Reportajes

Cuando Inglaterra era Europa

Agustín Blanco Bazán

miércoles, 29 de mayo de 2019
Queen Victoria and Prince Albert © Dominio público. Wikipedia

Inglaterra solo llegó a ser Europa y un imperio universal bajo el reinado de Victoria, que a pesar de su padre y su nacimiento en Londres siempre fue más de Coburgo el lugar donde nació Alberto, su primo, esposo y, según consta en tantas cartas, el inspirador absoluto de su voraz sensualidad. Muerta Victoria, la decadencia de la monarquía británica fue afirmándose progresivamente a través de herederos mediocres. Y, finalmente, Inglaterra es hoy un rincón de resentida insularidad frente a una Europa que tanto ayudó a formar gracias a Victoria y Alberto.

De cualquier manera, no está demás recordar este pasado europeísta, aunque más no sea en conciertos como el celebrado en ocasión de los 200 años del nacimiento de Victoria y Alberto en el Cadogan Hall. La iniciativa provino de Roland Kluttig el director artístico de la Ópera de Coburgo, la pequeña ciudad alemana que, milagro de milagros en Alemania, todavía conserva intactos cuatro palacios emblemáticos, incluido el que alberga la cámara donde nació Alberto.

Luego de la muerte de éste, la Emperatriz germano británica visitó repetidamente la ciudad cuya excelente orquesta filarmónica viajó a Londres esta primavera para compartir, el 25 de mayo, una velada musical con una honorable institución victoriana: la Royal Choral Society dio su primer concierto el 8 de mayo de 1871 en el entonces flamante gran monumento victoriano a Alberto, el Royal Albert Hall y en esa ocasión el rampante europeísmo inglés de aquel entonces fue certificado por la dirección orquestal a cargo de Charles Gounod. Hoy la sala es famosa por los Promenade Concerts (o Proms) de la BBC.

El concierto del Cadogan Hall fue una ocasión festiva presidida en el programa de mano por los buenos augurios de una tataranieta de Victoria, hoy con noventa y pico de años aún aferrada al trono del Reino Unido y generosamente nombrada Patrona de las celebraciones en Coburgo del cumpleaños de Alberto y Victoria. Otro tataranieto, el Duque de Kent, Gran Maestro de la Logia Masónica Inglesa, asistió como presidente del Royal Choir. También se presentaron unas princesas alemanas, el Embajador alemán en el Reino Unido y el Alcalde de Coburgo.

Y el concierto no pudo ser más alemán y evangelista. Felix Mendelssohn, uno de los compositores favoritos de Victoria y Alberto, ocupó casi todo el programa que se inició con Hör Mein Bitten un himno que los británicos quieren tanto que en su momento pasó a ser el primer disco con más de un millón de copias vendidos por la EMI. Confieso que mi molestia por la pompa y circunstancia de la ocasión (¿querrá creer el lector que el público se puso de pie con la llegada del Duque de Kent?) se disipó ante la espontánea y recóndita sensibilidad de orquesta, coros y Laura Incko, una soprano lírica fenomenal del ensemble de la ópera de Coburgo. La Incko, toda en rojo y siempre con una voz radiante y sin vestigios de vibrato, volvió a presentarse con Stänchen, una serenata compuesta para piano por el mismo Alberto y orquestada por Richard Miller, que ha anunciado su intención de seguir su trabajo con otras obras del príncipe coburgués. Buena idea si todas son como la Stänchen, una composición neo schubertiana de bellísima intimidad. Siguió la Sinfonía La reforma dirigida por Kluttig con arrolladora intensidad y brillantez cromática. Finalmente, Richard Cooke dirigió a su coro y a la Filarmónica de Coburgo en una inspirada versión completa del mendelssohniano Lobgesang.

Pero volvamos a Coburgo, que visité el año pasado para reseñar Ascenso y caída de la ciudad de Mahagoni para Mundo Clásico. En un aparte del concierto, pedí a Kluttig una explicación sobre el empecinado florecimiento de orquestas y casas de ópera en tantas pequeñas ciudades alemanas. Su respuesta:

Muy simple: Alemania estaba fragmentada en una cantidad de principados cuyos monarcas no concebían una existencia sin ópera propia. Es así que no sólo tenemos ópera en Coburgo sino también en Gotha, Menningen, Weimar, etc. Y no hubo ningún compositor o director que no trabajara en estas casas, que no solo marcaban la vida operística sino el teatro en general. La orquesta de Menningen fue en un momento la mejor de Alemania. Y Stanislavski reconoció que el grupo teatral de Menningen había inspirado importantes elementos de su escuela teatral.

Kluttig, que cambiará Coburg por Graz para la temporada del 2020-21, incorporó obras contemporáneas a un repertorio operístico que hasta hace algunos años estaba restringido al siglo XIX:

Con ello ha salido ganando el repertorio tradicional que ahora es interpretado con mayor refinamiento. Wagner, por ejemplo. Piense que hay versiones wagnerianas explícitamente indicadas como ´en versión de Coburgo´ esto es, reducida a las dimensiones de una orquesta provincial. En Coburgo, obras como Lohengrin o Parsifal ganan por la claridad teatral de la palabra hablada.

 Otra ventaja es la interacción familiar con un ensemble de cantantes estables que acompañan al director y su orquesta durante toda la temporada. Similarmente familiar es la relación con el público, pero en este caso los responsables de estas mini óperas deben afrontar un importante problema generacional.

La sólida burguesía ciudadana de estas pequeñas ciudades, conservadora pero siempre empecinada en estimular sus instituciones locales, está desapareciendo poco a poco y es difícil atraer un público joven a la ópera. Y la financiación se ve dificultada por cortes financieros que obligan a invertir más en el mantenimiento del personal institucionalizado que en nuevos proyectos artísticos.

¿Y como ve Kluttig su propio traslado de la Alemania profunda a la austríaca Graz?.

Mire, yo más que alemán me siento europeo. Europa es una idea grandiosa, esencial. Pena que para algunos sea tan difícil entenderlo.

 Pero para mayor entendimiento, los integrantes de la Royal Choral Society viajarán a Coburgo para deleitar a los burgueses con la Sea Symphony de Vaughan Williams. Estoy seguro que Victoria no se hubiera perdido la oportunidad de volver allí para la ocasión. “Majestad, usted no puede regir un imperio desde Coburgo” le dijo una vez el Primer Ministro Disraeli a esta soberana tan enamorada de su marido como de la ciudad que los unía más que cualquier lugar en Gran Bretaña.

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