España - Cataluña

La primera ópera minimalista

Jorge Binaghi

lunes, 3 de junio de 2019
Barcelona, lunes, 27 de mayo de 2019. Palau de la Música. Einstein on the beach (Avignon, Festival, 25 de julio de 1976), textos de C. Knowles, S. M. Johnson y L. Childs, ópera en cuatro actos basada en una concepción de R. Wilson y Philip Glass, y música de Philip Glass. Versión semiescénica. Escenografía: Germaine Kruip. Vestuario: Anne-Catherine Kunz. Dramaturgia: Maarten Beirens. Assistentes de iluminación: Wannes De Rydt y Benno Baarends. Intérpretes: Suzanne Vega (Narradora). Ictus Ensemble. Collegium Vocale Gent (directora del coro: Maria van Nieukerken). Directores: Georges-Elie Octors y Tom De Cock.
Kruip: Einstein on the beach © Antoni Bofill, 2019

Si no me equivoco se trata de una primera vez en Barcelona, si no en España (no he tenido demasiado tiempo y Google no me ha devuelto demasiada información, suponiendo que sepa manejarlo bien). Y en cualquier caso es un acontecimiento importante porque se trata de algo que ‘hay que’ conocer. La curiosidad (con perdón de ideologías y religiones que la consideran pecado) me parece sana y abre muchas puertas o hace saltar por los aires muchos prejuicios que de otro modo quedarían fosilizados. 

Yo había escuchado -y visto en parte- hace añares algo de este primer título ‘operístico’ de Glass. Como me había interesado mucho la visión en directo de Nixon in China de Adams en París (reseña) consideré que esta vez sí debía ir. 

Mi tranquilidad sufrió un primer golpe cuando me enteré de que el original de unas cinco horas se había reducido a tres horas y veinte que se darían sin intervalo, pero con la posibilidad para el público de retirarse de la sala o pasear por ella y luego volver a sus asientos (a la media hora de iniciado ya habían empezado las deserciones, las más de ellas definitivas). Las luces eran muy bellas (si hubo escenografía me parece que no me enteré, pero es posible) y, como todo, se repetían a intervalos más o menos regulares (con lo que a veces herían, pero permitían ver a espectadores dormidos -o profundamente concentrados- que se despertaban de súbito aunque algunos persistían en su actitud). Los intérpretes en efecto iban y venían, se desperezaban, se recostaban, tomaban agua y los señores se quitaban y ponían sus chaquetas, mientras Vega jugaba con un sombrero que en una ocasión se colocó para el segundo de los textos. No vimos pues la concepción de Wilson convertida en puesta en escena, pero me la puedo imaginar muy bien y seguramente fue más que adecuada.

Veamos. Una ópera se supone que tiene algún tipo de historia (ya sé que últimamente no es siempre así) o algunos textos relacionados. No es el caso; son textos de ‘época’ que en algunos momentos admiten improvisaciones o variaciones sobre los mismos sin prácticamente relación entre sí. Luego no hay interpretación. Hay una narradora (extraordinaria, como suele ser Vega, de modo que cuando no se le entiende ni jota aun siguiendo el texto del programa es claramente porque o su voz resulta deformada o se busca deliberadamente que sólo se oiga un murmullo. Cuando, en un momento, dice -leyendo- sus improvisaciones con el coro como fondo se trata de un momento subyugante, de lejos el mejor de toda la obra hasta donde la escuché: el llamado Trial 2/Prison, Part I que comienza diciendo ‘I was in this prematurely air-conditioned supermarket’ (Me encontraba yo en este supermercado con aire prematuramente acondicionado). Realmente un momento donde todo, que parecía no tener ningún sentido, lo cobraba. 

Y entonces habría que hablar de la música: las conocidas pequeñas células repetidas. Son bonitas, y por momentos dan ganas de unirse al canto (números, notas, alguna palabra, algún cabo de frase….había personas que con los ojos cerrados acompañaban con todo su cuerpo, o con la cabeza, o con los pies). Pero pocas veces ‘dicen’, ‘expresan’ algún tipo de ‘algo’. Sabemos que la música es abstracta, pero cuando hay palabras o textos, yo seré un primitivo o ignorante, pero me gustaría que expresaran algo. A tal propósito hay una nota de presentación entre los varios textos del programa que me llamó la atención por un párrafo. Hablando de la obra de Glass en general dice Carlos Calderón Urreiztieta: ‘Situémonos. Todo eso era ignorado por la cultura establecida y sólo en galerías, lofts y eventos ‘downtown’ se podía escuchar lo que para Glass era ‘una cosa muy seria’. En el mismo momento en el Met resonaban I Puritani…’  Siendo una obra muy bella, no sé si este título de Bellini es el mejor ejemplo de lo que es una ópera. Seguramente tiene un libreto horrible y en algunas condiciones se puede hacer MUY larga. Ahora bien, aquí no hay libreto -ni bueno ni malo, y los textos son lo que son- y no sólo se hace muy largo todo por la reiteración sino que ES -incluso en versión abreviada como ésta- DEMASIADO LARGO. Tanto es así que, tras resistir clavado en mi butaca (con algunos bostezos) hasta el minuto 150, en el 151 me levanté y ya no volví, por primera vez en mi vida, pero supongo que Glass -y Wilson- ya habían previsto la situación y me perdonarán. 

Supongo que alguien pretenderá que se explique el título, pero no puedo más que repetir lo que dice el programa… Se pensó en figuras tan dispares como Gandhi o Hitler hasta que se dio con Einstein, a quien representa un violinista (el único del conjunto), pero aunque se supone que hay alusiones a la relatividad, a la bomba atómica (se escucha en un momento el silbato de un tren), poco más se puede decir, y menos lo de la playa aunque la palabra sale en alguno de los textos. Como se aclara, en un momento se pensó que el título fuera Einstein on the beach on Wall Street “pero ni Glass ni Wilson recuerdan ahor por qué o cómo la parte ‘Wall Street’ se cayó del título durante el proceso de composición”.

Y quedan los músicos. Excelentes y dignos de medalla por la resistencia de tocar o cantar, al unísono o por separado, siempre ‘lo mismo’ durante mucho tiempo (con variaciones dinámicas y rítmicas pocas veces claramente apreciables): violín aparte, dos flautas, dos teclados, clarinete bajo y saxo soprano, saxo contralto y soprano, mientras que el ‘coro’ tenía cuatro representantes de cada cuerda -soprano, contralto, tenor, uno de los cuales asumía la parte solista - y tres bajos. 

En cuanto a Vega, conocida por su trabajo como cantante, aquí recitaba y lo hacía muy bien, con o sin sombrero, y siguiendo con mucha atención y movimiento la música. Cuando no se le entendía es que claramente lo que se buscaba era eso: un murmullo o una deformación de la palabra. De la ‘palabra que me faltas’ del Moses und Aron de Schönberg a esta situación. Yo diría, entonces, que más que ante una ópera, vieja o nueva, estamos ante un ‘happening’ un tanto límite como se acostumbraba ‘entonces’, en el lejanísimo 1976, que a veces parece más lejano que 1867, por ejemplo. Y me sorprende que entre tanto nombre de los ‘reyes’ de la contracultura norteamericana de entonces no esté ni una vez citado Andy Warhol. 

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