Reino Unido

Fausto se condena sólo víctima de su propia imbecilidad

Agustín Blanco Bazán

viernes, 24 de mayo de 2019
Glyndebourne, sábado, 18 de mayo de 2019. La condenación de Fausto. Leyenda dramática en cuatro partes con texto de Héctor Berlioz, Almire Gandonnière y Gérard de Nerval y música de Héctor Berlioz. Textos adicionales para esta producción de Agathe Mélinand basados en Fausto de Goethe. Regie: Richard Jones. Coreografía: Sarah Fahie. Escenografía: Hyemi Shin. Vestuarios: Nicky Guillibrand. Iluminación: Andreas Fuchs. Elenco: Allan Clayton (Fausto), Christopher Purves (Mefistófeles), Julie Boulianne (Margarita), Ashley Riches (Brander). Coros de Glyndebourne y Orquesta Filarmónica de Londres bajo la dirección de Robin Ticciati.
Allan Clayton © 2019 by Richard Hubert Smith

Ya van 25 temporadas en el “nuevo teatro” de Glyndebourne, el único, no está demás recordar, construido en el Gran Bretaña específicamente para ópera. ¿Y que mejor que usar la ocasión para embarcarse en una nueva aventura? Porque una versión escénica de La condenación de Fausto es siempre una aventura.

Frente a los que pretenden reducirla a la condición de oratorio, el regisseur Richard Jones sugiere que hay partes que piden a gritos ser teatralizadas.

Es por ello que respondió al encargo de Glyndebourne con una puesta de decido corte experimental en el sentido más literal de la palabra, esto es, como un experimento de Mefistófeles sobre la imbecilidad, o la hipocresía, del romanticismo de Hector Berlioz.

En suma: un concepto nihilista y radicalmente anti-romántico como respuesta a la exacerbada medula romántica de la obra.

El experimento tiene lugar dentro de una gran caja gris de concreto en cuya parte superior un coro de diablos, con cuernos de disfraz de carnaval, observan la clase magistral de su líder sobre como torturar a Fausto y Margarita. Lo hacen con entusiasmo febril, que a veces los lleva a bajar a la escena para unirse al tormento.

La propuesta del diablo está enmarcada en textos basados en el Fausto de Goethe, a veces innecesarios y molestos, pero, en fin, pasables. Tal vez hace falta el monólogo inicial donde Mefistófeles nos anticipa su intención de demostrarnos que Fausto se condena sólo víctima de su propia imbecilidad y ¿no es éste también el caso de todos nosotros?

En una puesta de fascinante inventiva surrealista, vemos primero al pobre Fausto como profesor de literatura de una academia militar, tratando de defender la poesía romántica, luego de una clase de logística donde, al compás de la marcha húngara, los cadetes aprenden como conquistar Europa, frente a un gran mapa con vectores de convergencia de columnas de infantería.

Y por supuesto que a Fausto lo echan de su trabajo docente para entregarse a un Mefistófeles que le da cuerda para que se ahorque el mismo: “¿no te gusta la taberna? Pues bien, vamos a las putas del “Burdel de las rosas” y ¡Voici des roses! ¿Que no quieres putas porque eres un poeta romántico y te has enamorado de la tabernera Margarita? OK. ¡Pues ya te sirvo a Margarita en bandeja!, pero no me digas que el culpable del embarazo, el envenenamiento de la mamá de Margarita por su propia hija y la inevitable guillotina soy yo.” Así parece explicarnos este Mefistófeles su experimento.

Sobre el final, una enorme hoja de guillotina cae y vuelve a elevarse chorreando sangre en medio de una de la multitud de soldados y diablos que cortan el escape de la víctima. Y durante la apoteosis final, un Fausto vestido de blanco y con una corona de papel se acerca al proscenio. Y a mí se me cayeron las lágrimas: he aquí el Rey de Tule de la balada de Margarita, alienado, pero reafirmando su romanticismo loco. Poco antes este Fausto había acompañado la canción del rey de Tule con su violín, atisbando a su amada desde lejos, como un ideal que él no merece.

Pero también Mefistófeles anda siempre con un violín y Jones lo caracteriza como una mezcla de Paganini y Liszt. Ya se han apagado las luces que iluminan el desconsolado Fausto blanco y el público ha comenzado a aplaudir, pero no, el espectáculo no ha terminado: el diablo reaparece furibundo para ordenar al público que se quede quieto, porque la última palabra la tiene él y ha decidido terminar SU experimento con un minué de los fuegos fatuos en el cual dirige a sus huestes con soberano garbo. ¿O es que los espectadores se creían que él había suprimido este número?

De sincronizar el intenso y agresivo movimiento del coro y los solistas con la partitura de Berlioz se encargó, con antológico contraste de color y e intensidad de fraseo, Robin Ticciati. El suyo fue un Berlioz brillante, conmovedor y palpitante en sus contrastes de luz y oscuridad. Y el reparto no le quedó a la zaga. Allan Clayton cantó un Fausto de firme y fresca proyección, con algunos problemas en las difíciles líneas legato del registro agudo en el dúo de amor, pero de cualquier manera, y esto es lo más importante, entregado y expansivo en su lirismo.

Y como frecuentemente ocurre en Glyndebourne, una cantante relativamente desconocida, Julie Bouliane, pasó al frente como una Margarita de impostación cálida y fraseo palpitante. Su D´amour l´ardente flamme fue un modelo de sensibilidad y fraseo. Sobre todos ello presidió el Mefistófeles de Christopher Purves, implacable y convincente en su anti romanticismo y avasallador en su articulación y mordente.

Esta velada de apertura del Festival de 2019 culminó con fuegos artificiales en celebración de veinticinco años del nuevo teatro. Fue una incandescencia más en la agolpada y vibrante sucesión de ideas en asociación libre de una leyenda fáustica que en Glyndebourne salió como un sueño a lo Strindberg. O a lo Jung.

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