounod, Bizet y Massenet. Otro grandes indispensables, de Meyerbeer a Halévy, pugnan por encontrar su hueco en el gran repertorio, especialmente el primero, que llegó a ser el más influyente de toda Europa. Daniel-François-Esprit Aubert pertenece a ese grupo. Su catálogo abarca 70 títulos y los más importantes han recibido diversas grabaciones: Le cheval de bronze (2), Le domino noir (4), Fra Diavolo (9, en alemán, ruso, italiano, francés), Manon Lescaut (2), La muette de Portici (2); una cuentan Haydée, Gustave III y Les diamants de la couronne. Las grandes discográficas no han dejado de prestarle atención, de la filial francesa de EMI con Mady Mesplé y Nicolai Gedda nada menos (Fra Diavolo, Manon Lescaut) o Alfredo Kraus y June Anderson (La muette de Portici), a Bruce Ford y Sumi Jo dirigidos por Richard Bonynge para DECCA (Le domino noir).

No cabe duda de que en los últimos años la discografía del repertorio francés está conociendo un auge importantísimo que está cambiando por completo el panorama de títulos al alcance del interesado, y en consecuencia, nuestro conocimiento musical real. Para muestra, la serie de Ediciones Singulares (ahora Bru Zane) y el riguroso rescate de títulos de Salieri, Massenet, Saint-Saëns, David, Catel, Gounod, Sacchini, Godard y algunos más –próximamente comentaré títulos de Messager y Spontini–. Auber sin embargo no ha sido aún objeto de su atención. Se adelanta Naxos, tras un disco dedicado a sus oberturas más famosas, piezas habituales en programas de conciertos, ofreciendo en primicia mundial esta Sirène, que también obtuvo un éxito importante en vida del compositor.

Aunque nos encontremos con un libreto del gran Scribe, hay que recordar que estamos ante una opéra-comique (tres actos, diálogos hablados) y no una grand-opéra. Y ser indulgentes con una historia enrevesada en la que el capitán de marina Scipion y el intendente de los teatros napolitanos, Bolbaya, buscan desesperadamente una supuesta sirena de voz maravillosa, de la que hablan todos, el primero por amor, el segundo por interés laboral. La sirena no es otra que Zerlina, que con su canto atrae viajeros incautos que son desvalijados por la banda de su hermano Francesco. Fingiendo ser una compañía teatral, todos son invitados por el duque de Popoli y desvalijan su palacio. Al final el canto de la sirena subyuga también a los poderosos, de modo que Francesco logra escapar y Zerlina se casa con su prometido de siempre, Scipion.

Como siempre ocurre con este repertorio, y recordaba a propósito del reciente Comte Ory de CMajor (Rossini fue una gran influencia en Auber, y se nota), para poder hacer justicia a estas obras es necesario que los intérpretes dominen los requisitos estilísticos y expresivos del género. En esta ocasión nos encontramos con voces correctas y educadas, que no deslumbran ni técnica ni tímbricamente, que hacen frente con soltura a la partitura, pero no la realzan más. Desde luego, cuesta pensar que Jeanne Crousaud emule las dotes de la creadora del papel, Lavoye, que a decir de las críticas de la época tenía unos medios impresionantes y una capacidad para la coloratura y las variaciones improvisadas al alcance de pocos. Nuestra protagonista es la típica ligera de coloratura con agudo un poco ácido, pero es musical y despacha bien las roulades y notas picadas. El papel no tiene mucha sustancia dramática, pero es creíble en la fingida timidez de Zerlina.

Más recordado es Gustave Roger, creador del impresionante Jean de Leyden de Le prophète de Meyerbeer o el exigente Hélios del Herculanum de David. De modo que Scipion requiere un lírico sólido exigido en los agudos. Jean-Noël Teyssier responde acertadamente, y hace bien en recurrir al falsete reforzado en el agudo, pues en 1844 la voz de pecho no se había impuesto aún al registro de cabeza en Francia. El resto del reparto está muy correcto, y todos lucen un buen francés.

La dirección de David Reiland resulta un poco blanda, poco contrastada, especialmente en el primer acto, donde no hay una gran diferenciación entre los números, aunque cuida a sus cantantes y saca adelante la partitura con la ligereza que corresponde, logrando sus mejores resultados en los números de conjuntos que cierran los tres actos. La orquesta responde con un sonido más correcto que brille, contribuyendo a un resultado final atendible, en el que la toma sonora tiende a privilegiar las voces sobre los instrumentos.

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.